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Autor: Maria Elena Mateo

Salud 2.0: mirándonos en un espejo

Hace mucho tiempo ya que dejé de ser una parte activa de la biblioblogosfera, y aún diría más, que dejé de ser una parte pasiva. Por circunstancias personales, por trabajo, por tiempo, por pereza… por aburrimiento.

Dejé de leer blogs de documentación y bibliotecas, mientras algunos desaparecían y otros surgían sin percatarme; dejé de leer artículos profesionales, incluso dejé de imprimir o archivar “futuribles” lecturas interesantes; por la imposibilidad de asistir a eventos profesionales fuera de Valencia y su casi inexistencia por estos lares, me fue fácil desvincularme de jornadas y encuentros (auque aún me he acercado a alguno). En definitiva, después de estos dos o tres años pensaba que estaba totalmente fuera de los temas y las inquietudes de mi profesión.

Hoy, se ha dado la circunstancia de desarrollarse en Valencia una jornada denominada “Salud 2.0: Nuevas herramientas aplicadas a la medicina”. Y, aprovechando que tenía la excusa laboral perfecta para asistir, como documentalista en una institución de investigación biomédica, y picada por el gusanillo de la temática Web 2.0 que hace tanto tiempo dejé de lado, allí que he ido.

Mi gran sorpresa ha sido ver que todo era igual a lo que yo había conocido hace unos años en relación a las bibliotecas, pero ahora con temática médica: el miedo de los profesionales a perder su posición “paternalista” tradicional en la relación médico-paciente, porque los pacientes se informan por otras fuentes (todo el mundo busca en Google, también sobre salud, y un paciente puede acceder al último artículo publicado sobre su enfermedad tan rápido como su médico); la crítica a la falta de “fiabilidad” de la información vertida en la Red si no hay un médico o institución detrás (cuando está comprobado que el porcentaje de errores es mínimo ya que la llamada “inteligencia colectiva” corrige errores tan pronto como los detecta); la reticencia, a cualquier cambio tecnológico, a cualquier estrategia de comunicación alternativa y, en definitiva, a establecer una comunicación recíproca con sus pacientes, en los que estos pudieran participar activamente aportando información tanto como recibiéndola.

Trasladado al mundo bibliotecario: cuánto se ha hablado (y temido) del cambio de rol del bibliotecario, que pasó de ser el guardián de la información a un ¿simple? intermediario y facilitador de ésta; cuánto se ha discutido y censurado la posibilidad de que el usuario participara en la indización del catálogo bibliotecario mediante etiquetas, comentarios o recomendaciones, porque la “sagrada” clasificación bibliotecaria se veía comprometida; y, decidme, cuántas herramientas de comunicación real entre los usuarios y su biblioteca se han establecido. Mejor no respondáis a esta última pregunta.

En este evento en el que se han dado ejemplos de proyectos de Salud 2.0, me he dado cuenta de que nada ha cambiado en este tiempo, que no hay tantas diferencias. Que al igual que en las Bibliotecas 2.0 y en la Salud 2.0 trabajamos con las mismas herramientas, también nos enfrentamos a las mismas reticencias de los profesionales y las instituciones.

Y, teniendo en cuenta que, los internautas que se desenvuelven en la Web 2.0, que están en redes sociales, escriben y siguen blogs, y comentan en foros, son los mismos usuarios que buscan una participación más activa en nuestras bibliotecas, y los pacientes que esperan otro tipo de comunicación con sus médicos; como profesionales, bibliotecarios o médicos, no podemos permitir que también nuestros mismos miedos nos detengan y no adaptemos nuestro papel y nuestros servicios a las necesidades del ciudadano del siglo XXI.

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Lecturas compartidas con Fantin-Latour

Al empezar este año 2009 me propuse combinar dos de mis aficiones favoritas, la lectura y el arte, y compartirlo con vosotros en este blog.

Como la mayoría de los propósitos de Año Nuevo, éste no corrió mejor suerte, y tan solo las lectoras de Hopper visitaron vuestras pantallas con sus figuras reposadas, concentradas en la lectura, leyendo en espacios públicos pero al mismo tiempo aisladas por una soledad palpable y, a pesar de ello, impactantes y vivas en cuanto a su color y textura.

En esta ocasión retrocedemos un siglo y nos vamos a la Francia del XIX, para visitar los salones de las clases acomodadas tal como nos los muestra el pintor francés Fantin-Latour.

Henri Fantin-Latour (Grenoble, 14 de enero de 1836 – Buré, 25 de agosto de 1904) vivió en la Francia de los pintores impresionistas pero, aunque fue amigo de alguno de ellos, se mantuvo al margen de esta corriente pictórica. En cambio, se vio influenciado por los simbolistas -relacionándose con los poetas Verlaine y Rimbaud, a los que retrató con otros artistas de su época en “Un rincón de mesa” (1872)-, y siguió a lo largo de toda su vida esta corriente de inspiración imaginaria. Pero paralelamente, fue un pintor realista e intimista como puede verse en sus exquisitos bodegones -con los que alcanzó un gran éxito comercial-, así como en los retratos que hizo a familiares y amigos íntimos, o por encargo.

Uno de sus temas más característicos en el retrato es el de las figuras femeninas que leen y escuchan la lectura. En estos cuadros de Fantin-Latour descubrimos a jóvenes ociosas que seguramente, sin más ocupación que la de lograr una buena boda, pasan su tiempo pintando, bordando y leyendo.

Al contrario que Hopper, aquí la lectura se desarrolla en la privacidad y la intimidad del hogar, frente a la lectura en lugares públicos; deja de ser una acción solitaria y se comparte lo leído, una mujer lee mientras la otra pinta, borda o simplemente escucha; y sus trajes sobrios las arropan, llamando nuestra atención sobre sus rostros iluminados y los libros que sostienen entre sus manos, despertando nuestro interés sobre las lecturas que comparten.

Es muy probable que a muchos se les haya pasado por alto la estupenda exposición que el Museo Thyssen-Bornemisza está realizando hasta el próximo 10 de enero sobre este poco conocido pintor francés del XIX. Por ello, no puedo dejar de recomendaros esta amplia muestra, con más de setenta pinturas que recogen la variedad de su temática: sus trabajos como copista de obras clásicas del Louvre, sus alegorías musicales y poéticas de corriente simbolista, sus bodegones de flores y frutas que muestran su evolución como pintor, sus autorretratos, sus retratos y, sobre todo, las seis piezas que dedica a esa pasión que muchos de nosotros compartimos, la lectura.

Las dos hermanas o Las bordadoras (1859)
Las dos hermanas o Las bordadoras (1859)
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El bibliotecario de “Los ríos de color púrpura”

En la prestigiosa Universidad de Guernon, en Francia, se ha cometido un crimen atroz. El bibliotecario ha sido asesinado tras largas horas de tortura y terribles mutilaciones. Pero, ¿quién querría matar a un bibliotecario? Su trabajo consistía básicamente en gestionar los libros y las plazas de estudio en la biblioteca. Así que, ¿cuál podría ser la motivación del criminal? ¿un sacrificio ritual? ¿qué las lecturas de los alumnos le llevaron a descubrir algún oscuro secreto de estos y lo hicieran callar? ¿qué no les prestara el libro adecuado?

En la película “Los ríos de color púrpura”, que Mathieu Kassovitz dirigió en el año 2000, apenas podemos ver un par de escenas que se desarrollan en la biblioteca. Ésta aparece ante nosotros como las tradicionales bibliotecas de antiguas universidades: espacios descomunales, auténticas murallas de estanterías de madera repletas de libros, un aspecto algo lúgubre y silencioso que sin embargo invita al estudio con sus numerosos puestos de lectura iluminados con una lámpara de mesa de tulipa verde…

Y aunque eso es casi todo lo que podemos ver de la biblioteca en la película, en la novela homónima de Jean-Christophe Grangé en la que se basa la biblioteca tiene un peso significativo en la trama de la obra y en el origen del crimen. Y el papel del bibliotecario es mucho más importante de lo que pudiera parecer a primera vista.

En el pasado o en el trabajo de este bibliotecario, que siguiendo la tradición paterna ocupa su misma plaza, parece estar la clave. O al menos eso cree el famoso detective Niémans, experto criminólogo encargado de resolver el caso. A su llegada a la Universidad de Guernon (al igual que en la película Seven) pone a su equipo a trabajar en la búsqueda de los libros que pudieran haber inspirado al asesino y los alumnos que los tomaron prestados, buscando en su catálogo términos como “mal”, “violencia”, “tortura”, “sacrificios rituales”, “mutilaciones”… Realizando una exhaustiva búsqueda de información que pueda dar alguna luz sobre el porqué del asesinato del bibliotecario, que sólo es el primero.

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El Archivo Hospitalario de “American Splendor”

La película American Splendor plasma en formato fílmico la obra autobiográfica que Harvey Pekar había reflejado previamente en una serie de cómics homónima. Este contador de historias -ya que los dibujos eran realizados por diversos autores del cómic underground-, como realmente se ganaba la vida era como archivero en un hospital de veteranos de Cleveland. Harvey Pekar trabajó en dicho archivo hasta su jubilación, incluso una vez alcanzado el éxito con su obra, y en American Splendor queda recogido el poco interés y el tedio que su rutinario trabajo como archivero le producía.

En diferentes escenas de la película, que transcurren en los años 70 y 80, se muestra el archivo clínico en el que trabajaba, con sus estanterías sin fin llenas a rebosar de carpetas clasificadas por colores, o el aún más tétrico depósito, con viejos archivadores de madera y cajas de cartón, donde iban a parar las historias clínicas de los fallecidos.

Ya empezado el siglo XXI, y con la irrupción de la informática y la digitalización de documentos, podríamos esperar que esas imágenes de un archivo de hace más de 20 años no pudieran identificarse con los archivos actuales, pero teniendo en cuenta algunas noticias que os hemos hecho llegar y otras muchas que se oyen quizá las cosas no hayan cambiado tanto.

Harvey Pekar, interpretado por el actor Paul Giamatti, en su mesa entre las asfixiantes estanterías del archivo de historias clínicas activas.
Harvey Pekar, interpretado por el actor Paul Giamatti, en su mesa entre las asfixiantes estanterías del archivo de historias clínicas activas.
Las historias clínicas y su clasificación de colores.
Las historias clínicas y su clasificación de colores.
Guardando historias clínicas de fallecidos en el sombrío depósito.
Guardando historias clínicas de fallecidos en el sombrío depósito.
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Las lectoras de Edward Hopper

Hace unos días, Marcos recordaba una de nuestras aficiones favoritas y que, lamentablemente, estabamos descuidando: mostrar como el mundo de los libros, las bibliotecas y los bibliotecarios quedaba reflejado en el cine. Otro tanto hemos hecho en ocasiones en la literatura o en el comic, principalmente en la sección bibliohumor, y más de una vez nos hemos planteado ver también cómo se refleja nuestro mundo bibliófilo en el arte.

Como cada nuevo año, todos empezamos con buenos y nuevos propósitos que raramente llevamos a buen puerto; pero quizá, mostrar como la lectura y los libros han inspirado a grandes pintores, no sea una meta tan inalcanzable. Y para empezar con buen pie, he escogido a uno de mis pintores favoritos del pasado siglo, Edward Hopper.

Cuando Edward Hopper (Nyack, 22 de julio de 1882 – Nueva York, 15 de mayo de 1967) pinta en sus cuadros la América que conoció: las grandes ciudades, las pequeñas ciudades provincianas, los campos cortados por postes de telégrafos y vías de tren, los faros frente a mares que no podemos vislumbrar; éstos reflejan una soledad que golpea con su crudeza la mirada del espectador.

Los escasos personajes que aparecen en sus cuadros habitan en su propio mundo solitario, mudos, aislados, sin comunicarse entre ellos; pero las múltiples lectoras que pueblan sus cuadros no me dan la sensacion de que su soledad sea tan terrible, ya que su mundo interior se expande con la lectura de un libro en la privacidad de su habitación, una revista en un largo viaje, un periódico mientras descansan en su lugar de trabajo o, incluso, un folleto publicitario o el programa de una obra de teatro mientras espera que comience la representación.

A pesar de la impersonalidad de una habitación de hotel, de rodearse de extraños en su vestíbulo, o de lo efímero de un viaje en tren, sus lecturas las acompañan y las enriquecen ampliando su horizonte.

Chair Car (1965)
Chair Car (1965)
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Documentalistas, ¿equivocamos nuestra formación?

La precariedad laboral en el campo de la Biblioteconomía y la Documentación, nuestra invisibilidad profesional, el intrusismo, las corrientes más o menos tecnófilas o tecnófobas entre nuestras filas, el desconocimiento de nuestras posibilidades laborales en trabajos diferentes a los tradicionales… son temas que, como profesionales de la información, de tanto en tanto nos rondan por la cabeza.

Éstas y muchas otras reflexiones similares las hemos vertido en múltiples ocasiones en este blog, intentando ofrecer un panorama profesional lo más amplio posible. Enlazar cada una de ellas sería demasiado tedioso, pero baste recordar cualquier encuentro entre un par de bibliotecarios/documentalistas –ya sea en reuniones informales entre amigos, cuando coincidimos en oposiciones o eventos varios, o en muchos mensajes en IWETEL-, para evocar los temas de los que hablo.

El reencuentro con viejos compañeros de estudio, de trabajo, con amigos -y el conocimiento de otros nuevos-, que supuso nuestra asistencia al 3rd International LIS-EPI Meeting ha hecho que me replantee de nuevo muchos de estos temas. Y más aún tras la lectura del reciente post de Álvaro Cabezas, en el que se recogía la vertiginosa caída de alumnos en las titulaciones de Biblioteconomía y Documentación en las universidades españolas, me ha hecho pensar si después de todo los que queremos dedicarnos a la Documentación en su vertiente más tecnológica o menos tradicional, de plano, nos equivocamos al escoger esta carrera.

En dicho post y los posteriores comentarios se barajaban varias explicaciones para esta caída de estudiantes en Biblioteconomía y Documentación: la pareja caída de la biblioteca como fuente de información universal, el escaso interés por las carreras documentales, la mala orientación vocacional, la sobreoferta formativa universitaria… Pero en conclusión, creo que el problema deriva mayormente de la propia formación que se nos ofrece en estas titulaciones (la Diplomatura y la Licenciatura).

Claro está que no se puede hacer un saco común: cada universidad sigue un programa curricular distinto, y desde que finalicé mis estudios en ambas titulaciones -en las dos universidades que las imparten en Valencia- seguramente habrá cambiado mucho el plan de estudios; pero poco se asemejaba la formación que recibí, a las necesidades formativas reales que me he ido encontrando a lo largo de mi desarrollo profesional.

Reconozco que como seguramente la mayoría de los futuros estudiantes universitarios no asistí en su momento a ninguna reunión informativa sobre la titulación, ni miré el plan de estudios de la carrera que había escogido; aunque viniendo de un módulo profesional en Biblioteconomía y Documentación sabía más o menos con qué podía encontrarme. Y si mi objetivo se hubiera limitado a preparar una oposición a alguna biblioteca municipal o universitaria, como es el caso de muchos de mis compañeros -y creo que casi la única salida que son capaces de visionar los estudiantes primerizos-, la formación que se me ofreció podría considerarse suficiente. Pero, cuando alguna asignatura, algún profesor, algún conferenciante, te deja entrever el mundo que hay más allá de la catalogación y de las bibliotecas tradicionales, las nuevas puertas profesionales que puedes cruzar con la base fundamental de nuestra profesión, la gestión de la información, ¿cómo no explorarlas?

Pero la realidad laboral es la que entonces nos cierra esas mismas puertas: los titulados en Biblioteconomía y Documentación no somos bienvenidos para desempeñar tareas más tecnológicas. La tradición de nuestra profesión, la visión que la sociedad tiene del mundo bibliotecario, de su obsolescencia frente a Internet, resultan un lastre. Poco importa que nuestra marcada formación interdisciplinar pueda servir como punto de apoyo a muchos otros profesionales (“Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”, Arquímedes); que nuestra capacitación para estructurar la información puedan completar, por ejemplo, la labor de un informático a la hora de crear o definir conceptualmente una base de datos, una Intranet, una página web; o que nuestra especialización en el campo de las búsquedas documentales pueda respaldar las labores de investigación científica, -sólo por poner algunos ejemplos que conozco.

Llegado a este punto, y volviendo al tema del estudio de Álvaro Cabezas, es cuando yo y otros (y perdón por el orden de los sujetos) nos planteamos si no hubiera sido mejor que estudiáramos otra carrera más tecnológica para trabajar en lo que nos gusta, en Documentación.

Quizá los nuevos estudiantes, más avispados que nosotros, hayan sabido ver que nuestro futuro laboral en este terreno no nos lo va a proporcionar una carrera como Biblioteconomía y Documentación. Consideran, al igual que la sociedad o que nuestros compañeros bibliotecarios más más tradicionales (y la redundancia es intencionada), que las nuevas tecnologías están alejadas de las bibliotecas y del anacronismo que transmiten.

Mucho se ha hablado de la muerte del libro y de las bibliotecas, no se trata de un tema nuevo. Así que, cuándo aprenderemos de una buena vez, cuándo aprenderán nuestros formadores, que tenemos que dar el salto de continente a contenido, de libros a información, de entidad física a virtual; que las nuevas tecnologías están ahí para ayudarnos y para quedarse y que no tenemos que temerlas.

Quizá la biblioteca 2.0 pueda lavar la cara a la imagen tradicionalista que arrastramos, pero mientras tanto esa imagen seguirá siendo un escollo en nuestra incursión en un mundo profesional más amplio y más tecnológico.

Más elucubraciones… en la próxima reunión.

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Desarrollo de contenidos en la Sociedad de la Información

Al igual que Marcos, tuve la ocasión de participar la semana pasada en el 6º Curso de Edición – Sociología en la Literatura de la UNED de Valencia.

En mi ponencia Desarrollo de contenidos en la Sociedad de la Información, que podéis ver a continuación, quise plasmar desde un punto de vista personal los cambios significativos que se han producido en Internet en los últimos años y la influencia de la Web 2.0 en dicha evolución.

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