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Un podcast para “El nombre de la rosa”

Ya hace unos meses que ando escuchando La Órbita de Endor (LODE), un podcast centrado en el mundo de la fantasía y de la ciencia-ficción, que dispone de cierto éxito en España (si es que se puede limitar a un ámbito geográfico la fortuna del trabajo bien hecho en Internet). Dirigido por Antonio Runa, los participantes de LODE saben abordar las películas, libros y cómics de este género desde un punto de vista ameno e imparcial (o lo intentan) sin caer en dogmatismos y siempre tratando de contrastar opiniones. Los podcasts que se publican en LODE suelen ser kilométricos, en ocasiones rozando las ocho horas de audición, que demuestran la profundidad y la pasión con la que tratan el género en el que se centran.

No pude más que llevarme una sorpresa cuando descubrí que habían abordado el libro El Nombre de la Rosa, uno de nuestros libros favoritos, y su correspondiente película, junto a una breve mención a La Abadía del Crimen que es uno de los videojuegos españoles más recordados y muy inspirados en el libro. En el podcast LODE 4X22 EL NOMBRE DE LA ROSA libro + film, se afirman cosas como que las 100 primeras páginas del libro son una verdadera prueba de fuego para el lector que se trata de acercar a la novela, que la película es totalmente intemporal gracias al estupendo casting que se hizo con los monjes (el bibliotecario era casi el más feo de todos) y los problemas que tuvieron los programadores de la Abadía del Crimen para que Umberto Eco les atendiese (algo que al final no hizo). En definitiva, una gozada detenerse un momento y darle una oportunidad.

© Steve McCurry

© Steve McCurry

La joven afgana de ojos verdes (Afghan Girl) es una de las imágenes icónicas del siglo XX. Puede que el lector recuerde la publicación en la que apareció publicada por primera vez (National Geographic), aunque es posible que le cueste un poco más identificar a su fotógrafo (Steve McCurry), aunque pertenezca a la prestigiosa agencia Magnum Photos.

El fotógrafo americano comenzó su carrera durante la guerra de Afganistán en la que estuvo involucrada la Unión Soviética (1979-1989), incluso atravesó la frontera con los carretes cosidos y escondidos en sus ropas, aunque no se le conoce por su trabajo fotoperiodístico, sino por su carácter fotodocumental y por ser un maestro de la fotografía en color. Una carrera impecable que se ha visto empañada recientemente por un escándalo por el uso excesivo del Photoshop y por la evidente preparación de sus escenas, un articulista del New York Times las definió como demasiado perfectas, y que ha arrastrado en sus recientes entrevistas en los medios españoles (El Español o El Mundo) durante la presentación del libro Sobre la lectura.

Un libro que tal como ha señalado el propio autor es un homenaje a André Kertész, uno de los maestros clásicos de la fotografía, que ya publicó un libro de temática similar en 1971 con el título “El íntimo placer de leer ”. La confección de este libro, según admite McCurry, se ha visto facilitado enormemente a su sistema de clasificación y organización de su archivo fotográfico “un sistema de clasificación riguroso, con todas las fotos escaneadas y etiquetadas con palabras clave ” que abarca unos 40 años. Sobre la lectura reúne 62 fotografías de distintas personas absortas en la lectura de un periódico, libro o revista a lo largo de treinta países. Según su autor, este libro es una mirada poética a esta actividad común que todos compartimos, la lectura; una mirada lírica a gente que disfruta de la lectura en el mundo.

Un hotel para ratones de biblioteca

El pasado mes de noviembre abrió en el distrito de Ikebukuro de Tokyo un hotel que podría hacer las delicias de cualquier amante de los libros. Book and Bed es un pequeño hotel con 30 camas que ofrece una experiencia diferente a los commuters tokiotas: la posibilidad de dormir entre libros.

Bed and Books

El pequeño hotel dispone de 1700 títulos repartidos entre el inglés y el japonés, y sus habitaciones son pequeños cubículos ajustados detrás de las estanterías. Las habitaciones son espartanas, pensadas más para los amantes de la lectura más que a otros divertimentos, que se componen de un colchón sencillo y una luz a modo de punto de lectura. El precio asciende a $40 (4500¥) por noche.

Bed and Books

Sin embargo, el concepto ha resultado un éxito con el hotel con una ocupación cercana al 100% de los que el 30% suelen ser extranjeros.

¿Llegaremos a necesitar una Enciclopedia Galáctica?

Salvando los conocimientos de la raza. La suma del saber humano está por encima de cualquier hombre; de cualquier número de hombres. Con la destrucción de nuestra estructura social, la ciencia se romperá en millones de trozos. Los individuos no conocerán más que facetas sumamente diminutas de lo que hay que saber. Serán inútiles e ineficaces por sí mismos. La ciencia, al no tener sentido, no se transmitirá. Estará perdida a través de generaciones. Pero, si ahora preparamos un sumario gigantesco de todos los conocimientos, nunca se perderán. Las generaciones futuras se basarán en ellos, y no tendrán que volver a descubrirlo por sí mismas. Un milenio hará el trabajo de treinta mil años.

Fundación de Isaac Asimov

Parece ser que la realidad siempre puede superar a la ficción. La noticia que anunciaba que se jubilaba el último ingeniero de la misión Voyager podría haber pasado por anecdótica pero tenía mucha más enjundia de lo que podría parecer en un primer momento. Porque no es que se jubile el último ingeniero de una de las más exitosas misiones de la NASA, es que nadie en la NASA es capaz de hacer en 2015 lo que se hacía en 1970. Es decir, el software y la programación del hardware de la sonda Voyager es tan arcaico que nadie se atreve a tocarlo y a pesar de los intentos de intentar “formar” a la inversa a ingenieros jóvenes de hoy en día parece que no ha dado sus frutos teniendo que recurrir a los ya muy jubilados originales ingenieros de la misión.

La noticia me ha parecido fascinante, recordándome que la Humanidad ya olvidó anteriormente saber interpretarse así misma. Así, por ejemplo, el lenguaje egipcio fue completamente olvidado y sólo el descubrimiento de la Piedra de Rosetta pudo ayudar a recuperarlo. También, el famoso fuego griego (del que se inspiró G.R.R. Martin para recrearlo en sus novelas de Juego de Tronos) cuya composición era tan valiosa que se nos olvidó cómo fabricarlo. O simplemente, los iconos de los disquetes en los programas de edición que siempre entendimos que se referían a “Guardar” que pierden su contexto cuando, obviamente, ya son pocos los que los utilizan.

Si estos dos ejemplos parecen anecdóticos, deberíamos preguntarnos: Cuántos conocimientos habrán caído en el olvido. Y no sólo hechos, lugares, sino técnicas y formas de hacer las cosas. Cuántas empresas olvidan técnicas porque sus ingenieros senior se jubilan y son reemplazados por junior.

En la novela de Asimov, breve y muy entretenida, la creación de una Enciclopedia Galáctica es tan sólo una estratagema para evitar el colapso del Imperio. Los científicos habitantes del Términus, encargados de recopilar todo el conocimiento disponible, descubren que sus conocimientos son una ventaja competitiva irrefrenable ante las ansias expansionistas de otros planetas y que no dudarán hacer valer llegado el momento.

Los aventureros bibliotecarios de “The Librarians”

The Librarian

Quién podría imaginarse que la figura del bibliotecario se vería remozada durante el principio del siglo XXI. Más allá del gesto adusto y severo exigiendo silencio, de las gafas de pasta y del libro de la CDU; el bibliotecario del nuevo siglo debería comenzar a considerar que en su trabajo necesitará un sombrero y un látigo como poco ante las nuevas exigencias de la profesión.

Se veía venir que el perfil se había quedado ya caduco cuando a Flynn, personaje que encarna Noah Wyle, en la película El bibliotecario: En busca de la lanza perdida; se le aseguraba que para ser un buen bibliotecario no hacía falta ser un experto en los lenguajes de interrogación en bases de datos. Para el futuro bibliotecario, ser organizado y pulcro no era una necesidad imprescindible, porque todo el mundo podía hacer eso, si no que se le exigiría algo más como poder manejarse y enfrentarse al mundo de la magia y las sociedades secretas. Desde luego que la película era digna de cualquier domingo por la tarde de verano, cuando la mejor opción siempre es sestear, no pasaba de ser una simpática película de aventuras que puede que no hubiese merecido nada más que una breve reseña. Sin embargo, a esa película le siguieron otras dos: El mapa del rey Salomón y La maldición del cáliz de Judas evidentemente inspiradas en cierta trilogía de mayor impacto mediático y mejor manufactura, sin duda.

Pero no hay que desesperarse si la trilogía se nos quedó corta, el próximo diciembre se estrena The Librarians, una serie en la que el personaje principal sigue representándolo Wyle. Compuesta de 10 episodios, describe cómo cuatro personas normales pero con talentos extraordinarios son seleccionadas por el bibliotecario Flynn (Noah Wyle) para trabajar para The Library, una sociedad ancestral basada en el conocimiento y en el heroísmo. Juntos viajarán por todo el mundo, investigando hechos extraños, luchando contra conspiraciones y protegiendo a los inocentes del peligroso y secreto mundo de la magia.

Y es que Flynn descubre que ya no puede enfrentarse solo a todos los desafíos, por lo que reclutará a un agente experta en contraterrorismo para proteger al grupo, a un trabajador con un conocimiento enciclopédico en historia del arte, a una persona afectada por sinestesia que puede recuperar hechos pasados y a un profesional de las nuevas tecnologías apasionado en el mundo de la criminalística.

La generación del futuro gris

Bansky. Dream cancelledCuando hablé con ella, puede que haga un año, se me rompió el corazón. Había hecho todo lo que se suponía que debía hacer. Durante toda su vida, se había esforzado terriblemente, lo había intentado hacer bien según el sistema lo había dispuesto. Había realizado los estudios que se habían diseñado para capacitarla profesionalmente, había realizado múltiples becas en empresas relevantes de su sector y había aceptado trabajos mal remunerados esperando ese futuro soñado. Incluso había tenido que rechazar trabajos en empresas, más bien empresarios, que simplemente le tomaban el pelo. Pero no era una derrotista, me dijo que se daba hasta los cuarenta, acababa de cumplir treinta, para tratar de conseguir su sueño. También me contaba que vivía desconectada, sin internet, que no podía ni permitirse un café al día para engancharse a la Wifi y poder consultar ofertas de empleo. Luchaba por una vida tan precaria que despertaba mi más profunda admiración.

Los mileuristas destaparon su realidad social en 2005 en plena bonanza económica, para 2012, tras una crisis devastadora, toda una generación de jóvenes denunciaba que ese sueldo ya constituía casi una quimera. Personalmente, las conversaciones que mantengo no pueden ser más desalentadoras. El lujo ya no es tener un sueldo por cierta cantidad a pesar de que sea insuficiente a todas luces, sino que la fortuna es simplemente tener un contrato.

Adentrándonos en esta década, la segunda del siglo XXI, el futuro idealizado se ha demostrado marchito. Muchos amigos y conocidos siguen perdiendo su trabajo, para reconvertirse en autónomos dependientes de un único cliente, su anterior empresa. Pensándolo, puede que fuesen afortunados, ya que alguno fue despedido sin mediar palabra, sin las gracias por los servicios prestados. Después, descubriría que la semana posterior esa misma empresa le solicitaba que acabase los proyectos que tenía entre manos. “Hay que ser profesional” argüían y mis amigos, buena gente y ante la necesidad, se negaban la evidencia. En ocasiones, nos rebajamos y explotamos nosotros mismos.

No importa a qué te dediques en qué sector te sitúes. La generación Ni-Ni puede que sea un producto de la estadística que esconde una realidad mucho más dura, más difícil de aceptar. Nos equivocamos, nos engañamos. Cuántos dieron el callo en la universidad, en los idiomas, en los másteres imposibles de pagar, en las distintas empresas que no les pagaban porque estaban aprendiendo y acabaron ocultando su brillante pasado para poder acceder a un puesto de reponedor en un supermercado. Cuántos, grandes profesionales, se larvaron una identidad profesional, fueron reconocidos, premiados y aceptados como expertos en una materia a nivel nacional; pero acabaron de bruces en las colas del INEM, aceptando trabajos de media jornada porque no hay nada mejor, porque es lo que hay, porque es lo que te podemos pagar.

Nuestro error será aceptar que esta situación es pasajera, que en algún momento la situación mejorará y que nos irá mejor. Ojalá sea cierto, pero desgraciadamente existen muchos factores y algunos (el esfuerzo, el mérito) ya han huido de nuestras manos.

Hoover y la Library of CongressJohn Edgar Hoover (1895-1972) fue el primer director del FBI (Federal Bureau of Investigation) y se mantuvo en el cargo hasta el día de su muerte. En un principio, sería designado director de la Bureau of Investigation (Precursora del FBI) en 1924 y posteriormente nombrado director del FBI cuando se creó como tal en 1935. Hoover desempeñó un papel decisivo a la hora de construir y diseñar la oficina de investigación tal y como la conocemos hoy en día y, por ello, el director y actor Clint Eastwood dirigió la película J. Edgar (2011) donde el personaje de Hoover lo interpreta Leonardo di Caprio.

Uno de las actuaciones más relevantes que desarrolló Hoover para la mejora de la investigación policial fue la introducción de la ciencia y de las huellas dactilares para la recopilación de pruebas para de esta manera poder inculpar a sospechosos. Además, también consideró el diseño de clasificación de los expedientes del FBI para la mejora de su recuperación y agrupación de la información.

En la película de Eastwood, se asevera que Hoover trabajó previamente en la Library of Congress y que durante la época en la que estuvo trabajando en la biblioteca nacional americana, cooperó a la hora de diseñar el sistema de clasificación de la misma. Obviamente, esta afirmación llama poderosamente la atención. En la película, di Caprio posee una escena recuperando un libro mediante el catálogo de fichas de la misma biblioteca afirmando que el sistema lo diseñó él. Sin embargo, el hito conseguido por el ex-director del FBI simplemente es falso.

En la página web del FBI dedicada al director, se indica que entró en la Library of Congress (LoC) con 18 años como mensajero y posteriormente se ubicaría en el departamento de compras. La biblioteca, por su parte, le dedicó un texto intentando documentar su paso por la institución a raíz de la película y de los intentos de la productora de intentar documentarse.

La LoC asegura que es difícil obtener documentación de trabajadores tan antiguos y que se debe recurrir a documentos secundarios y fuentes indirectas como listados telefónicos o los propios archivos de una división. En el caso de Hoover, existe documentación (ver imagen) que demuestra que comenzó a trabajar en 1913 con un salario de $360 y que al año siguiente mantendría la misma posición viendo cómo ascendía su retribución hasta los 420.

En 1915, se le traslada hasta el departamento de compras como clerk (trabajador) donde se dedicaba a mecanografiar las órdenes de compra. No hay rastro de que trabajase como catalogador, ni por su posición pudiese haber desempeñado funciones para diseñar el sistema de clasificación bibliotecario. Sin embargo desde la LoC se cree que por la posición que desempeñaba y la situación de su departamento, que se encontraba entre la Classification Division (Donde efectivamente se desarrolló el sistema) y la Catalog Division donde a los nuevos materiales se les asignaba la signatura. Es bastante probable que Hoover quedase impresionado por la eficiencia en la clasificación de los materiales y lo trataría de trasladar al FBI. En 1917, abandonaría la biblioteca para trabajar en la administración pública americana.

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