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Mes: agosto 2012

Que no me quiten mi libro electrónico

Últimamente, los escritores – y sus editores – parecen obcecados en que los lectores empedernidos hagamos prácticas de musculación con los mamotretos que lanzan al mercado. Parece ser que siempre parece más digno explicar una escena en veinte páginas cuando tal vez no fuese necesario hacerlo en más de una (Algo que también es aplicable al cine donde las explicaciones en ocasiones sobran). Aquellos que leemos en cualquier lugar ya sea sentados o recostados encontramos tremendamente trabajoso tratar de leer estos tochos de papel cuando los comenzamos o cuando ya los estamos finalizando. Puede ser que por ello siempre me pareció atractiva la perspectiva de que el libro electrónico estableciese una constante encuanto a la masa del libro (continente) y su contenido.

He de confesar que me he mantenido fiel al papel hasta hace dos semanas. Uno de los pocos atractivos que me ofrecía el libro electrónico pasaban por la falta de fondo editorial, añadiéndole el hecho de que las editorias no se decidían a lanzar un formato conjunto y sencillo de comercializar. La experiencia Libranda y ese esfuerzo denodado de poner trabas a los consumidores que desean adquirir un libro electrónico, invitaban más a permancer quieto que a tratar de imbuirse en el libro digital. Desde luego que el lanzamiento del iPad y, sobre todo, Amazon y su Kindle lo han cambiado todo.

Steve Jobs nunca consideró en lanzar un reproductor de libros electrónicos porque consideraba que no se trataba de un mercado masivo. Jobs siempre intentaba alcanzar al gran público con sus productos y por ello estaba obsesionado por la sencillez que debía ser inherente a los productos de Apple. El iPad se presentó en 2010 con el mismo sistema operativo que el iPhone sin saber exactamente para qué iba a servir y cuál era su uso principal. Aunque por su tamaño, la lectura de libros y revistas era uno de sus consumos obvios. Pero los libros electrónicos ya existían mucho antes, de hecho, la tinta electrónica venía desarrollándose desde finales de los 80 y principios de los 90. Una tinta electrónica que haría más por la lectura que la pantalla Retina del iPad.

Cuando Amazon decidió abrir su tienda en España, era bastante obvio que algo iba a comenzar a cambiar en el mercado editorial español de forma decidida. La actitud de descrita por Miguel de Unamuno, ¡que inventen ellos!, podría ser trasladada a las editoras que se habían encontrado cómodas hasta ese momento y no habían apostado por innovar dentro del sector editorial español. Sin embargo, con la llegada de los dos gigantes norteamericanos deberían comenzar a despertar y descubrir que el mercado se lo pueden engullir las dos perfectamente. ¿Acaso creían de verdad que los lectores no se atreverían con lo digital? ¿Hasta cuándo la rugosidad y el olor del papel iba a ser una excusa para mantenerse fiel a un formato?

Como he señalado anteriormente, llevo menos de dos semanas leyendo libros electrónicos en mi Kindle. Mi elección se basó fundamentalmente en el precio y el fondo editorial de Amazon (Lo suficientemente basto para considerarlo adecuado y aumentando día a día) y la sencillez a la hora de comprar títulos. Por otro lado, el Kindle tiene un precio tan competitivo que si hay que achacarle algo es que debes esperar unos días para recibirlo en casa. Sin embargo, me parece una idea estupenda la posibilidad de disponer de los libros almacenados en el espacio que Amazon cede a su usuario de forma gratuita (5 gigabytes de almacenamiento) y poder disponer de ellos en cualquier momento y en cualquier soporte gracias a las aplicaciones para ordenador, iOS y Android disponibles.

El Kindle posee seis pulgadas de pantalla de tinta electrónica bajo un fondo gris que se quedan un poco justas en cuanto a su tamaña. Aunque la lectura no es incómoda, en situaciones de poca luz o contraluz, al no disponer de una pantalla retroiluminada la persona debe hacer un esfuerzo para tratar de mejorar la lectura buscando el foco de luz. Obviamente, en estas condiciones, el contraste que ofrece el libro impreso es superior, aunque existen rumores de que Amazon va a lanzar un nuevo Kindle con un fondo blanco. Su sistema operativo es un tanto lento a la hora de realizar operaciones de búsqueda, conectarse a una red Wifi o de navegación a través de la biblioteca. Sin embargo, la lectura, que es lo que realmente interesa al usuario, en estos dispositivos no es incómoda ni desagradable. Los refrescos de las páginas al avanzar o retroceder apenas son perceptibles mientras el ojo se traslada del final de una página al principio de la siguiente. Por otro lado, la inclusión del Diccionario de la RAE de serie y poder utilizarlo mientras se está leyendo le otorga un valor añadido al libro electrónico contra que el libro impreso no puede defenderse.

El libro electrónico sirve para la lectura continuada y lineal. Es perfecto para la lectura de novelas, ensayos, poesía, etc. Obviamente, no es un formato para la lectura o consulta de manuales u obras de referencia. En este caso, el libro impreso puede hacerle frente de momento, aunque no sería descartable que en un futuro la evolución de la tecnología encontrase una solución para estas deficiencias.

Debo decir que aquellos que leen más de un libro a la vez, por ejemplo, una novela y un ensayo, encontrarán al libro electrónico extremadamente interesante, ya que le cambio de un título a otro se realiza en segundos y siempre respetando la última página leída.

Aún leeré en papel. El periódico que no puedo extraerme esa mala costumbre y seguramente algún que otro libro porque los paseos entre estanterías suponen para mí un placer. Pero desde luego que la balanza está ya bastante inclinada. El futuro ya está aquí.

Un comentario

Incertidumbre

Si los años no empezasen en Enero, seguramente deberían hacerlo en Septiembre. Después de un largo descanso para algunos, de ciudades desiertas e inactividad general provocada por el tórrido verano; recuperamos la realidad más cruda apartada, puede con sabiduría, por la necesidad de oxigenar nuestras ideas. El proverbio chino Te deseo que vivas tiempos interesantes parece dar una vuelta de tuerca en nuestra sociedad interconectada y globalizada, cada paso del camino se hace más rápido que el anterior abocándonos sin remedio a la duda más absoluta.

Se nos ha insistido que el término Crisis no tiene porqué conjugarse como algo negativo, que la definición de Crisis está más entrelazada con el concepto del cambio. Puede que sea un punto de vista necesario tras tantos años de «cambios» que no nos han conducido hacia un horizonte más soleado. En mi caso, siempre me han considerado un pesimista. Desgraciadamente, por mi forma de ser, siempre he sentido la necesidad de comprender cómo funcionan las cosas, es decir, informarme para poder formarme una opinión del asunto a abordar. Un pesimista es un optimista informado, reitero y si se me permite.

En cada conversación, sobre todo lo demás, flota la amargura de la incertidumbre. «Lo peor es la incertidumbre» consideraron en una de esas charlas estivales. No existe un cruce de caminos cercano, un oasis en el mar de arena, una isla que nos salve de la inmensidad del naufragio… O al menos eso parece. Aquello que se nos aseguró como inmutable, cambia en su definición, aquello que parecía seguro parece escurrírsenos entre las manos, aquello que parecía expandirse hacia el futuro se contrae lentamente, ahogándonos. Puede que nos lamentemos por nuestra desgraciada suerte, que tras estos años de Pax Americana nuestra Sociedad se convierta en algo impensable hasta hace poco, el declinar definitivo de Occidente como garante del Estado del Bienestar. Sin embargo, la geopolítica siempre ha evolucionado cambiando los pesos de influencia, desarrollándose conflictos militares y económicos. Nuestros tiempos, los de mayores prosperidad repartida socialmente, parecen fundirse en negro para nuestro desconcierto.

La incertidumbre no tiene porqué estar engarzada con el miedo. Es de hecho el miedo el que nos provoca la zozobra, no la incertidumbre. La incertidumbre invita al cambio, el avance hacia adelante; el miedo por el contrario invita contraerse, plegarse en uno mismo. Y sin duda alguna los dos juntos el caos.

Este año promete ser apasionante informativamente por lo que no deberíamos perderle el ojo. Si Facebook se derrumba definitivamente, ¿dónde quedarán los gurús del social media? Si Apple gana a Samsung, con ya serias dudas del veredicto, ¿dónde quedará la innovación? Si las bibliotecas públicas se desangran, ¿dónde quedará el acceso a la cultura universal? Si la I+D desaparece de las inversiones del Gobierno, ¿dónde quedará el futuro? Estas incertidumbres se irán desvelando en el día a día de un año muy duro, pero a la vez que se presenta apasionante en demasiados frentes. Mucha suerte.

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