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Etiqueta: Empleo

La búsqueda de empleo para bibliotecario o documentalista en España

La búsqueda de empleo para los profesionales de la información no es sencilla teniendo presente el práctico desconocimiento que tiene la sociedad que tiene de nuestras funciones y posibilidades. Tanto es así que si acuden a los servicios de empleo de sus comunidades autónomas, en general, los funcionarios arquearán una ceja y les obsequiarán una sonrisa, mientras que sus terminales informáticos sólo ofrecen la posibilidad de encajar al Diplomado en Biblioteconomía o el Licenciado en Documentación bajo el epígrafe de «Artistas». Por otro lado, atendiendo a una de las principales salidas profesionales de los bibliotecarios, los profesionales rebuscarán en los distintos boletines oficiales rastreando las distintas convocatorias de becas y oposiciones para peregrinar, uno tras otro, a las diversas oficinas de registro de las administraciones pertinentes con los papeles acreditativos correspondientes para confiar en su suerte.

Las universidades son otras de las grandes «agencias» de las que disponen los profesionales de la información a la hora de buscar su primer empleo o el segundo, ya que sus unidades de prácticas comienzan a abrir el difícil camino laboral de sus estudiantes. Al mismo tiempo, los profesores universitarios se preocuparán del mercado laboral de esta franja de especialidad profesional para encontrarse que, aunque hay muchas ofertas, la calidad de este trabajo es bastante mala.

Una vez agotadas, estas posibilidades, ¿dónde poder informarse sistemáticamente de las ofertas laborales adecuadas a nuestros perfiles? ¿A quién acudir más allá del chivatazo de nuestras amistades que en ocasiones son providenciales? Fundamentalmente, son varias las vías para estar al tanto de las ofertas laborales, así que permitidme que os recoja algunas de las opciones en una lista introductoria no exhaustiva:

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Documentalistas, ¿equivocamos nuestra formación?

La precariedad laboral en el campo de la Biblioteconomía y la Documentación, nuestra invisibilidad profesional, el intrusismo, las corrientes más o menos tecnófilas o tecnófobas entre nuestras filas, el desconocimiento de nuestras posibilidades laborales en trabajos diferentes a los tradicionales… son temas que, como profesionales de la información, de tanto en tanto nos rondan por la cabeza.

Éstas y muchas otras reflexiones similares las hemos vertido en múltiples ocasiones en este blog, intentando ofrecer un panorama profesional lo más amplio posible. Enlazar cada una de ellas sería demasiado tedioso, pero baste recordar cualquier encuentro entre un par de bibliotecarios/documentalistas –ya sea en reuniones informales entre amigos, cuando coincidimos en oposiciones o eventos varios, o en muchos mensajes en IWETEL-, para evocar los temas de los que hablo.

El reencuentro con viejos compañeros de estudio, de trabajo, con amigos -y el conocimiento de otros nuevos-, que supuso nuestra asistencia al 3rd International LIS-EPI Meeting ha hecho que me replantee de nuevo muchos de estos temas. Y más aún tras la lectura del reciente post de Álvaro Cabezas, en el que se recogía la vertiginosa caída de alumnos en las titulaciones de Biblioteconomía y Documentación en las universidades españolas, me ha hecho pensar si después de todo los que queremos dedicarnos a la Documentación en su vertiente más tecnológica o menos tradicional, de plano, nos equivocamos al escoger esta carrera.

En dicho post y los posteriores comentarios se barajaban varias explicaciones para esta caída de estudiantes en Biblioteconomía y Documentación: la pareja caída de la biblioteca como fuente de información universal, el escaso interés por las carreras documentales, la mala orientación vocacional, la sobreoferta formativa universitaria… Pero en conclusión, creo que el problema deriva mayormente de la propia formación que se nos ofrece en estas titulaciones (la Diplomatura y la Licenciatura).

Claro está que no se puede hacer un saco común: cada universidad sigue un programa curricular distinto, y desde que finalicé mis estudios en ambas titulaciones -en las dos universidades que las imparten en Valencia- seguramente habrá cambiado mucho el plan de estudios; pero poco se asemejaba la formación que recibí, a las necesidades formativas reales que me he ido encontrando a lo largo de mi desarrollo profesional.

Reconozco que como seguramente la mayoría de los futuros estudiantes universitarios no asistí en su momento a ninguna reunión informativa sobre la titulación, ni miré el plan de estudios de la carrera que había escogido; aunque viniendo de un módulo profesional en Biblioteconomía y Documentación sabía más o menos con qué podía encontrarme. Y si mi objetivo se hubiera limitado a preparar una oposición a alguna biblioteca municipal o universitaria, como es el caso de muchos de mis compañeros -y creo que casi la única salida que son capaces de visionar los estudiantes primerizos-, la formación que se me ofreció podría considerarse suficiente. Pero, cuando alguna asignatura, algún profesor, algún conferenciante, te deja entrever el mundo que hay más allá de la catalogación y de las bibliotecas tradicionales, las nuevas puertas profesionales que puedes cruzar con la base fundamental de nuestra profesión, la gestión de la información, ¿cómo no explorarlas?

Pero la realidad laboral es la que entonces nos cierra esas mismas puertas: los titulados en Biblioteconomía y Documentación no somos bienvenidos para desempeñar tareas más tecnológicas. La tradición de nuestra profesión, la visión que la sociedad tiene del mundo bibliotecario, de su obsolescencia frente a Internet, resultan un lastre. Poco importa que nuestra marcada formación interdisciplinar pueda servir como punto de apoyo a muchos otros profesionales («Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo», Arquímedes); que nuestra capacitación para estructurar la información puedan completar, por ejemplo, la labor de un informático a la hora de crear o definir conceptualmente una base de datos, una Intranet, una página web; o que nuestra especialización en el campo de las búsquedas documentales pueda respaldar las labores de investigación científica, -sólo por poner algunos ejemplos que conozco.

Llegado a este punto, y volviendo al tema del estudio de Álvaro Cabezas, es cuando yo y otros (y perdón por el orden de los sujetos) nos planteamos si no hubiera sido mejor que estudiáramos otra carrera más tecnológica para trabajar en lo que nos gusta, en Documentación.

Quizá los nuevos estudiantes, más avispados que nosotros, hayan sabido ver que nuestro futuro laboral en este terreno no nos lo va a proporcionar una carrera como Biblioteconomía y Documentación. Consideran, al igual que la sociedad o que nuestros compañeros bibliotecarios más más tradicionales (y la redundancia es intencionada), que las nuevas tecnologías están alejadas de las bibliotecas y del anacronismo que transmiten.

Mucho se ha hablado de la muerte del libro y de las bibliotecas, no se trata de un tema nuevo. Así que, cuándo aprenderemos de una buena vez, cuándo aprenderán nuestros formadores, que tenemos que dar el salto de continente a contenido, de libros a información, de entidad física a virtual; que las nuevas tecnologías están ahí para ayudarnos y para quedarse y que no tenemos que temerlas.

Quizá la biblioteca 2.0 pueda lavar la cara a la imagen tradicionalista que arrastramos, pero mientras tanto esa imagen seguirá siendo un escollo en nuestra incursión en un mundo profesional más amplio y más tecnológico.

Más elucubraciones… en la próxima reunión.

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El empleo en Biblioteconomía y Documentación: Mucho y malo

Buscando trabajoRecuerdo que, hace unos años, la Universitat de València me llamó para realizarme una encuesta sobre el nivel de satisfacción que como alumno tenía tras mi finalización de los estudios de la Diplomatura en Biblioteconomía. Se trataba de una encuesta telefónica, así que armándome de paciencia, no me gusta rellenar encuestas, decidí contestar con toda la amabilidad que me fuese posible. De las preguntas que me realizaron, me acuerdo fundamentalmente de dos (La formulación es completamente inexacta aunque es su esencia): Cuál era mi grado de satisfacción respecto a lo estudiado y mi desempeño profesional, y si la Universitat me había ayudado para obtener mi primer empleo como titulado.

Teniendo en cuenta que cuando empecé mi andadura como documentalista los servicios que ofrecía la Universitat de València a través del ADEIT eran bastante escasos, mi respuesta fue que la Universitat no me había ayudado en nada a la hora de obtener mi trabajo. Y, respecto a la primera, teniendo presente que por entonces trabajaba en un periódico y los contenidos que se impartían en la Diplomatura de Biblioteconomía respecto a los medios de comunicación social eran ninguno, no me quedó otra que señalar que tampoco en nada.

La obtención de empleo es una de las máximas aspiraciones de todo universitario. De hecho, dentro de una carrera te encaminas hacia la especialización, aunque ya lo haces a la hora de escogerla, por tus preferencias pero también por la esperanza, así que la obtención de trabajo dentro de nuestro campo siempre nos ha resultado de interés y desgraciadamente un terreno abonado para la denuncia. Así, ya evidenciamos el hecho de que cuando llega la Navidad muchos becarios se ven abocados al paro ante el cese de sus contratos, mientras que los becarios también sufren retrasos en los pagos de sus nóminas por parte de las administraciones, además de que los contratados no aspiran a ganar más de mil euros pasando a engrosar las listas de los denominados mileuristas.

Pero estas percepciones se confirman cuando algún investigador se decida a realizar estudios sobre los estudiantes y los profesionales de la información. Recientemente, en el artículo, Desarrollo profesional y opinión sobre la formación recibida de los titulados universitarios en información y documentación de las universidades públicas de Madrid (2000-2005) se nos aportan elementos de valor sobre la situación del mercado laboral dentro del sector de la Biblioteconomía y Documentación a partir de una serie de encuestas (118) realizadas mediante correo electrónico a diplomados y licenciados en información y documentación de las universidades públicas de Madrid de las promociones egresadas
2000 y 2005.

El estudio es mucho más profundo que lo aquí se refleja y dispone de muchos más indicadores, sin embargo, escogemos estos porque nos parecen de interés siguiendo el criterio de publicación que hemos llevado desde un principio. En cualquier caso, los resultados de los estudiantes madrileños encuestados son descorazonadores:

  • Trabajan en el sector de la Biblioteconomía y Documentación. Es muy alto el porcentaje de personas que trabajan en este campo, el 79,5% (93) frente a un 20,3% (24) que no lo hacen.
  • Tiempo transcurrido hasta encontrar el primer empleo en biblioteconomía y documentación. Un 58,6% (68) lo encontró antes de terminar la titulación, un 12,9% (15) en menos de seis meses y un 9,5% (11) entre 6 meses y un año.
  • Nivel de responsabilidad. Los datos obtenidos señalan que un preocupante 44,4% (146) de los empleos obtenidos por los titulados que trabajan en información y documentación son de un nivel de auxiliar, inferior al que debe ocupar un titulado universitario. Como técnico encontramos un 35,6% (117), nivel que se asemejaría con una diplomatura, mientras que tan sólo hay un 13,7% (45) de nivel de técnico superior y un 6,4% (empleos) de nivel experto que se corresponderían con la licenciatura.
  • Tipo de relación contractual. La mala calidad del empleo obtenido, ya señalado por otras investigaciones6, queda patente: el 41,9% (139) eran becas y sólo un 11,7% (39) se materializó en contratos indefinidos.
  • Remuneración mensual (salario neto). Tendríamos un porcentaje del 73,1% de casos con una remuneración menor a los 900 €.
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¿Documentalistas científicos o científicos documentalistas?

Cómo la eterna discusión sobre qué fue antes si la gallina o el huevo, desde mi iniciación en la Biblioteconomía y Documentación he oído o leído más de una vez la eterna discusión sobre si es más eficaz un documentalista científico o un científico documentalista.

De todos es sabido que la formación de un bibliotecario/documentalista siempre ha sido multidisciplinar, aunque la titulación universitaria se enmarcara en un principio en el ámbito de las Ciencias Sociales y ahora en las Humanidades. Se nos suele considerar suficientemente formados para trabajar con eficacia en bibliotecas enfocadas al público en general, en las especializadas en disciplinas de estas dos áreas, así como en centros de documentación de los diversos medios de comunicación; pero a la hora de buscar un bibliotecario o documentalista que ejerza sus funciones en bibliotecas especializadas en Ciencias o más directamente en el ámbito científico -como apoyo a la investigación o la transferencia de tecnología-, la titulación en Biblioteconomía y Documentación no nos confiere precisamente ninguna ventaja.

Si miramos las ofertas de trabajo del ámbito científico en que podría encajar nuestro perfil documentalista -como expertos en recuperación y gestión de información-, nuestras posibilidades reales de ser seleccionados son ínfimas. La enumeración de requisitos suele incluir conocimientos sobre tareas tradicionamente documentales, a veces otras más "informáticas" como edición de páginas web o creación y gestión de bases de datos, así como la habitual exigencia de un alto nivel de inglés, que podremos superar dependiendo de la formación o experiencia de cada cual. Pero todo esto pasa a un segundo plano cuando de entrada no cumplimos el requisito primordial: poseer una licenciatura en Ciencias.

Reconozco mis limitaciones en campos como la Biología, la Química o las Ciencias de la Vida, que evidentemente coartarían el desempeño de mi trabajo como documentalista científica en estas áreas, pero ¿hasta qué punto es necesario un licenciado en estas titulaciones para realizar labores de documentalista? Y, ¿están éstos dispuestos a realizarlas?, porque entiendo que para un licenciado en Biología, por ejemplo, deben ser muy frustrantes tareas como catalogación e indización, búsquedas de información, gestión documental o cualquier otra similar, que cualquier documentalista realizaría alegremente. Pero, vistas las ofertas laborales, deduzco que sí están dispuestos.

Nadie vaya a creer que niego la importancia de una formación más que básica en el área científica concreta del centro de investigación, el conocimiento de su terminología y de los principios que la rigen; pero está claro que la precariedad laboral de nuestra profesión (como muchas otras), que nos lleva a pasar de una biblioteca médica, a una jurídica y luego a un centro de investigación especializado en Tecnología de Alimentos, por ejemplo, no nos permite especializarnos, ni se nos posibilita.

La otra cara de la moneda, en la que un licenciado en Ciencias ejerce funciones documentales, parece ser la opción más socorrida en este tipo de ofertas laborales. El no tener que formar al candidato en la disciplina científica concreta pesa sobre su mayor o menor capacidad como documentalista, que parece poder solventarse con cursos de apenas 20 horas. Además si, aplicando la economía del 2×1, a las tareas propiamente documentales se le añaden otras más científicas, como la redacción de informes científicos y técnicos, está claro que un conocimiento básico del tema no es suficiente.

Insisto. No niego la dificultad de trabajar en éstas áreas científicas y reconozco que es imprescindible adquirir unos conocimientos mínimos del tema, pero insisto igualmente en defender nuestras habilidades para desempeñar tareas para las que hemos sido especialmente formados.

No sé qué fue antes, si la gallina o el huevo, y tampoco si es más eficaz un documentalista científico o un científico documentalista; supongo que dependerá de cada puesto y cada profesional. Pero quizá la solución ideal sea, como en muchos otros casos, el trabajo en equipo entre documentalistas y científicos, en el que cada uno realice las funciones para las que mejor está preparado.

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La labor documentalista en el ámbito cientí­fico

Dentro de las diferentes salidas profesionales a las que podemos optar los titulados en Biblioteconomía y Documentación, la opción de documentalista es quizá la más desconocida. Aunque existen tareas comunes y paralelismos con el trabajo de un bibliotecario o de un archivero, gracias a nuestra formación, conocimientos y competencias, como documentalistas podemos llegar a realizar tareas completamente alejadas de las atribuidas tradicionalmente a nuestra profesión.

Este desconocimiento ha ocasionado que los profesionales de la información que hemos ido forjando nuestro camino como documentalistas tengamos que demostrar constantemente cuáles son nuestras capacidades, qué tareas somos capaces de desempeñar, cuál es nuestro valor en una empresa o institución pública. Pero no es fácil justificar nuestro puesto de una manera tangible y valorarla de forma cuantitativa, por lo que el departamento de documentación suele ofrecer una imagen de "saco sin fondo" a la hora de sopesar gastos y beneficios en la empresa: el resultado siempre es deficitario.

Es cierto que en determinados sectores los documentalistas llevan ya mucho tiempo desarrollando su labor, como en el caso de la documentación en los medios de comunicación; aunque la facilidad de acceso a la información que ofrece Internet y las nuevas tecnologías puede llevar a cuestionar su futuro. En otros ámbitos empresariales, en cambio, apenas estamos empezando a mostrar nuestro valor en el desempeño de trabajos tan variados como la gestión del conocimiento y la vigilancia tecnológica, o la participación en la creación y configuración de la intranet o la web corporativa, por poner unos pocos ejemplos.

En mi caso, mi trabajo como documentalista se ha venido desarrollado mayormente en el sector público, en el ámbito de la ciencia y la investigación, por lo que he podido comprobar motu propio -o al menos he alcanzado a vislumbrar-, las múltiples posibilidades laborales que este campo nos puede llegar a ofrecer.

Como en este blog nos gusta llamar la atención sobre nuestras oportunidades laborales como profesionales de la información, he querido aprovechar mi experiencia para facilitaros una pequeña muestra de las tareas que podemos realizar en el ámbito científico:

  • Vigilancia tecnológica (al igual que en el sector empresarial) del entorno competitivo de nuestro centro o grupo de investigación, para conocer los avances y proyectos que se están realizando en el mismo área, poder servirse de estos para impulsar los propios y no desperdiciar tiempo y esfuerzo en una replicación inútil.
  • Informar de las ayudas financieras que los organismos europeos, nacionales y autonómicos ofrecen a los grupos de investigación para la elaboración de proyectos o la contratación de personal científico o de apoyo.

  • Detectar (en parte, gracias a la vigilancia tecnológica) los posibles colaboradores para la elaboración de dichos proyectos de investigación.
  • Localizar y suministrar a los investigadores toda la información necesaria para el desarrollo de su trabajo investigador.
  • Realizar informes tecnológicos de patentes que puedan guardar relación con los resultados obtenidos por los investigadores de nuestro centro, como apoyo al servicio de transferencia de tecnología, y así poder determinar si los resultados son o no susceptibles de patentar.
  • Colaborar en el tratamiento de la información obtenida en la investigación para su publicación, en medios tanto científicos como divulgativos.
  • Identificar las revistas científicas más adecuadas para dicha publicación, por su gran visibilidad o su alto reconocimiento en la evaluación científica.
  • Hallar los socios necesarios para la comercialización del resultado de dichos proyectos.
  • Y finalmente -no relacionada directamente con el proceso investigador, pero sí en cierta medida con la concesión o no de ayudas a proyectos de investigación-, la evaluación científica mediante estudios bibliométricos.

Después de la enumeración precedente de quehaceres -que en ningún momento pretende ser exhaustiva-, podríamos tener la falsa impresión de que la participación de documentalistas en el ámbito de la investigación se considera casi imprescindible; pero, ¿cuántas ofertas laborales para documentalistas en el ámbito científico podemos encontrar? ¿Cuántas en centros tecnológicos? ¿Cuántas en proyectos de investigación?

La realidad nos muestra una vez más, que nuestro país vive un cierto desfase respecto a los países más avanzados en el uso de nuevas tecnologías de información y comunicación (y con los cuales nos queremos equiparar); y por ello, tal vez, nuestro modelo de investigación todavía no ha sido capaz de adaptarse al proceso informativo actual, en él que los documentalistas podemos ser una pieza más para la resolución de los rompecabezas de la Ciencia.

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Bibliotecarios, documentalistas y/o archiveros mileuristas

Eugenia Moreno está que trina y para demostrarlo tan sólo hay que leerse las dos cartas, completamente distintas, que durante este mes se han publicado en dos medios de comunicación impresos. Cartas que abordan la situación de los recién licenciados que se enfrentan al mercado laboral en el que mayoritariamente se oferta empleo en precario y que alguien acertadamente denominó mileurista (Cobrar 1000 € al mes).

Contratos en prácticas 

¿Hay alguna empresa interesada en tener a su servicio un ingeniero técnico de informática de sistemas para realizar tareas de administración de redes, desarrollo de software y aplicaciones, con conocimientos sobre Delphi, COM/DCOM, Activex, SQL Server y mantenimiento de redes, ocho horas al día, durante seis meses por 150 euros al mes? Pues esto, hoy en día, es posible. Concretamente en Valencia la UPV [Universidad Politécnica de Valencia] pone a disposición de sus alumnos 76 contratos en prácticas ofertados por diferentes empresas. Lo positivo: que habrá jóvenes, mantenidos por sus padres, que estarán recibiendo formación en su campo y cobrarán algún dinerito para cenar con los amigos y comprarse algo de ropa. Lo negativo: por un lado, que habrá muchos otros jóvenes, menos afortunados, que viven en pisos compartidos y trabajan como repartidores o camareros para sacarse una carrera, que jamás podrán realizar este tipo de prácticas, por muy formativas que sean, y seguir comiendo regularmente, y, por otro lado, la cantidad de puestos de trabajo potenciales que nunca verán la luz mientras puedan ser cubiertos de esta forma. Queremos equipararnos a Europa… allí esto les parece tercermundista.

Eugenia Moreno. Valencia. El País, 20 de julio de 2006

Consejos a los mileuristas

Casi-mileurista: joven titulado que cobra menos de 1000 euros al mes, sin casa, sin coche, sin hijos, sin contrato estable, sin ahorros… pero con impuestos. Así, tenemos el caso de una joven documentalista que cobra al mes 840 euros netos (pagas extra prorrateadas, por supuesto), es decir, unas 140.000 de las antiguas pesetas, a la que la declaración de la Renta le sale positiva por 665,87 euros, lo que significa que se queda con 11 sueldos al año. ¿La casi-mileurista se pregunta por qué? Hacienda responde: sencillo, ha trabajado para dos empresas distintas y consecutivas en un año, lo que conlleva que el mínimo para declarar se reduzca de 22.000 a 8.000 euros (menos de la mitad).

En nuestra situación no se tiene en cuenta que realmente has cobrado lo mismo que otro que no haya cambiado de empresa en el mismo año: tampoco se tiene en cuenta que uno de los empleos haya sido una beca de formación por la que no se cotiza, no se tiene derecho a paro, ni a vacaciones, ni a baja laboral o maternidad; desde luego, no se valora el hecho de que vivas alquilado en un piso de 50 metros, que no puedas abrir una cuenta vivienda (con la que sí desgravarías) porque sabes que no vas a poder realizar la compra en el plazo estipulado, ni vas a llegar a fin de mes; ni tampoco el hecho de que no puedas acceder al trabajo estable que se suponía te llevaba el estudiar una carrera (y que subiría el mínimo de declaración a 22.000 euros); nada de eso cuenta.

Y este, señores, es un ejemplo práctico de la situación de miles de jóvenes casi-mileuristas que habitamos este país.

Eugenia Moreno. Valencia. Diario Levante-EMV, 29 de julio de 2006

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En la carretera, otra vez

Año nuevo, vida nueva, según del cristal con el que se mire, claro. En realidad, el año acabó para muchos el viernes 30 de diciembre puesto que finalizaba el contrato (o simplemente del acuerdo sobre el puesto de trabajo) que venían disfrutando hasta entonces. En efecto, después de seis meses, un año o dos años, trabajando en una empresa o en una institución pública o privada, creando expectativas, demostrando, o tratando de demostrar su valía, uno podría considerar que es el momento de que se le supiese apreciar convenientemente y que, finalmente, pudiese quedarse definitivamente en el puesto de trabajo que hasta ahora desempeñaba y que creía que se había ganado con su esfuerzo. Pero la realidad es otra y después de este tiempo de máximos y mínimos, el trabajador ya no resulta rentable económicamente para la empresa / institución y, en general, muchas de ellas deciden retomar el ciclo con otro trabajador, empalmando contratos laborales a distintos trabajadores uno tras otro para un mismo puesto y una misma función.

No hay que llevarse a engaño, ya que los propios responsables animan a seguir trabajando con un cambio de situación con distintos argumentos de futuro, a saber, que si un contrato mejor, que si una beca, etc. Sencillamente, aunque pueden llegar a materializarse en honrosos casos, se trata de tretas para que el trabajador no desespere y se cree unas falsas expectativas. Algunos, los primerizos, confiarán en ellas, sin embargo los más veteranos, y creo que ya hay suficientes de estos, no verán futuro y, resignados, comenzarán a buscar un nuevo trabajo acaso mejor, conformándose con algo peor.

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