El Documentalista Enredado

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¿Pagar por tener amigos?

En la película Familia de Fernando León de Aranoa, Santiago, el principal personaje de mediana edad, contrata a un elenco de actores para que se hagan pasar por su familia para evitarse el trago celebrar el día de su cumpleaños en la más absoluta soledad. Esta trama de una persona solitaria que parece despertar de un letargo en el que no acepta su aislamiento social podría parecernos chocante o absurda cuanto menos, aunque como suele suceder la ficción planteada por este largometraje siempre puede ser superada por la realidad.

La tendencia Friendship as a service ha sido considerada por la empresa Frogdesign como una de las tendencias de 2016. Así, una persona podría pagar a otra persona que no conoce absolutamente de nada para que sea o se comporte como su amigo para compartir alguna cerveza o café, le acompañe a algún concierto o a la visita a alguna exposición. Este planteamiento no es algo completamente nuevo, ya en 2010 los medios de comunicación se hacían eco de la web Rentafriend, aunque puede llegar a sorprendernos, ya que pagar a alguien para ser nuestro amigo no entraría dentro de la definición de “amistad.” Sin embargo, la utilización de este tipo de servicios parece que no es algo que sea residual ya que en Reino Unido 80.000 personas los utilizan.

Esta tendencia nacida en Japón, parece haber llamado la atención de algunas aplicaciones de mensajería de teléfonos móviles como WeChat. Estas aplicaciones estarían interesadas en el desarrollo de esta idea dentro de sus ecosistemas dando un paso más en la uberización de nuestra estructura socioeconómica.

Desde luego que la amistad puede parecernos algo que es imposible mercantilizar, aunque sí puede serlo la compañía de otra persona a pesar de que sea algo completamente extraño. Un actor puede plantarnos una sonrisa durante unas horas (las que nos podamos permitir claro está), aunque por supuesto que la necesidad de una retroalimentación dentro de ese aspecto de la sociabilización humana es insustituible de momento.

Cuando el smartphone casi me lastima el pulgar

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La culpa puede que fuese mía por viajar. Mientras esperaba en el aeropuerto de Roma la salida de mi vuelo, me percaté que no tenía nada en el móvil para matar las cuatro horas que me esperaban para tomar el avión. No tenía WiFi, ni obviamente datos, y tras comprobarlo, ni un mísero juego con el que matar el tiempo. Sí, llevaba un Kindle pero la espera era demasiado larga para que mi cabeza aguantase cuatro horas seguidas de espera. Así que a mi vuelta, para tratar de evitar el aburrimiento de las esperas de nuevo, me dispuse a instalar algún juego en el teléfono móvil.

Parecía sencillo, buscar un juego, descargarlo y olvidarlo. Sin embargo, al final, acabé medio enganchando a un juego de estrategia que se denomina “Toy Defense.” El juego no es ninguna maravilla gráfica y es bastante sencillo. La mecánica es simple, colocas una suerte de soldados de plástico en modo emboscado, mientras pasan los enemigos. La dificultad estriba en saber colocar tus tropas y su potencia de fuego respectiva.

Lo tuve instalado durante una semana. El lunes pasado, en el autobús, mientras me llevaba al trabajo, me empezaron a dar pequeños espasmos en el pulgar derecho cuando estaba consultando un programa de gestión de RSS. Los tics en el dedo se prolongaron durante todo el día, afectando ocasionalmente algún mensaje de texto que enviaba por Whatsapp (nunca me sentí más torpe a la hora de escribir en un teclado) o incluso en el uso del ratón del ordenador ya que el dedo me movía ocasionalmente el puntero. Me parecía increíble que estuviese aquejado de algún tipo de síntoma relacionado con el uso intensivo de las nuevas tecnologías, pero todo parecía señalarlo.

El síndrome del túnel carpiano me parecía uno de los mayores peligros que como “oficinista”, si se me permite, podía sufrir. La perspectiva de sufrir una lesión en la mano que me incapacitase trabajar me parecía terrible y más teniendo presente que una compañera del periódico en el que trabajé hace unos años lo había sufrió. Afortunadamente, los espasmos se fueron mitigando a lo largo de la jornada y no pude evitar googlear si había algo parecido al episodio que había experimentado.

Por fortuna para mí, la tenosinovitis de estiloides radial o como les gusta llamar a los anglosajones “thumb smartphoneno fue a más (ojo que no soy médico y obviamente los síntomas desaparecieron al día siguiente por lo que esto es simplemente una presunción) y lo solucioné desinstalando y olvidando el jueguecito de marras. Mi pulgar dejó de quejarse a pesar de seguir usando el Whatsapp, Twitter, Facebook, etc. en el teléfono móvil y de forma habitual. Aunque esto me recordó que los hábitos tecnológicos a veces obligan nuestro cuerpo a esforzarse en situaciones para las que no fue necesariamente diseñado. Además de que uno ya va teniendo cierta edad para ocuparse y preocuparse en batir al enemigo virtual de plástico a través de un objeto de metal de cuatro pulgadas y media.

La gamificación no os hará libres

Gamificación

“Technology is neither good nor bad; nor is it neutral.”

Melvin Kranzberg

La revolución que se aproxima respecto a la optimización continua de máquinas mediante la sensorización y la explotación de esos datos mediante el Big Data, no se limita tan sólo, y muy a nuestro pesar, a los artefactos inertes destinados a realizar tareas repetitivas; sino que también se extiende a otros ámbitos como las propias personas. El artículo del New York Times Inside Amazon: Wrestling Big Ideas in a Bruising Workplace publicado el pasado mes de agosto denunciaba la política empresarial desarrollada por Amazon respecto a la productividad de sus trabajadores. El artículo era tan crítico con la empresa que el CEO de Amazon, Jeff Bezos, no tardó en asegurar que no reconocía a su empresa en el texto del Times. Sin embargo, ha servido para iniciar una reflexión sobre la profundidad de los cambios que se nos avecinan y que puede llevarnos a una especie de nuevo taylorismo.

De hecho, Bezos se mostró horrorizado respecto a la descripción de las condiciones laborales descritas en el medio de comunicación de los “amazonians” que es como se define a los trabajadores del gigante americano de la distribución y llegó a asegurar que nadie querría trabajar en una empresa de esas características. En el texto de Jodi Kantor y David Streitfeld se afirma que el nivel de experimentación bajo el que están sujetos los trabajadores llega hasta límites insospechados. Según los periodistas, desde la empresa se incentivaba a que los compañeros fuesen muy críticos y destrozasen las ideas de sus compañeros durante las reuniones, se empujaba a que se trabajasen horas extras, se animaba a enviar correos relacionados con el trabajo por la noche teniendo la certeza de que sería respondido inmediatamente e incluso boicotear el trabajo de los compañeros. La presión dentro de Amazon era tan grande que según el relato de Bo Olson, que trabajó en el departamento de Marketing y libros, no era infrecuente ver a gente llorando por los pasillos o sobre su mesa.

Y es que la gestión de Amazon está totalmente gobernada por los datos y se dedica a recopilarlos constantemente. No sólo de sus clientes, donde se detallan los usos y costumbres de los mismos, sino también sobre sus propios empleados. Así, en los almacenes, los trabajadores son monitorizados constantemente para asegurarse de que realizan suficientes pedidos a la hora, mientras que en las oficinas la empresa está desarrollando un algoritmo propio de mejora del desempeño. De hecho, también se invita a enviar feedbacks secretos al jefe de un compañero de otra división a través de la herramienta “Anytime feedback tool.” De este modo, los equipos son ordenados y clasificados. Aquellos miembros que obtienen los peores resultados son despedidos cada año, mientras que los más eficientes puede llegar a ser considerados como promocionales. Lo normal es que todo el mundo compita con todo el mundo para tratar de mantener su puesto de trabajo.

Desde luego que los intentos para cuantificar el trabajo no son nuevos. Las empresas trataron de seguir y cuantificar el trabajo de los sastres a principios del siglo pasado, mientras que actualmente los call-centers siguen el trabajo de sus empleados teniendo en cuenta el uso de la web y del correo electrónico. Pero no ha sido hasta ahora cuando ha llegado la monitorización de los oficinistas y es una tendencia que se ha ido extendiendo los últimos cinco años.

El nuevo taylorismo digital descrito por el New York Times y que también se ha aplicado y abandonado en Microsoft, General Electric o Accenture puede llegar a ser tan contraproducente como el antiguo que inspiró las obras “Un mundo feliz” de Aldous Huxley (1932) y “Tiempos modernos” de Charles Chaplin (1936). Sin embargo, esta práctica del “rank and yank” puede limitar la creatividad en el puesto del trabajo y el rendimiento a largo plazo debido a la falta de compañerismo en los equipos y acabar laminando y quemando a equipos y trabajadores.

¿Es la Gig Economy realmente una revolución?

Gig Economy

ACLARACIÓN: El término anglosajón Gig corresponde al castellano a concierto o actuación y proviene de la música Jazz. Posiblemente, la palabra más adecuada en España sería bolo que tiene una connotación de una actuación breve y única, que seguramente no tendrá una continuidad larga.

Por lo tanto, el término Gig Economy se refiere, en contraposición a la Sharing Economy, a algo que se hace o se presta con el objetivo de obtener un rédito evaluando a los trabajadores dependiendo de lo que saben, han hecho previamente o poseen.

En la economía, siempre han habido trabajos regulares e irregulares, entendiendo en este caso por irregulares como “esporádicos.” La necesidad de ganarse un dinero extra para compensar o completar un trabajo más extenso ha sido una constante en diversas situaciones. Sin embargo, la posibilidad de conectar la oferta (trabajadores) con la demanda (empleadores) nunca había sido tan sencilla gracias a la tecnología. Además, ya no es necesario negociar el precio a la hora de obtener un trabajo si no se desea, simplemente se ajusta la transacción económica publicándola y basándose la reputación la ponen tus anteriores clientes. Un libre mercado perfecto si se quiere. Es ahí donde se encuentran los intermediarios (empresas basadas en la web o en aplicaciones móviles) que son las grandes impulsoras de lo que se ha venido a llamar la Gig Economy.

Por supuesto que hay distintos trabajos que pueden ser más fácilmente asimilados por estas nuevas empresas nacidas en base a la movilidad. Por ejemplo, trabajos de alta cualificación (programadores, ingenieros, consultores, periodistas, diseñadores, maquetadores, etc.) que siempre se han movido en base a encargos junto a otros de menor cualificación (conductores, limpiadores, cuidadores, etc.). En el primer grupo, se ha encuadrado a los nómadas digitales, aquellos que aparentemente no desean trabajar en sólo un trabajo para una sola empresa, mientras que en el otro simplemente son personas que desean rellenar otros trabajos con ello.

En un principio, la Gig Economy podría sonar bien. Un trabajador es más libre, no está atado a un solo empleador y es el trabajo perfecto para aquellos trabajadores de mejores perfiles y mejor preparados. Mientras, el resto de trabajadores deberían decidirse por incorporarse a alguna plantilla de una empresa. Además, los riesgos para aquellos que deciden ir por su cuenta están ahí por lo que debería remunerarseles mejor.

Desde luego que ser empleado te aporta ciertas ventajas como unas vacaciones pagadas, seguridad social, protección frente al desempleo, además de que es más difícil que seas despedido. Pero, como contrapartida, aquellos que trabajan como autoempleados tienen menos seguridades, pero son más independientes y tienen la posibilidad de ganar más dinero (a pesar de que la probabilidad de que sufras un impago sea más alta). Por otro lado, en un mundo tecnificado dispones la oportunidad de ser más adaptable, de poder tratar con distinta gente y tener relaciones laborales con distintos empleadores. Por lo que al fin y al cabo es una experiencia más rica.

Las expectativas respecto a este nuevo modelo económico son muy altas. Una de las empresas más famosas de esa nueva economía es Uber que con 160.000 socios-conductores, que es como los denomina, y sin apenas infraestructura tiene una capitalización bursátil de 40 millardos de dólares. Comparativamente, en el otro extremo podríamos situar a General Motors, con una capacidad productiva de 2,5 millones de automóviles al trimestre y con 216000 trabajadores directos con una capitalización bursátil de 50 millardos de dólares.

Pero, ¿deberían ser los conductores de Uber ser considerados como autoempleados o como trabajadores? Desde luego que hay una larga tradición de empresas que han intentado hacer pasar a trabajadores regulares como contratistas o autoempleados – En España, de todos es bien conocida la figura del falso autónomo -. Sin embargo, una serie de denuncias ha puesto en la picota la definición y la consideración que tiene Uber de sus socios-conductores de si realmente son empleados suyos o no lo son. De momento, la empresa californiana ha sufrido un revés al dictar un juez que realmente lo son, por lo que Uber debería hacerse cargo de sus derechos laborales.

Sin embargo, este tipo de compañías aducen que su modelo de negocio es demasiado nuevo y que sus conductores no quieren ser tratados como trabajadores. Sin embargo, este argumento no es la primera vez que se acude a él, ya que Google declaró lo mismo cuando se le acusó de tratar información de sus usuarios para sus propios fines o cuando Napster afirmó que no podía responsabilizarse de los contenidos que subían sus usuarios. Desde luego que las leyes deberían adaptarse a estos modelos de negocios pero no a costa de dejar sin protección ni a sus trabajadores ni a los usuarios de su servicio, ni mucho menos queriendo competir en desigualdad de condiciones con otras empresas ya establecidas saltándose reglamentaciones de seguridad básicas. Esto sin entrar en la consideración si realmente la remuneración de un trabajador llega para mantener su nivel de ingresos, porque Uber ya ha sufrido sus primeras manifestaciones laborales por cambiar su política de precios sin previo aviso.

Encadenados a la distracción

Distracciones

Hace unos meses ya describí mi ataque nomofóbico cuando acabé sin teléfono móvil durante unos días tras un accidente. Los anglosajones parecen encantados a la hora de acuñar nuevos términos y hace unas semanas resurgía en los medios de comunicación españoles el término phubbing. Este término se refiere al hecho de ignorar el entorno al prestar más atención a lo que está pasando en el móvil, smartphone u ordenador. El término fue acuñado en 2007 por Alex Heigh y en aquel momento no había tantos smartphones como hoy en día, pero no era infrecuente darse un paseo por las cafeterías universitarias y descubrir que la combinación del ordenador portátil junto al WiFi había destrozado muchas de las charlas alrededor de un café o una cerveza. Ahora, me pregunto si mi ataque nomofóbico de hace un año se debía al miedo a ser ignorado por mis semejantes o por mi imposibilidad de poderles devolver la jugada o por mi incapacidad de poder reclamar su atención.

Más allá de la preocupación de que todos acabemos con dolor de cuello o con una luxación por esa mala costumbre que tenemos de inclinar un poco la cabeza a la hora de consultar nuestros terminales móviles – creo que cuando los metros eran las mayores bibliotecas del mundo no corría esa preocupación -, no es excesivamente difícil situarse en un andén y comprobar que buena parte de los viajeros están consultando sus terminales mientras esperan al tren o cuando ya se encuentran confortablemente sentados en un vagón. Aunque el uso del teléfono móvil durante los tiempos muertos en los viajes no debería ser excesivamente grave, salvo por el hecho de que los viajes en tren nunca fueron tan silenciosos como hoy en día, la táctica de que rellenar los tiempos muertos pueda acabar trasladándose a otros ámbitos puede llegar a ser más preocupante si se da en las reuniones sociales. De hecho, no es difícil encontrarse parejas en cafeterías, mientras se ignoran el uno al otro, embebidos en el mundo que se desarrolla dentro de sus dispositivos móviles.

Parecemos prisioneros de nuestras distracciones, como si hubiésemos perdido nuestra capacidad de concentrarnos en lo que nos rodea. Procastrinamos nuestra realidad del día al día, procastrinamos nuestras relaciones sociales. Parece que es mucho mejor escribir un mensaje y un emoticono que mirarse a los ojos. Los teléfonos móviles nos permiten llevar Internet en nuestros bolsillos y nos encontramos permanentemente conectados con el mundo virtual, pero cada vez más desconectados del real.

Pero no es que nos evadamos de nuestras responsabilidades sociales, nuestro cerebro nos engaña permanentemente en su búsqueda de estímulos y recompensas. Al contrario de lo que podamos creer y desgraciadamente, no somos realmente seres multitarea. La calidad de lo que estamos haciendo desciende según intentamos ocuparnos de dos frentes (una conversación o enviar un mensaje de texto simultáneamente sin ir más lejos) y nos causa más agotamiento que otra cosa. Sí, desde luego que el cerebro es rápido a la hora de cambiar de tarea, pero no es capaz de hacer dos cosas a la vez. Al final, elegimos una tarea placentera a corto plazo por encima de lo que nos dará satisfacción a largo plazo. Sin embargo, parece que estemos encaminados a utilizar la técnica Pomodoro incluso en nuestras relaciones sociales, como si debiésemos educarnos y aprender a concentrarnos con otro tipo de estímulos y tener una recompensa por ello. Nos convertiremos en perros de Pavlov encadenados a los estímulos de la tecnología.

uberizacionHace unos años, recogíamos que en Internet se daban las condiciones para que se produjese la competencia pura y perfecta. Esta afirmación se centraba en los medios de comunicación y la facilidad a la hora de publicar un sitio web, el bajo coste de su mantenimiento y la sencillez a la hora de acceder a la competencia. ¿Es posible que esa competencia pura y perfecta se esté trasladando más allá de la información hacia el sector servicios? ¿Es la uberización de la industria la demostración de la hipótesis teórica de Leon Walras?

Sharing economy

Los sistemas de intercambio de bienes y servicios entre particulares han encontrado en Internet la vía para su crecimiento, ya que facilitan las conexiones entre iguales que desean compartir sus posesiones. Haciendo que el compartir sea mucho más sencillo.

El crecimiento de la “economía de la colaboración” podría llegar a suponer una amenaza a distintas industrias ya establecidas. Por lo que las empresas deberían entender y posicionarse dentro de ese marco competitivo, adaptándose y obteniendo nuevas fuentes de ingresos.

Existe una tendencia en la que los consumidores en vez de comprar y poseer productos, están cada vez más interesados en alquilarlos y compartirlos. La filosofía o el modo de vida que se encuentra detrás de la economía colaborativa es el ahorro de recursos creando un modo más eficiente y responsable de consumo. Esto es lo que se ha denominado como consumo colaborativo y las empresas tratan de desarrollar nuevos productos servicios centrándose en esa tendencia.

Los tipos de economía colaborativa pueden ser divididos en tres grupos, según Rachel Botsman y Roo Rogers. El primero de los grupos se fundamenta en los sistemas de producto o servicios que permite a los miembros que pertenecen a él compartir distintos productos que pertenecen a empresas o personas privadas. La segunda tipología se centra en mercados redistribuidos que permite que varios miembros puedan ser copartícipes de la propiedad de un bien. El tercero de ellos son los estilos de vida colaborativos en los que se comparten bienes no tangibles como el tiempo, los conocimientos o espacio y se encuentran apoyados por plataformas tecnológicas.

Existen seis maneras en las que las empresas pueden responder ante el aumento de la economía colaborativa:

  1. Promocionando el uso de un producto más que su posesión.
  2. Apoyando a los usuarios que deseen revender sus productos.
  3. Explotando los recursos y las capacidades infrautilizadas.
  4. Ofertando servicios de mantenimiento y reparación.
  5. Usando el consumo colaborativo para atraer a nuevos clientes.
  6. Desarrollando nuevos modelos de negocio basados en el consumo colaborativo.

Uber, la paradoja de la economía de la colaboración

Uber Inc. es una empresa californiana que desarrolla, gestiona y opera aplicaciones móviles para la gestión de redes de transporte. Básicamente lo que facilita es que un usuario que dispone de un coche particular pueda transportar a otro que no lo tiene en un punto geográfico concreto desde un punto A al B gracias a una transacción económica. Uber no vende tecnología, oferta un servicio basado en tecnología estableciendo una red de transporte propia, lo que corrobora la tendencia de que el software se está revolucionando al mundo. Cada vez más empresas se basan en el software para ofertar sus servicios online, desde películas, a la agricultura a la defensa nacional. En Estados Unidos, muchas empresas de Silicon Valley están provocando disrupciones en cada vez más sectores industriales.

Uber es un mero intermediario haciendo que la demanda y la oferta de transportes urbanos se conecten. Sin embargo, la irrupción de Uber en el sector del transporte no ha estado exenta de polémica siendo los taxistas los mayores damnificados por la aparición de esta plataforma además de otras. Pero, introducirse en un mercado altamente regulado como el del transporte, tratando de ajustar precios y sin someterse a las mismas reglas de mercado y tributarias que el sector tradicional del taxi, ha significado para Uber ser prohibido en distintos países y tener que pleitear en distintos tribunales para que se les permitan operar.

Uber gestiona una red de transporte, sin embargo las barreras de entrada son bajas y la competencia bien puede arrancarle su fuerza de trabajo (trabajadores). De hecho, en EEUU, algunos conductores trabajan indistintamente con Lyft y Uber, por lo que estas empresas se diferencian únicamente en la extensión de la Red, la imagen de marca y el margen que obtienen con una u otra plataforma. Asimismo, los conductores uberizados no suelen dedicarse a tiempo completo al transporte de personas, si no es una manera de ganarse un extrasalarial.

Tal vez por ello, Uber también ha demostrado un lado oscuro más allá de los beneficios a la hora de mejorar la oferta de transporte urbano. En Estados Unidos, se considera que Uber funciona bastante bien, la aplicación no tiene bugs, los coches que ofrecen el servicio se encuentran limpios, los conductores son educados y llegan con relativa rapidez, sin embargo su comportamiento corporativo no ha sido tan limpio:

  • Coacciones a los conductores para que se incluyesen dentro del servicio low cost UberX que es menos rentable para ellos.
  • No ser sincero respecto a los beneficios económicos que se obtienen al conducir para ellos.
  • Extender rumores sobre la competencia cuando está en búsqueda de financiación (Lyft). Puede que la práctica sea común en EEUU, pero no se la considera ética.
  • Fijación de precios predatorias en las horas pico. En Nueva York, distintos conductores de UberX protestaron por la agresiva política de precios que hacía que los trayectos fuesen más baratos que los taxis, pero a costa del margen de los conductores.
  • No comprobar los antecedentes de sus conductores con la suficiente diligencia.
  • Ser poco permeable a las críticas. Un alto cargo sugirió la investigación y la publicación de la vida de los periodistas que los criticasen.

La Uberización de la economía

Uber es un ejemplo de la traslación del mundo interconectado de Internet con el mundo físico. Así como los medios tuvieron que enfrentarse a esa competencia pura y perfecta, cada vez más sectores se enfrentan a ese hecho. Uber es uno, aunque otras empresas como Airbnb también tienen que lidiar con la legislación y los grandes operadores ya establecidos en el sector.

Cuando sólo se necesitan plataformas para conectar oferta y demanda, cualquier actor puede introducirse en el mercado usando los terminales móviles. Amazon Home Services es uno de los ejemplos más significativos. Ofertado en 41 estados de EEUU, Amazon ofrece la opción de contratar un fontanero, un jardinero, un electricista, un limpiador o un profesor de refuerzo para los niños, de actividad extraescolar como guitarra o incluso profesor de gimnasio.

La uberización económica, término acuñado por Nassim Nicholas Taleb, supondrá la gradual desaparición de los tradicionales puestos de trabajo en tareas que serán asignadas a personas justo cuando sean necesitadas con salarios que se establecerán dependiendo de la oferta y la demanda, con el rendimiento de los trabajadores constantemente medidos, revisados y sometidos a la satisfacción del cliente final.

Todo será susceptible de ser uberizado. La cuestión será si se hace con la suficiente seguridad y en beneficio público y social. El mercado laboral, las relaciones entre oferta y demanda de empleo, entre empresario y trabajador se transformarán en algo completamente diferente en el que más formado o el que disponga de mayores recursos podrá trabajar.

Una imagen que no se aleja en exceso a esas camionetas que de madrugada se acercan a un punto determinado de las ciudades y que recogen a los temporeros dependiendo de su aspecto físico y salud para trabajar en el campo. La desintermediación y deshumanización de la fuerza laboral del siglo XIX en el XXI.

El RSS ha muerto… ¿Lo podemos enterrar ya?

Son las 7.30 de la mañana. Mientras espero en la parada del Metro, me uno al ritual de los pasajeros que aguardan la llegada del próximo tren. Deberíamos llamarnos “los cabizbajos”, la inmesa mayoría tenemos la mirada clavada en el teléfono móvil. Absortos, ajenos a lo que pasa alrededor.

Es posible que mis próximos compañeros de viaje no sigan ni de lejos mi dieta informativa, más preocupados por otros menesteres seguramente más interesantes como Whatsapps y Facebooks. Personalmente, primero, me dirijo al diario El País, posteriormente a mi lector de RSS –Feedly tras la muerte de Google Reader- y posteriormente me paseo por Twitter.

Al RSS se le ha matado tantas veces que parece destinado a desaparecer sólo por insistencia. Desde el anuncio de cierre de Bloglines en 2010, aunque al final no sucedió y fue rescatado in extremis, ya se preconizaba la muerte de ese sistema de difusión de la información. Han pasado cuatro años y las hecatombes sobre el RSS se han ido sucediendo. Desde el abandono del sistema publicitario de Feedburner por parte de Google (en realidad una lenta agonía puesto que no recibe una actualización desde hace años), la ocultación que hace Twitter de sus RSS, el ya comentado cierre de Google Reader que supuso todo un terremoto dentro de la Web y el surgimiento de otras alternativas como Feedly que han tratado con relativo éxito y algún que otro problema rellenar el hueco dejado por Google.

Pero no nos dejemos engañar. Al RSS cada vez le amartillan más clavos en el ataúd. Los propios sitios web más interesados en las visitas que en la influencia que puedan llegar a tener -¡ay!, las métricas- y Google que lentamente va cerrando puertas a su entorno vallado, por ejemplo en YouTube, (lo que es lícito claro). Admitámoslo, el RSS está destinado a las élites, a los profesionales que se encargan muy mucho de escoger lo que leen y cuándo lo leen. Desgraciadamente, nadie va a gastar recursos para un puñado de personas que saben lo que quieren y cuándo lo quieren, sin interferencias.

Habrá gente que asegura que cada vez acude menos a su lector de feeds, que prefiere otras vías de comunicación como Twitter o Facebook. Por supuesto, claro que sí. Es la manera de no sentirse culpable por no poder leerlo todo, de no sentirse infoxicado ante tal cantidad de información o simplemente porque se ahorra una preocupación menos. Twitter es más inmediato, más rápido, más social y más sencillo. Pero no es eso. No es lo que buscamos. No queremos dejar ser informados al azar, queremos saber y sólo pudiendo elegir las fuentes de información, filtrando esa información (ahora lo llaman curación) y también compartiéndola

Si vamos a matar al RSS hagámoslo, pero que parezca un accidente. Seguramente más de uno llorará por él.

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