“Pasión lectora” de Clara Sánchez
La escritora Clara Sánchez obtuvo el pasado mes de octubre el Premio de Periodismo sobre Lectura que otorga la Fundación Germán Sánchez Ruipérez por un artículo aparecido en el diario El País el mes de agosto con el título Pasión Lectora. El texto es el siguiente:
La chica que va leyendo frente a mí en el metro sólo despega la vista de las páginas para comprobar por qué parada vamos, o para retener mejor alguna imagen, o darle vueltas a una frase que le ha impresionado. Tendrá unos 28 años y, seguramente, regrese del trabajo. Lleva el arreglo algo marchito de quienes salieron de casa hace 10 horas. Ha forrado el libro porque tal vez se lo han prestado y no quiere estropearlo, o puede que para ella sea un acto tan íntimo que prefiera proteger la identidad de la obra y el autor y, de paso, sus propios gustos. Precisamente, de gustos se trata. Hasta que una obra entra en los manuales de literatura primero tiene que pasar por el proceso del simple gustar, de atrapar a alguien que la va leyendo con el traqueteo del autobús o en un bar lleno de ruidos. Incluso andando por la calle, como hace con total naturalidad la protagonista de Una mujer soñadora, de Thomas Hardy, cuya versión real he visto, perpleja, más de una vez por aceras y pasos peatonales. Y es que a quien le gusta leer de verdad, lee por cuatro y encuentra la forma de hacerlo aun a riesgo de pegarse un buen tropezón.
Diccionario de las ideas recibidas
Los dos protagonistas, Bouvard y Pécuchet, llevados por su ingenuidad y su fe en las teorías que encierran los libros, deciden dedicar su vida a llevarlas a la práctica y, gracias a su nutrida y creciente biblioteca, estudian los diferentes temas que a lo largo de los años despiertan su interés: la agricultura, la química, la arqueología, la literatura, la religión, la educación…; pero acaban perdiéndose en el sin fin de contradicciones que reflejan estos libros y terminan cada experimento en el más rotundo fracaso.
Al igual que El Documentalista Enredado ha ido seleccionando algunas definiciones oficiales de la terminología específica de la profesión, la documentación, la biblioteconomía y la archivística; Bouvard y Pécuchet, ya desengañados de todo, también hicieron acopio de todos los conocimientos que habían asimilado en su “Diccionario de ideas recibidas” (doc. en PDF). De estos términos, transcribimos aquí sólo los más “bibliodocumentales” o relacionadas con la lectura y la escritura; para que sus axiomas nos ofrezcan una perspectiva distinta y, desde luego, mucho menos ortodoxa que la oficial.
Biblia. El libro más antiguo del mundo.
Biblioteca. Siempre hay que tener una en casa, sobre todo si se vive en el campo.
Clásicos (los). Se supone que hay que conocerlos.
¿No se lee en este país porque no se escribe, o no se escribe porque no se lee?
Carta a Andrés escrita desde las Batuecas por «El Pobrecito Hablador»
(Artículo enteramente nuestro)
«Rómpanse las cadenas que embarazan los progresos; repruébense los estorbos, quítense los grillos que se han fabricado de los yertos de los siglos…»
M. A. GÁNDARA. Apuntes sobre el bien y el mal de este país.
De las Batuecas este año que corre.
Andrés mío:
Yo pobrecito de mí, yo Bachiller, yo batueco, y natural por consiguiente de este inculto país, cuya rusticidad pasa por proverbio de boca en boca, de región en región, yo hablador, y careciendo de toda persona dotada de chispa de razón con quien poder dilucidar y ventilar las cuestiones que a mi embotado entendimiento se le ofrecen y le embarazan, y tú cortesano y discreto! ¡Qué de motivos, querido Andrés, para escribirte!
Ahí van, pues, esas mis incultas ideas, tales cuales son, mal o bien compaginadas, y derramándose a borbotones, como agua de cántaro mal tapado.
Esa breve dudilla se me ofrece por hoy, y nada más.
«¿No se lee en este país porque no se escribe, o no se escribe porque no se lee?»
Terrible y triste cosa me parece escribir lo que no ha de ser leído; empero más ardua empresa se me figura a mí, inocente que soy, leer lo que no se ha escrito.
Un mundo feliz: Ni libros, ni rosas
Una de las tradiciones relacionadas con los libros que más me gusta es la que se celebra en Cataluña con motivo de la festividad de Sant Jordi. Esta celebración, que coincide con el Día Internacional del Libro (23 de abril), consiste en regalar una rosa y un libro a las personas queridas. Al principio, se trataba de una fiesta de enamorados, en la que estos regalaban a su amada una rosa; y con el tiempo, ellas correspondieron regalándole a ellos un libro. Yo me quedo con la versión moderna, en la que las mujeres además de rosas recibimos libros.
Seguramente para algunos, regalar y recibir libros por Sant Jordi tiene sólo el valor de la tradición. Estos libros simplemente pasarán a ampliar una librería formada exclusivamente por los regalados en esta festividad y otros compromisos, y jamás serán leídos.
Desde luego, no a todo el mundo le gusta leer o siempre encuentra buenas excusas para no hacerlo, pero dudo mucho que el rechazo a los libros y a la lectura les haya sido condicionado desde la infancia, como a los personajes que Aldous Huxley describe en Un mundo feliz.
Inventario de obstáculos y otras excusas para no leer
Vivimos en una sociedad en la que el tiempo es un bien muy preciado: vamos deprisa al trabajo, a los estudios, a la compra, al dentista… Ajetreados todo el día y con poco margen para dedicar al ocio. Por eso, es frecuente que muchas personas justifiquen su falta de aprecio por los libros amparándose en la conocida excusa: “Yo querría leer, pero… ¡No tengo tiempo!”.
Ahora bien, reflexionemos un poco sobre la cuestión y planteémonos algunas preguntas. ¿Cuánto tiempo es necesario para leer? ¿Hablamos de horas, minutos, páginas? ¿Cuáles son los mejores momentos del día para dedicar a la lectura? ¿Dónde podemos sacar mejor provecho de un libro? ¿Podemos ir cada semana a leer a la biblioteca? De hecho, de tiempo sí que disponemos, pero debemos decidir a qué actividades se lo queremos dedicar. Leer relaja, nos permite estar con nosotros mismos, es un buen tema de conversación con los amigos o los hijos y, además, es una actividad de entretenimiento y una forma barata de conocer a otras personas, lugares y experiencias.
Recogida de firmas por la lectura
Aunque es un tema muy recurrente, muchos humoristas gráficos acuden al chiste, que no deberíamos considerar en ningún caso fácil, de que en España no se lee o se lee poco, por lo que no veo porqué no deberíamos incluir este chiste aparecido en la revista Magazine del 12 de febrero de este año del Mago Asín. Aunque dispone de cierto transfondo político sobre la recogida de firmas que está realizando el Partido Popular contra la aprobación de la Reforma del Estatuto de Cataluña, el personaje de Ortifus, del que ya recogimos otro chiste, acude en auxilio de aquellos que necesitan de su presencia con una mirada sarcástica.
En España, donde todo parece ser opinable, que nos agrada que nos ofrezcan todo bien masticado e incluso digerido, a veces olvidamos que debemos acudir a la fuente principal – al texto puro, aunque de vez en cuando un tanto duro para la mayoría de nosotros – para poder formarnos una opinión correcta de lo que se está tratando. La mirada de Ortifus es por lo tanto mordaz.
Forges y el IV Centenario de Don Quijote
El año pasado ha sido eminentemente, desde un punto de vista cultural, el de la celebración del IV Centenario de la publicación del libro Don Quijote de la Mancha que fue publicado por vez primera en 1605. Aunque este cuarto centenario ha tenido su eco en los medios de comunicación en mayor o menor medida, los humoristas gráficos también han tenido a lo largo del año algunos guiños hacia este aniversario. Nosotros hemos hecho el seguimiento a uno de ellos, en concreto a Forges que publica sus viñetas en el diario El País, que ha ido rindiendo su particular homenaje a la obra más importante de Miguel de Cervantes.
Forges, Gran Hermano y los libros
Aprovechando que hubo cierto movimiento biblioblogosférico en pro de cierta bibliotecaria metida en ese concurso de ¿éxito? llamado Gran Hermano, me parece correcto tomar partido del marco para recordaros sólo un chiste de Forges del 23 de abril de 2001 (Día del libro).
El “hábito” no hace al monje (o qué leemos y por qué)
Según la Encuesta de hábitos y prácticas culturales en España 2002-2003, los españoles, en una escala del 0 al 10, tienen una media de 5’7 de “interés por la lectura/literatura”. Ante este tipo de datos lo primero que me planteo es: ¿Qué quieren decir con “interés” por la lectura/literatura? A mí puede interesarme mucho la papiroflexia y no saber hacer ni un barquito de papel. Y, una media de interés de 5’7, ¿es un índice bueno o malo? Lo que sí deja claro todo ese cúmulo de datos, es que leemos más libros que hace unos años.
Para lo que no hace falta recurrir a encuestas o estadísticas, es para comprobar que nuestros gustos literarios han cambiado con los tiempos (The times they are a-changin’, como diría Bob Dylan). Seguramente existirán infinidad de factores para ese cambio, pero creo muy factible que el tiempo que dedicamos a la lectura y el lugar dónde leemos haya tenido mucho que ver. La aparición de nuevas formas de ocio nos han obligado a diversificar nuestro tiempo y la lectura ha sido relegada a un segundo plano, perdiendo la batalla frente a nuevos entretenimientos tecnológicos y audiovisuales. Quizá por eso, para muchos el único tiempo reservado a la lectura son los breves momentos en que no están “enganchados” a una pantalla: cuando van en metro.
Teniendo en cuenta el número de lectores que puede contemplarse en sus vagones, el metro se ha convertido en el último reducto de la cultura; y así parecen entenderlo también los que crean iniciativas como la del Bibliometro de Madrid. Para saber qué es lo más leído, ya no es necesario consultar las listas oficiales de libros más vendidos, basta con darse una vuelta por el metro (ese gran barómetro literario) y comprobar qué leen sus pasajeros.
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Robotman: El valor de la crítica
A la hora de escoger nuestra próxima lectura nos enfrentamos con innumerables opciones literarias. Nuestros gustos acotan en gran medida nuestra elección, pero aún así, la oferta es tan amplia (y la vida tan corta) que necesitamos un punto de referencia, algo o alguien que nos oriente.
Conozco gente que elige sus lecturas siguiendo la estela de los premios literarios que, en teoría, deberían ser una garantía de calidad, ya que quienes los otorgan son eruditos y escritores de renombre. Pero, en vista de los recientes acontecimientos que se produjeron en la entrega de los Premios Planeta de este año, en los que los propios miembros del jurado reprocharon tanto a la ganadora, Maria de la Pau Janer, como al resto de los candidatos, la “insuficiente calidad literaria” de sus novelas; hace que tengamos que plantearnos el verdadero valor de este tipo de premios.
En el caso de los Premios Planeta, al ser otorgado por una editorial, podemos alegar que se trata de un premio puramente comercial, en el que priman las ventas por encima de la calidad; pero éste no es el único caso de un premio literario con polémica.
Apenas unos días antes, un miembro de la reputada academia sueca de los Premios Nobel de Literatura, abandonaba ésta por considerar que, con la concesión el año anterior de uno de estos premios a la escritora austriaca Elfriede Jelinek, su valor se había desvirtuado .
Si no podemos confiar en los premios literarios para evaluar el valor de una obra, ¿cuál puede ser nuestro referente? ¿la lista de best-seller?
Siempre he considerado que, el hecho de que un libro sea leído por todos es una prueba más de la capacidad comercial y publicitaria de su distribuidor y de las modas, que de la calidad del mismo. Evidentemente, no podemos meter todos los best-seller en el mismo saco: los hay que han demostrado con creces su calidad y consiguen, año tras año, un número considerable de lectores y adeptos. A mí personalmente, en este tipo de libros “que hay que leer porque todo el mundo lo hace”, me gusta esperar a que el tiempo cribe los que realmente valen la pena.
Está claro que, visto lo visto, tanto los premios como las listas de superventas apenas pueden orientarnos. Así que, además de dejar nuestra elección al azar, sólo nos queda la opción de recurrir a la recomendación de un buen amigo cuyos gustos literarios se asemejen a los nuestros, o por contra, cuyos gustos sean completamente opuestos y nos ayuden a descartar los libros que a él le gustan. O también, a falta de un buen amigo, recurrir como Robotman a los críticos, siguiendo el mismo criterio.
En cualquier caso, buena suerte.
El Mago Fedor: Curso de lectura rápida
Los tiempos cambian y ya pasó la época de las lecturas reposadas frente a la chimenea. Ahora, la innumerable oferta de ocio que nos envuelve, compite con nuestro tiempo de lectura y, teniendo en cuenta que muchos no son capaces de fijar su atención en algo más largo que la etiqueta del champú cuando van al baño; los entretenimientos audiovisuales (televisión, juegos multimedia…) tienen todos los números para ganar.
Pero que no cunda el pánico. Hay quien ha encontrado la solución perfecta a nuestra escasez de dedicación a la lectura: los cursos de lectura rápida. En los que, si es cierto lo que algunos prometen, podemos “conseguir mejorar en velocidad y comprensión lectora para poder tratar la información de manera más eficaz y rápida”.
Y yo me pregunto: ¿Qué tiene que ver la velocidad con el tocino? Siempre me había parecido que leyendo demasiado deprisa reducía mi capacidad de comprensión o de asimilación del contenido. Pero al parecer yo estaba completamente equivocada ya que, como otro de estos cursos pregona, la propia ONU recomienda leer y comprender 400 palabras por minuto, siendo la media de lectura normal de 240-300 palabras.
No conozco mi media de lectura en palabras por minuto, ni me preocupa especialmente, por lo que dudo mucho que en un futuro cercano realice alguno de estos cursos por mucho que lo diga la ONU (como si aún alguien a estas alturas hiciera caso de lo que dice). De momento, me quedo con dos argumentos de peso para no realizar un curso de lectura rápida: la frase de Woody Allen “Tomé un curso de lectura rápida y fui capaz de leerme ‘Guerra y paz’ en veinte minutos. Creo que decía algo de Rusia”; y la del prisionero del Mago Fedor…
Umberto Eco y el futuro del libro
El escritor e intelectual Umberto Eco realizó una conferencia en Valencia como motivo de los actos que se encuadraban dentro de los actos de lo que se denominó Valencia, Capital del III Milenio (Una especie de Forum como el de Barcelona pero sin movimientos inmobiliarios de por medio) el jueves, 23 de enero de 1997. Desde luego que, en un acto magistral como el que se debió de desarrollar entonces, no debieron faltar las frases correosas del italiano, sin embargo los medios de comunicación se quedaron con ésta y fue la que destacaron: Si los chinos usan papel higiénico, no bastarán todos los bosques. Aunque no creo que le falte verdad, hubiese preferido que la anécdota hubiese sido cualquier otra relacionada con más altas tareas.
En cualquier caso, no debió de salir muy satisfecho de aquellos actos puesto que posteriormente, algunos meses más tarde, dejó esta lindeza: Estoy expuesto a millares de imbéciles que organizan congresos sobre el tercer milenio. El milenio ha terminado, ya que Jesucristo nació en el año 6 antes de Cristo. Pero a lo que a nosotros nos interesa realmente de aquello, y es lo que destacamos hoy, es que Eco tuvo tiempo en su conferencia para referirse al futuro del libro, ideas que ya ha plasmado en otros textos.
[...]
- ¿Qué nos espera para el próximo milenio?
- Un intelectual digno de ese nombre no debe hacer profecías, o será un falso profeta. Puedo decir que continuará la desforestación del Amazonas, y como los chinos acaban de descubrir el uso de papel higiénico, si se generaliza, todos los bosques del mundo no satisfarán sus necesidades.
- ¿Se va a producir la muerte del libro?
- El libro no ha muerto. Es el instrumento mas fácil, manejable y ergonómico para transportar información. Los libros continuarán con su función. Distinguiendo entre libro para leer y consultar. Las enciclopedias desaparecerán y se verterán en disquetes. Se leerán libros de poesía, novela, filosofía.
¿Los editores hablan y los bibliotecarios callan?
Durante el 21º Encuentro sobre la Edición, los editores aportaron algunas cifras que colocaban a España dentro de una situación bastante deficiente en cuanto inversión en bibliotecas públicas respecto a la Unión Europea. Los datos que se aportaron durante la jornada sirvieron para comenzar el debate tanto en la lista de distribución de Iwetel como en la blogosfera. Desgraciadamente, los comentarios devinieron a críticas directas respecto ciertas actuaciones de las asociaciones profesionales de Biblioteconomía y Documentación que no era objeto principal del debate que fue atajado de raíz tan pronto como las direcciones de las asociaciones aludidas replicaron.
En cualquier caso, si por una vez que en los medios de comunicación (y tan sólo en unos pocos) aparece reflejado el lastimoso estado en que se encuentran las distintas bibliotecas de este país comenzamos a afilar los cuchillos para buscar responsables entre nosotros, es bastante improbable, por no decir imposible, que avancemos un tanto para la solución de este problema. No debemos olvidar que la falta de inversiones desde las distintas administraciones tiene un problema de base que casi lo justifica y que se inicia desde la falta de lectores en España. Obviamente, sin demanda no parece necesaria la destinación de recursos, puesto que es algo que no es reclamado desde la sociedad. Desgraciadamente, para este país es más importante un campo de golf en un pueblo que una biblioteca municipal decente, pero este es un hecho que cada vez se vuelve más real.
Los principales hechos que los editores denunciaron durante su encuentro fueron:








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