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La Gran Guerra

Primera Guerra Mundial: 28 de julio de 1914 – 11 de noviembre de 1918

Soldados americanos leyendo libros en una biblioteca de la YMCA

Cuartel de Vancouver, 1917

[Fuente: Old Pictures]

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Evolución de la profesión de Bibliotecario

El bibliotecario debe ser instruido, de buena presencia y bien educado; correcto y rápido en su hablar. Debe tener un inventario de los libros y mantenerlos organizados y fácilmente accesibles, sean en latín, griego, hebreo u otro idioma, y debe también mantener las salas en buenas condiciones. Debe cuidar los libros contra la humedad y los insectos y protegerlos de las manos de personas descuidadas, ignorantes, sucias y de mal gusto. A las autoridades y personas letradas les debe mostrar todas las instalaciones y explicarles cortesmente su belleza y notables características, la escritura a mano y las miniaturas, pero debe cuidar que no se sustraigan hojas. Cuando personas ignorantes o meramente curiosas deseen verlos, una mirada será suficiente, a menos que sea alguien de considerable influencia. Cuando se necesiten cerraduras a otros requisitos, debe proveerlas rápidamente. No permitirá que se retire ningún libro a menos que el duque lo ordene y si presta libros debe obtener un recibo escrito y verificar que sean devueltos. Cuando se presenten varios visitantes juntos, debe estar especialmente atento para evitar robos.

Duques de Urbino, reglamentos de la Corte. Siglo XVI

Recuerdo la primera vez que entré en la biblioteca municipal de L’Eliana (Valencia) ya hace muchos años. Aquel lugar consistía en una lánguida serie de estanterías metálicas con algunos libros, mientras el bibliotecario hacía lo que podía con los pocos recursos que tenía. Lo cierto es que aquella imagen era un tanto desangelada por lo escaso en recursos y personal, sin embargo muchas cosas han cambiado. El mes pasado volví a pisar sus instalaciones y descubrí que, además de aquellas estanterías que permanecen e imagino que los mismos libros, se había ampliado la sección infantil, se acababan de instalar ordenadores nuevos, y no se trata de ordenadores reciclados; las suscripciones a revistas eran numerosas, mientras que la plantilla se había triplicado. Desde luego que puedo asegurar que hoy en día el servicio es inmejorable con verdadera pasión por el servicio por parte de sus bibliotecarios y su extrema amabilidad.

Mucho ha cambiado en la profesión de bibliotecario aunque ciertos tópicos permanezcan inamovibles como, por ejemplo, que se trata de una profesión un tanto cómoda y cuya máxima preocupación es censurar a sus usuarios. Pero el hecho es que ésta es profesión que ha existido, con muchos matices, desde la propia invención de la escritura. En los depósitos de textos, sea en el soporte en el que estén escritos y su temática, siempre ha habido una persona encargada de su administración y custodia. Para los egipcios y los babilonios, el cuidado de las bibliotecas era un aspecto más del arte de la escritura, mientras que para los griegos, los romanos, los bizantinos o los árabes la biblioteconomía no podía ser considerada como una rama del conocimiento. Tampoco la gestión libraria era relevante en las universidades medievales de Europa, puesto que ningún profesor impartía los principios de organización y mantenimiento de los fondos librarios, ni existían textos ni teorías sobre la gestión bibliotecaria.

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La conspiración alfabética

De manera inconsciente, cuando nos disponemos a consultar cierto tipo de documentos –diccionarios, enciclopedias, guías telefónicas…–, damos por hecho que el ordenamiento alfabético y, por tanto, la búsqueda alfabética de un determinado concepto, son los más adecuados en obras con información tan variada y amplia como las mencionadas. Pero en el caso de las enciclopedias, la estructuración de sus contenidos mediante entradas ordenadas alfabéticamente no es algo tan innato como pudiéramos pensar y supuso toda una revolución cuando fue utilizada en L’Encyclopédie ou dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers de Diderot y d’Alembert, en 1758.

Las enciclopedias (del griego enkyklios paideia, "en un círculo de instrucción"), desde la antigüedad, han pretendido dar una determinada visión del mundo recopilando todo el saber humano; pero tras la invención de la imprenta en 1455, en que se desarrolló una industria editorial que impulsó la producción y transmisión del conocimiento, se hicieron cada vez más necesarias para guiar a sus lectores entre el increíble maremágnum de conocimientos ante el que se encontraban.

Hasta el siglo XVII con L’Enciclopédie, el ordenamiento alfabético de los contenidos en las enciclopedias no era habitual, como sí lo es hoy en día, sino un sistema subordinado que servía de apoyo al principal para facilitar la búsqueda. Las enciclopedias en el mundo occidental –ya que otras culturas estructuraban sus conocimientos a veces de forma muy particular–, seguían una organización temática influenciada por su esquema de enseñanza.

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Los manuscritos del Mar Muerto

Hace ya dos meses que no escribo en El Documentalista Enredado por algunas de las razones que Marcos tan acertadamente ha descrito. Y, aunque no creo que pierda mi estatus de autora de este blog por mi falta de participación, creo que ya es hora de volver “a casa” como buena hija pródiga, aunque en este caso en Semana Santa.

Estas fechas en las que nos encontramos, además de ser las más indicadas (al parecer) para ver en televisión películas bíblicas y de romanos, también lo son para recordar uno de los hallazgos arqueológicos más importantes del siglo XX: Los manuscritos del Mar Muerto.

Cuando el pasado verano me encontraba en el Museo Arqueológico de Jordania en la ciudad de Amman, frente a las vitrinas que contenían algunos de los manuscritos encontrados en las cercanías del Mar Muerto, ninguno de mis compañeros de viaje podía comprender mi emoción al contemplar aquellos documentos que, entre tantas maravillas, apenas llamaban la atención.

En aquel momento, yo apenas conocía su importancia religiosa por lo que, aunque intuía que estaba ante algo de gran valor, el contenido de estos manuscritos me interesaba más bien poco y lo mismo me habrían fascinado si se hubiera tratado de recetas de cocina: lo que realmente me emocionaba era contemplar el mismo hecho de la escritura recogida en documentos datados entre los siglos III a. de C. y el siglo I.

Fueron posteriores lecturas las que me llevaron a descubrir la trascendencia de estos documentos y su sorprendente descubrimiento, producido de forma fortuita como tantos otros.

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Códices illustres

No hace falta ser ningún bibliófilo para apreciar el valor y la belleza de los códices iluminados de la Edad Media. Éstos ejercen sobre nosotros una gran fascinación, sobre todo en una época en que los libros se han convertido en un objeto de consumo y un producto meramente industrial.

Gracias a la editorial Taschen, que celebra el 25ª aniversario de su fundación, he podido conseguir una impresionante recopilación de las obras maestras de la iluminación en una hermosísima (y asequible) edición en castellano. Y, aunque no obtengo ninguna comisión por publicitarlo, me gustaría compartir el descubrimiento de esta obra.

Codices illustres: los manuscritos iluminados más bellos del mundo desde 400 hasta 1600, de Ingo F. Walter y Norbert Wolf, nos introduce en el mundo de la iluminación medieval y presenta 167 de los manuscritos más bellos, importantes y famosos de entre los años 400 y 1600, fecha en la que la pintura de libros alcanzó su punto culminante y el libro impreso comenzó a desplazar paulatinamente al códice escrito a mano; aunque en sus comienzos el libro impreso imitaba a los códices manuscritos.

Entre los 167 manuscritos iluminados que se recogen en esta obra podemos encontrar El Libro de Kells, realizado por monjes celtas sobre el año 800; The Morgan Bible o Biblia de los cruzados, destinada al rey Luis IX de Francia, de aproximadamente 1250; El libro de las maravillas del mundo de Marco Polo o la Divina Comedia de Dante, ambos del siglo XV. Todos estos manuscritos son presentados con reproducciones en gran formato y la información más relevante de cada obra, y completados con la biografía de los miniaturistas que los iluminaron.

Sin duda una hermosa obra ante la que recrearse. ¿Quién la regalará estas Navidades?

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“Asesinos de Libros” de A. Pérez-Reverte

Ver matar a un hombre, escucharlos gritos de una mujer violada o ver cómo arde una biblioteca son tres experiencias dudosamente recomendables. De todas ellas ostento el dudoso honor de haber sido testigo. Mencionadas aquí, en frío, tan bárbaras actividades parecen propias, en exclusiva de escenarios brutales y distantes. Ya saben, tipos barbudos y sanguinarios. Y, sin embargo, todas pertenecen a la historia de la Humanidad hasta el punto de que a menudo se dan juntas en el mismo tiempo y lugar, a modo de manifestaciones de un horror idéntico y común: el que late en la condición humana.

Dejaré el tiro de la nuca y las mujeres que gritan para otra ocasión. A fin de cuentas, los libros que arden son síntoma de lo mismo, y arrancan del impulso infame que pinta la angustia indeleble en los ojos de una mujer o siembra los maizales de hombres con la garganta abierta y las manos atadas a la espalda. Todo es el mismo horro. Todo es la misma guerra.

Hace unos meses vi arder una biblioteca. Ardió durante toda una noche y una mañana, con los papeles y libros como pavesas, volando entre las paredes en llamas en todas direcciones, cayendo sobre la ciudad convertidos en cenizas. La ciudad se llama – todavía – Sarajevo.

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La muerte del libro, los derechos de autor, el poder de la información… y otras historias de terror

Aprovechando el poco tiempo libre de que dispongo, he tomado la firme determinación de ponerme al día en mis lecturas “documentaloides”. Y como es normal en mí, en vez de atacar los temas candentes que se discuten en la actualidad (folksonomías, gestión del conocimiento, usabilidad, búsquedas en Internet, Google…), he decidido empezar por el principio, por una obra clásica de la cibercultura: “El futuro del libro: ¿esto matará eso?” (compilado por Geoffrey Nunberg).

La introducción de las nuevas tecnologías en el mundo del libro, como ocurre siempre con todo lo nuevo, ha desatado un sin número de predicciones fatalistas sobre la desaparición de los libros impresos, de las bibliotecas y las librerías tradicionales y, por supuesto, del mundo de la edición tal y como lo conocemos, como vaticinaba McLuhan en su obra “La Galaxia Gutenberg” (otro libro que tengo pendiente). Siguiendo esa corriente fatalista, el subtítulo de la obra compilada por Nunberg utiliza la vieja máxima “esto matará eso”, o dicho de otra forma, “el ordenador matará al libro”. Pero, en contra de lo que pudiera parecer, cuando leemos los diversos ensayos que componen esta obra descubrimos una visión mucho más positiva de la simbiosis que se está produciendo entre las tecnologías y el mundo del libro. Esta incursión tecnológica se presenta como un paso más (al que ya no podemos escapar) en el proceso evolutivo del mundo librario en particular, y de la cultura y la sociedad en general.

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La Biblioteca Nacional de España en 1924

Podríamos decir que se trata de una ley de Murphy informacional que ya recogimos la semana pasada, siempre se encuentra lo que no se busca, o podríamos considerar que se trata de la Serendipia que ya nos estuvo definiendo David hace unos meses. El caso es que, una cosa u otra, estaba buscando otro texto entre los añejos microfilms del Diario Levante, cuando me topé con un artículo de opinión sobre la Biblioteca Nacional de hace más de 80 años.

Obviamente, como blogger, no podía dejarlo pasar por alto y, tal como se publicó, os lo transcribo. Disfrutadlo que no tiene pérdida.

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Descubriendo una profesión (Segunda Parte): El Bibliotecario debe formarse convenientemente

[…]
-¿Biblioteconomía? ¿Quieres estudiar para bibliotecari@? Pero, hij@ mí@, ¿para eso hay que estudiar?
[…]

La enseñanza de la Biblioteconomía se ha ido modificando según evolucionaba la biblioteca y, por lo tanto, la disciplina que se encargaba de estudiarla. Este aprendizaje ha pasado de ser una mera transmisión repetitiva de las labores que se realizaban en la biblioteca, a una formación integral, sistemática y metódica que giraba en torno a una serie de conocimientos complejos y a las distintas técnicas que de ellos se derivan.

La génesis de la enseñanza formal de una disciplina

Según la realidad bibliotecaria ha ido progresando en complejidad fundamentalmente a lo largo del siglo XX, se ha hecho más patente que los conocimientos profesionales para gestionarla se hicieron más numerosos y específicos. El perfil de los profesionales que debían hacerse cargo de ellas debía de hacerse más científico y estar mucho más definido, por lo que era necesaria una formación normalizada para que desempeñase sus funcionescorrectamente y de una forma metódica. Pronto los bibliotecarios descubrieron que si la biblioteca quería ser algo más que una colección de libros o un museo de la sabiduría, debía poseer personal preparado profesionalmentepara ejercer sus funciones correctamente y que la institución se mostrase como un instrumento eficiente y ágil.

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