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Año: 2008

La era de la sobreinformación (sobre ti)

Hace ya unos meses, distintos medios de comunicación distribuían un teletipo de la Agencia EFE bajo el titular Miles de jóvenes intentan mostrarse originales en internet cediendo su intimidad. En él, dedicado a la red social española Tuenti, se recogía una nueva tendencia de los más jóvenes a exponer cada vez más su intimidad, mostrando y compartiendo fotografías o comentarios un tanto subidos de tono. Dentro del artículo, Tuenti se defendía asegurando que los niveles de exposición de este tipo de contenidos, se regulaban dentro de la página web y que incluso se disponía de un equipo que monitorizaba las fotografías y comentarios y si se detectaba algo improcedente se eliminaban. Por otro lado, en agosto de este mismo año, el diario Levante-EMV publicaba un reportaje dedicado a este hecho en el que los jóvenes se mostraban en ocasiones semidesnudos en ciertas páginas webs, blogs o fotologs concluyendo que tal vez el daño que estos jóvenes se estaban autoinfligiendo pudiera ser irreparable en un futuro inmediato o, tanto peor, a largo plazo.

Recientemente, Jon Favreau, asesor del reciente presidente electo de los EE.UU. Barack Obama, se tenía que disculpar por la publicación de una fotografía en la que se le veía en una fiesta en pose provocadora con una figura a tamaño real de la rival del senador Obama y, al limón, elegida como Secretaria de Estado de su próximo equipo de Gobierno Hillary Clinton. La fotografía de Favreau había sido recuperada y difundida a través de la red social Facebook, y su caso no se aleja del caso de Kevin Colvin que fue despedido tras el descubrimiento por parte de su jefe de una fotografía suya bastante compremetedora publicada en la misma red social.

Parece seguro, por tanto, que hoy en día, nos encontramos ante un nuevo reto. Un nuevo desafío sobre la nueva definición de lo que debe ser considerada como nuestra privacidad y cómo debemos defendernos ante la socava de nuestro anonimato.Ya no es suficiente con defender la privacidad sobre la información que se publica en la Red desde las Administraciones Públicas o por el hecho de convertirse en un fenómeno mediático dentro de la Red; no, hay que dar un paso más allá y, aparentemente, tomar la consideración de adoptar el anonimato como una actitud frente al control perpetuo que sufrimos en nuestras actividades en la Red.

La red social Facebook o el buscador Google son, por motivos dispares, los máximos exponentes actualmente sobre las implicaciones que sus actuales modelos de negocio tienen sobre la privacidad de los usuarios. Sobre Google, mucho se ha publicado y las propias Administraciones ya han tomado sus cartas sobre el asunto, sin embargo el fenómeno de Facebook es completamente nuevo, ha evolucionado horrendamente rápido y desde las instancias políticas o bien se le utiliza o bien se le tiene miedo. El hecho es que todo lo que Facebook puede aportar al usuario, lo hace intentando encontrar un modelo de negocio viable y por supuesto que tiene su precio. Lo que no cabe duda es que el uso de esta red social puede dejarnos completamente desprotegidos, y lo peor de todo es que Facebook, al modo de los antiguos portales 1.0, quiere que lo hagamos casi todo a través de él. Debemos contemplar que estos dos gigantes van a comenzar a encontrarse, si bien Facebook mantiene sus contenidos cerrados, inaccesibles para los buscadores, y Google se dedica obviamente a lo contrario; debemos ponernos alerta porque ambos están adoptando políticas muy similares de afiliación e incluso sus productos se asemejan en ocasiones. Su objetivo es que el internauta construya su identidad digital a través de ellos y que se identifique inequívocamente mediante sus servicios.

Personalmente, aunque entiendo las virtudes de Facebook, no me acaba de convencer descubrir comentarios personales de personas que conozco a personas que no conozco, curiosear fotos de personas que conozco que han colgado personas que no conozco, que sí que hay un ser un «buenrollista» y aprobar la Amistad de cualquiera que intente acceder a ti, pero el grado de indefensión es tal, el descontrol sobre lo que yo veo y lo que los otros ven de mi es tal, que me abruma y preocupa.

Ante Google, los futuros navegadores ya han dispuestos las armas para hacerle frente y ante sus ansias para seguir recabando datos de sus usuarios mediante el denominado Private Browsing (Firefox) o InPrivate (Explorer), pero ¿qué haremos en un lugar donde su principal finalidad es compartir nuestra vida, nuestros comentarios, nuestros pensamientos con los demás y con el sistema mismo? ¿Debemos de convertirnos en ermitaños digitales, rehuyendo aquello que nos expone, pasando completamente desapercibidos en la época del Personal Branding?

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La biblioblogosfera se expande

La reciente entrada en el blog del Sedic, La biblioblogosfera hispánica, me ha hecho reflexionar, y mucho, sobre la situación actual de la biblioblogosfera. En el texto, Rodríguez Yunta se lamenta de la dificultad de seguir todos los blogs que se mantienen actualmente dentro de la temática de la Biblioteconomía y la Documentación tanto en España como dentro del ámbito americano. Claro que este extremo no lo voy a discutir, puesto que soy plenamente consciente de que esta monitorización, si se quiere, de la actividad blogosférica de los bibliotecarios y los documentalistas es extremadamente complicada.

Hace casi exactamente un año, se levantaba el debate sobre el fin de la biblioblogosfera, la desaparición de los blogs generalistas sobre los blogs temáticos. Es posible que la biblioblogosfera tal y como la habíamos conocido los más veteranos, y no nos cansamos, de decir es algo que se ha perdido en el camino de la Web 2.0.  No cabe duda que la comunidad formada en aquel tiempo se ha disgregado, más preocupada por sus quehaceres y sus vidas personales y laborales; se ha perdido una parte de esa voluntad de apoyar al prójimo, pero también mucho se ha ganado. Muchísimo y por ello ha valido la pena.

Permitidme que os confiese que no dejé de sonreír al descubrir unos de los artículos del último número de la revista «El Profesional de la Información» dedicado a las redes sociales que titulaba: Evolución social y networking en la comunidad biblio-documental. Yo al que, en su momento, le chirriaba aquello de los blogs bibliodocumentales, descubría que el término era aceptado por la Ciencia, aquella palabra impulsada tan fehacientemente por Deakialli y en particular por Vanesa Barrero, se presentaba en un artículo científico. Desde luego que era una victoria para los biblioblogs o, al menos, para aquellos que todavía podemos contarlo.

La biblioblogosfera se expande. Muchas bibliotecas han abrazado la actitud de la Web 2.0, se han dispuesto a imaginar servicios, a probarlos, a disfrutar con ellos y sobre todo a explotarlos convenientemente. Aquellos que empezamos con este formato, nos convertimos en referentes e invitamos al resto a unirse, por supuesto el paso del tiempo nos ha barrido. Hemos ido sucumbiendo lentamente tras la aparición de herramientas más inmediatas, más automáticas, más rápidas, más dinámicas que los blogs. Pero estos todavía no han muerto.

Hoy en día, las redes sociales han cubierto el networking descubierto a través de los blogs. Los profesionales, cinco años después, se arremolinan en esos foros, comparten sus experiencias y establecen nuevas amistades. Los bibliotecarios siguen probando las nuevas herramientas que les ofrece la Web 2.0 y se hacen fuertes en el cambio de paradigma de este siglo XXI y el consumo de información. Pero, ¿qué queda de los bloguers?

Pues fundamentalmente les seguimos día a día, creciendo profesionalmente, descubriendo sus esfuerzos para seguir adelante, con sus hallazgos, sus logros y sus frustraciones, que también las hay. Durante estos años, he descubierto a gente a la que admirar por su tesón, conocido a grandes profesionales que se cruzaron en mi camino, otros que alcanzaron sus sueños e incluso a compañeros de estudios que un día sin esperárselo se convirtieron un símbolo del cambio 2.0. Desde luego que los blogs seguirán disponiendo de su función de punto de encuentro, de personal branding tal y como recogíamos hace poco, seguiremos jugando con las ideas que se nos pasen por la cabeza, a veces sin reflexionar suficientemente, pero otras ¿por qué no?

No, la biblioblogosfera no ha muerto, ha evolucionado, ha crecido y ha madurado. La biblioblogosfera sólo es una pequeña parte de la Biblioteca 2.0 que se dispersa por todos los proyectos e iniciativas que se pueden encontrar la Web. Sólo hay que saber dónde buscarla.

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«El Manifiesto Cluetrain» en castellano

Decíamos ayer que no nos destacábamos precisamente por ser los primeros en publicar con urgencias. Desgraciadamente, por una vez que nos deberíamos haberlo primado, resulta que llegamos demasiado pronto. Porque al igual que en otros blogs, desde la editorial Deusto, nos ponían sobre la pista de la traducción y edición de El Manifiesto Cluetrain en castellano y la posibilidad de obtener una copia completamente gratuita a aquellos que accediesen a la página web de la editorial para solicitarla. E hicimos correr la voz a través del correo electrónico, pero en aquella fecha, martes 2 de diciembre, nos advertían que la página no estaba accesible. Es decir, desde la editorial se habían adelantado a su página web y, al menos, a principios de la tarde del 2 de diciembre, la página no era accesible para solicitar el libro. Así que nos hallamos en la tesitura de publicarlo en el blog o no hacerlo, para finalmente dejarlo estar por el momento hasta el día siguiente.

Pero sucedió que en menos de 24 horas la noticia había corrido como la pólvora dentro de la blogosfera y los 2000 ejemplares gratuitos que la editorial había puesto a disposición de los primeros lectores se agotaron, dejándonos impávidos ante el éxito de la propuesta. Cabe destacar, como no puede ser de otro modo, el seguimiento que se realizó desde la editorial, apagando los fuegos y subsanando los errores que durante esta promoción se habían revelado, acallando las posibles críticas que se hubiesen derivado de ello. Para mi, la campaña fue perfecta y no podría haberse ejecutado de otra forma teniendo en cuenta del libro que estamos tratando. Y es que antes de que la Web 2.0 fuese ni siquiera definida como etiqueta de marketing, ya existía el Manifiesto Cluetrain en 1999.

Y es que dentro de este texto, más allá de las 95 tesis sobre las que se fundamenta el desarrollo de esta teoría, se perfila el cambio de paradigma que nacería tras la difusión de Internet dentro de los consumidores y el seguimiento que las empresas deberían realizar para cimentar y desarrollar su branding dentro de un mercado donde los grandes medios de comunicación son simples actores. Más allá de las nuevas concepciones de la Empresa 2.0 que se fundamentan sobre los desarrollos tecnológicos posteriores (Blogs, wikis o redes sociales) una serie de autores vieron más allá y concibieron el cambio de «La Conversación» antes de que éste se produjese. Es posible que el crash de la Burbuja.com a finales del siglo XX y la decepción que supuso, soterrase una visión que a principios del presente siglo se antojase una quimera, aunque realmente ya estaba ahí y que posteriormente otros retomaron con un nuevo término. Pero lo que no cabe duda es que antes de O’Reilly se editó y difundió El Manifiesto Cluetrain y, por ello, es sumamente acertado e interesante que se edite en castellano en España ampliando la visión de la nueva comunicación dentro de la Red.

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Maneras de bloguear

Desde que publico contenidos en este blog, siempre he considerado que existían dos formas de bloguear dentro de los blogs profesionales -Los personales merecen, claro está, un capítulo a parte-. Si descartamos la más obvia que es el típico Copia & Pega, o el transcribe de los más aplicados, de aquello que nos parece interesante, una de ellas, la más obvia, es el típico Vía o Visto en que ha ido cayendo en desuso gracias sobre todo a la aparición de webs dedicadas al filtrado social de información como Digg, el hispano Menéame o nuestro bibliotecario Documenea. Obviamente, siempre es audaz ser el primero en levantar la liebre, en informar a la comunidad de los últimos hallazgos en formato de breve teletipo y que cada cual extraiga sus conclusiones. Al fin y al cabo, ¿de dónde nace la palabra blog? Precisamente, de esos pequeños hallazgos que realizan los internautas a la hora de navegar.

Personalmente, admiro a aquellos que se dedican a bloguear de esta forma, siempre conectados, a la última, dispuestos a actualizar sus blogs en cuanto la noticia es descubierta, llegar el primero y sobre manera ser referenciado por los demás. Os confesaré que cómo me gustaría ser el primero en algo por primera vez, pero desgraciadamente para mi orgullo, la combustión interna y los quehaceres diarios me impiden estar on-line las 24 horas del día, por lo que siempre llego tarde y soy el último en enterarme.

Una de las características de los blogs es precisamente lo nombrado más arriba, estar dispuestos a «agitar» la información dejando el análisis de la misma y sus implicaciones para más adelante, sin embargo al no poder alcanzar la velocidad de vértigo de la blogosfera o de la Web 2.0 sólo me ha quedado el realizar otro tipo de blogueo, si se quiere, más reposado aunque menos impactante. Evidentemente, nuestro blogueo reflexivo no nos va a deparar aparecer en los primeros puestos de Menéame y sufrir de paso sus efectos, pero la tensión informativa a la hora de publicar es mucho menor y, por supuesto, podemos dosificar nuestros ratos libres del ocio para ir publicando a nuestro aire sin la presión de las 24 horas del día estar conectados.

Claro que la manera que tenemos de actualizar nuestro blog es una arma de doble filo, en primer lugar puede parecer que estamos ofreciendo un diagnóstico de algo, situándonos en una ex cáthedra que no es precisamente lo que buscamos. No es nuestra intención, ni mucho menos, realizar aseveraciones categóricas, sino más bien abrir nuevas líneas de pensamiento y de reflexión ante una colección de hechos que se están produciendo. Y sí, el crecimiento dentro de la blogosfera es más reposado, el impacto es mucho menor y el riesgo mayor, puesto que en ocasiones te muestras completamente desnudo sobre la falta de conocimiento que dispones de un tema. Pero si te planteas un blog como una forma de aprender, una manera de compartir y, claro que sí, una manera de arriesgar  para comprobar qué sucede, este tipo de blogueo reflexivo, pausado, de combustión lenta puede ser muy provechoso para ti y tus lectores.

Como se dijo en los albores de la blogosfera, los lectores siempre sabe más que tú y de ello doy fe. Publicar sin ser plenamente consciente de la situación es un riesgo de quedar en ridículo, sí, pero el retorno siempre es muy positivo. Aprenden los lectores, profundizas sobre un tema y descubres nuevos puntos de vista que no habías contemplado. Es cierto, es una forma de bloguear mucho más trabajosa, requiere mucho esfuerzo de síntesis, de documentación y redacción, pero en ocasiones te encuentras con grandes sorpresas y con comentarios que te impulsan ha seguir realizando lo que más te gusta: Pensar y compartir tus preocupaciones con personas que las comparten o, al menos, se atreven a discrepar abiertamente. Pero en cualquier caso, para eso estamos precisamente aquí.

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Documentalista ≈ Google Humano

Este fin de semana en el semanario El País Semanal, se dedica un artículo al Personal Branding, la creación de una marca como persona para diferenciarse dentro del mercado laboral. Me ha llamado poderosamente la atención que el ejemplo se dedique a la figura del documentalista y, por ello, os lo recogemos aquí.

Miguel Ángel López creció, estudió, vivió y a los 34 años tropezó con su existencia. Un callejón sin salida .Este madrileño se licenció en Historia y lo aprendió todo como si el conocimiento fuera a desaparecer de la Tierra. Tres másteres, idiomas, estancias en el extranjero, becas de todos los colores, trabajos en archivos y bibliotecas, técnico de estudios de mercado, la edad a cuestas, la ilusión perforada… Y salto de beca en beca. Lo de siempre. Dio tumbos hasta que por Internet se topó con algo llamado Personal Branding. El profesional con el que contactó quiso saber una cosa:

– ¿En qué eres bueno?
– Pues no lo sé.

Años y años formándose y no era capaz de afirmar qué hacía mejor. Era bueno valorando datos y documentándose. Necesitaba diferenciarse. Primera tanda de pasos: preguntó a los demás cómo le veían, diseñó su producto con las piezas (estudios, experiencia, habilidades, metas) y dio visibilidad a su marca a través de su web y las redes sociales. El proceso duró tres meses. Miguel Ángel se vende hoy como el Google Humano. Busca información para empresas e instituciones. De debajo de las piedras. Y el trabajo no le falta. […]

RAMÍREZ, Cristóbal. Mi marca soy yo. En: El País Semanal, nº 1680. Domingo, 7 de diciembre de 2008. P. 110

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Una visita a la biblioteca de la Escuela de Magisterio de la Universitat de València

Mi reciente y primera visita a la biblioteca de la Escuela de Magisterio de la Universitat de València constituyó una sensación bastante extraña. En primer lugar porque, a pesar de haber pasado en innumerables ocasiones frente al edificio, nunca me había atrevido a adentrarme en él (y eso que mi hermana estudió allí) y, segundo, porque aún cargado con un maletín dispuesto a consultar los fondos de la biblioteca para ayudarme en la realización de un informe, me sentía un poco extraño en mi tierra, creyéndome demasiado torpe para realizar consultas, no fuese que la bibliotecaria me dedicase una mirada censuradora y pronunciase aquello de «No moleste» -Algo que, todo sea dicho, no sucedió-. Sí, es posible que incluso para un profesional como yo, la ansiedad en la biblioteca (o más bien miedo) estuviese más de cuerpo presente de lo deseable, pero es cierto que yo me encontraba un poco como un pez fuera de la pecera, demasiado torpe, demasiado usuario.

El caso es que de no entrar, no entré ni por la puerta principal del edificio, encaminándome hacia el aparcamiento por un lateral, discurriendo hacia la parte trasera donde se adivinaba otro edificio con, aparentemente, la misma función que el primero. Sin embargo, gracias a mi carácter un poco curioso, un poco travieso, descubrí los ventanales de lo que iba buscando, esto es la biblioteca, y sólo me quedó hallar las puertas accesorias para situarme dentro del edificio, puesto que mirándolo desde el exterior me sentía un poco como Guillermo de Baskerville mientras se hallaba en la abadía, inquiriendo Adso «Apuesto a que ese edificio no contiene sólo aire».

Os podéis imaginar cómo un bibliotecario puede sentirse a través de los pasillos llenos de jolgorio de los jóvenes estudiantes de hoy en día, entre sorprendido y aturdido, considerando que aquel no es su lugar, que allí estoy de más. Sin embargo, la presencia de los estudiantes me sirvió, en esta ocasión, para encontrar lo que andaba buscando: la puerta de acceso a la biblioteca. Porque si bien como Guillermo andaba preguntándose cómo era posible que el bibliotecario de la abadía del crimen y su ayudante podían acceder a los fondos a través de un Scriptorium cuya puerta de acceso no tenía pomo, obviamente mi reto intelectual no iba a llegar más lejos, aunque por supuesto que es difícil encontrar tu destino si todas las puertas (reprografía, aulas y biblioteca) disponen de la misma tonalidad y semejanza.

Pero, como he señalado, un alumno en un momento providencial abrió una puerta y la presencia de un revistero me puso sobre la pista de la sala que buscaba y tan sólo me restaba traspasar una segunda puerta para alcanzar la sala. Por supuesto que no accedí inmediatamente, sobre todo porque unos carteles sobrepuestos con celo me llamaron en demasía la atención. Carteles reindivicativos, sobre la situación de la biblioteca y de su personal, que en aquel momento bien hubiesen sido merecedores de una fotografía, pero que las prisas y la falta de material adecuado (una cámara) me impidieron recoger testimonio de las protestas que el personal del centro de información lanzaba hacia la dirección del centro sobre su función, posición y trabajo.

Visto lo visto, lo cierto es que tienen razón. La biblioteca no puede ser declarada como tal, es más, la consideración de sala de estudio es más ajustada en este caso. Porque la entrada es angosta, encontrándote con un pilar que limita la visión de la sala compuesta de dos secciones: Una para el estudio individual, con mesas clavadas al suelo, para unas 40 personas y otra con cuatro mesas donde se juntan los estudiantes para realizar trabajos colectivos o bien para consultar los fondos librarios. En las estanterías accesibles al público en general, poco más que obras de referencia, dejando la mayoría del fondo de acceso sólo a los bibliotecarios.

En realidad, mi visita fue muy breve puesto que sabía a lo que iba y lo que quería consultar. Pero, obviamente, no portaba las signaturas de los libros a los que quería echar un vistazo. De manera completamente torpe, frente a tres ordenadores que invitaban poco a la consulta, me dirigí a la bibliotecaria que amablemente ante mi pregunta sobre el catálogo me referenció hacia los terminales. Cómo no me había percatado antes, o más bien, porqué me había hecho el remolón; puede porque es mejor parecer torpe, que hacer el tonto y después tener que despejar cualquier duda de que lo eres.

No cabe duda de que más oportunidades dispuse de ello y, en cuanto la bibliotecaria me descubrió azaroso tratando de encontrar el orden y el concierto de las estanterías, me señaló que seguramente el libro en cuestión debería solicitárselo a ella. Algo que obviamente tuve que hacer y los libros llegaron, al fin, a mis manos para mi consulta.

Luego llegó lo peor de toda mi experiencia, que no fue lo anteriormente reseñado, sino más bien las miradas de chascarrillo de los estudiantes de magisterio que se reunían en las grandes mesas que, imagino que entretenidos y divertidos, comprobaron mi falta de maña en una biblioteca, aunque ya se sabe «en casa del herrero, cuchillo de palo».

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