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Mes: enero 2007

Cambio de formato, cambio de nombre: del DOGV al DOCV

“Año nuevo, vida nueva”. Eso es al menos, lo que deben haber pensado las autoridades de la Comunidad Valenciana al esperar al cambio de año para hacer efectivo el cambio de nombre del boletín oficial de esta comunidad autónoma (“de ésta, nuestra comunidad”, si me permitís la broma).

Este cambio de denominación de “Diario Oficial de la Generalitat Valenciana” (DOGV) a “Diario Oficial de la Comunidad Valenciana” (DOCV), ha provocado la disconformidad del propio organismo jurídico consultivo de la Comunidad, ya que entra en conflicto con el recientemente aprobado Estatuto de Autonomía. Pero, a la mayoría, estas discrepancias políticas no nos preocupan demasiado y, para nosotros, seguramente seguirá siendo el “doj” (no hay otra forma de pronunciarlo); al igual que el DOUE (Diario Oficial de la Unión Europea), no ha dejado de ser el DOCE (Diario Oficial de la Comunidad Europea) para muchos.

Tengo que reconocer que el cambio de nombre, y su consiguiente polémica, me pasaron totalmente desapercibidos en su momento, seguramente debido a mi costumbre de leer ciertos artículos “en diagonal”, cuando anunciaron a bombo y platillo algo que me parecía mucho más importante: la desaparición del diario en su edición en papel. De momento, el Diario de Sesiones de los Plenos de Les Corts Valencianes va a seguir el mismo camino, respecto a la desaparición de su formato en papel, y ya veremos quién es el siguiente.

Pero no son las cuestiones semánticas ni menos las políticas las que quiero analizar aquí, sino los cambios más drásticos que ha sufrido este boletín oficial al comenzar el nuevo año ya con su versión digital definitiva.

6 comentarios

«Pecado de Gutenberg» de Juan Cueto

El escritor Juan Cueto publicaba el pasado 24 de diciembre en el suplemento dominical EPS, un artículo de opinión con el título Pecado de Gutenberg en el que realiza una reflexión personal sobre la evolución del libro y la lectura hasta nuestros días.

Esto que usted está haciendo ahora mismo, leer en solitario y en silencio, es algo muy moderno y que apenas tiene dos siglos de tradición. No lo olvidemos a la hora de acusar a las hiperindividualistas máquinas digitales de ser los nuevos ángeles exterminadores del humanismo. Y es que la verdadera revolución del libro no ocurrió con el nacimiento de la nueva tecnología llamada imprenta, como es tópico mid-cult; sucedió dos siglos y pico más tarde, cuando la lectura dejó de practicarse en voz alta y en público y se transformó en algo muy individual y silencioso.

Por tanto, que conste que en el origen del libro moderno no fue la famosa máquina de Gutenberg, sino aquella posterior mutación de la lectura ocurrida en la Ilustración y que impuso para siempre la técnica de leer en silencio y en privado. Es cierto que desde el Siglo de las Luces hay gentes que todavía siguen empecinadas en leer en voz alta y en público, como los niños, los políticos y esos autores que castigan a sus parejas con la lectura de las galeradas, fuente de tantos divorcios entre humanistas. Pero el libro, tal y como hoy lo entendemos y defendemos, nació de un invento más tardío y radical que el de Gutenberg, la también artificial e hiperindividualista necesidad de leer en voz baja, en rigurosa intimidad y completamente aislados de los ruidos sociales y familiares, como ocurre ahora con el iPod.

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