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Etiqueta: Obsolescencia

Un libro nunca se debe tirar a la basura

'Would you know how to repair this old book?'

Por extraño que pueda parecer, existe cierto pudor cuando vemos un libro en un cubo de la basura. Incluso si se tratase de la memoria anual de una empresa, lo que puede resultar lo más soporífero del mundo y que desde luego no despertará nuestro interés, tan sólo su visión nos produce un cierto halo de tristeza. Sorprendentemente, el libro, esas hojas encoladas o cosidas, todavía representa el máximo símbolo cultural y aún hoy recibe nuestros máximos respetos.

Es probable que sea una herencia de la posguerra, al menos en España, cuando de todo faltaba y cuando la educación era completamente necesaria para salir adelante. Por supuesto que el libro como objeto albergaba todo lo bueno de ese futuro brillante que nos prometía salir de un pasado negro de hambre y de autarquía. El libro representa una victoria frente a la pobreza y el respeto que se le tiene se extiende a muchos niveles.

Cuando leemos, abandonar un libro ya comenzado, a pesar del tedio que nos pueda provocar, nos enfrenta a una derrota intelectual. No poder superar lo que otros ya batieron y que nosotros desarmados no podemos salvar. Siempre intenté acabar todos los libros que empecé, sin embargo algunos acabaron con mi paciencia por la estulticia de sus personajes, los tropezones continuos en las mismas piedras que, posteriormente, la vida me pondría a mí.

Pero nunca he tirado un libro a la basura. Algunos libros los he encontrado insignificantes para mí, que no merecen el espacio que ocupan y he intentado encontrarles otro acomodo. Los liberé a través de bookcrossing confiando que sus futuros lectores disfrutarían mucho más que yo con ellos. Pero nunca los he tirado, ni los he llevado a la biblioteca consciente de que es un centro que debe gestionarse convenientemente. No todos los libros tienen cabida en sus cuatro paredes puesto que todo espacio es limitado y tiene un coste. Todo libro que se deposite en ellas podría impedir que otros materiales más valiosos y necesarios las ocupasen. Por otro lado, tampoco es necesario tener a las bibliotecas llenas de desechos que nadie quiso. No se trata de convertirlas en unos vertederos culturales donde llevamos lo que ya no queremos y que por vergüenza no queremos tirar. No, las bibliotecas no tienen esa función.

Pero el libro como objeto todavía es intocable. Máximo representante del conocimiento humano y todavía venerado y respetado a pesar de sus contrapartidas digitales. Que, sinceramente, me resultan mucho más aburridas e insulsas porque dentro de ellas todos los libros pesan lo mismo, tienen el mismo tipo de letra, el mismo color de las páginas y el mismo olor. Ese tipo de libros de plástico y silicio poseen sus propias ventajas pero cuando los contemplemos en la lejanía, en algún contenedor para su reciclaje, pensaremos que se trata de un trasto tecnológico obsoleto que merece pasar a mejor vida. Algo que no consideraríamos con el viejo libro de papel.

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La distopía imposible de “Farhenheit 451”

El fin del libro como objeto físico, reconocible y universal parece acelerarse. Añadiendo a la crisis profunda del modelo de negocio de la Prensa, las enciclopedias, banderas de la Ilustración, desaparecen de las imprentas, mientras que el libro electrónico va apartando lentamente al libro tradicional de las grandes centros de lectura universales como son los vagones de metro. La Enciclopaedia Britannica sobrevivió al envite de la Enciclopedia Encarta con la llegada del CD-Rom y el DVD, pero poco a tenido que hacer con el gran depósito del conocimiento que es Internet en su globalidad y la Wikipedia en particular.

Sin embargo, la Britannica, de la que se cuenta que Jorge Luis Borges fue capaz de leerla de la A a la Z y aquellos que trataron de emularlo se quedaron a medias, ha sido capaz de adaptarse a los usos del hipertexto, reconvertirse y, aunque sus grandes libros quedarán como otrora dinosaurios del mundo analógico cogiendo polvo en los anaqueles de las más variadas bibliotecas, sobrevivirá convencida de que su valor añadido no podrá ser nunca superado. Veremos.

Mientras tanto el terremoto que ha supuesto el desembarco de Amazon en el comercio electrónico en España, provoca que el sector editorial deba desperezarse asustado porque el queso se lo lleve el gigante norteamericano. Su política de convertir la adquisición de un libro electrónico en una tortura, fracasa cuando el Kindle parece funcionar bien en España. Además, el hecho que el precio del libro en este país casi se encuentre casi congelado (No se puede ofrecer un descuento mayor del 5%), no supone mayor barrera para la superación en el mercado de un producto que comienza a languidecer. El papel, ese producto que ha servido para transmitir la información durante tantos años, dispone de duros competidores transformados en tabletas, móviles y ebooks.

No me sorprendería que dentro de unos años aquellos jóvenes que se acerquen a “Farhenheit 451” , uno de mis libros distópicos favoritos, no alcancen a entender el simbolismo del libro como objeto transmisor del conocimiento. El sacrilegio que actualmente supone su quema y su desprecio. Sin embargo, no deberíamos sorprendernos de ello. Hoy en día, no es difícil encontrarnos con muy jóvenes que no entienden porqué el icono “Guardar” se representa por un Diskette (o Floppy Disk), objeto que no conocen; así como algunos se sorprendan de que sus padres lean ese objeto llamado “periódico”. Ray Bradbury no pudo imaginar un mundo sin libros físicos, es bastante probable que las futuras generaciones se sorprendan de que alguien se alarme de la quema de un objeto tan limitado y desconectado.

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Enciclopedia Prospectiva

Cuando en la pasada Feria del Libro Antiguo y de Ocasión de Valencia veía los libros de estudio de nuestros padres y abuelos que, en una sola obra enciclopédica, abarcaban todo lo que los escolares de la época debían conocer, me sonreía pensando en los múltiples libros para cada asignatura que llevan los estudiantes de hoy en día. Y eso limitándonos tan sólo al conocimiento accesible a los niños…

El conocimiento humano se ha expandido hasta límites insospechados para los estudiosos de hace apenas un siglo, y ya entonces era imposible concebir una obra que abarcara dicho conocimiento con la celeridad con que se producía y modificaba. Aunque la enciclopedia siempre lo ha pretendido: es el libro de los libros, la obra que comprime lo esencial de los conocimientos de cada época, el referente definitivo de los saberes fijados.

Con dicha pretensión, a lo largo de los siglos la enciclopedia ha ido variando su forma y estructura según iba aumentando la información que contenía: primero siguiendo una estructura temática según el árbol de la sabiduría de cada momento, que también variaba; luego, tras la aparición de la imprenta y el crecimiento desmesurado del saber, el modelo temático -que además pecaba de subjetivo- se convirtió en inmanejable y surgió un nuevo modelo basado en el orden alfabético.

Pero en la Era de la Imprenta, cualquier enciclopedia, desde el momento de su gestación a su publicación, queda desfasada. Después de completar tomos y tomos de sabiduría de la A a la Z, es necesario ampliar o modificar la información que recoge con nuevos suplementos año tras año. Estos añadidos dificultan la localización de la información que queremos y la ayuda de índices -también añadidos con cada nuevo volumen- no consigue paliar ese caos informativo que se genera. Además hay que sumar el coste económico que implica la producción editorial, que requiere largos ciclos de fabricación y comercialización.

Al entrar en la Era de la Informática y de Internet nacen las enciclopedias en línea y con el nuevo formato también evoluciona su contenido, su estructura y su manejo: la información ya no sólo es textual o imágenes, sino que cada concepto puede ir acompañado de su sonido o incluso podemos ver el desarrollo de un proceso gracias a la tecnología multimedia; en las enciclopedias en línea, los conceptos se relacionan temáticamente a través de hiperenlaces, al igual que las referencias cruzadas relacionaban las voces de las enciclopedias impresas, pero éstos se localizan a través de buscadores, en vez de índices alfabéticos. Finalmente, desde el punto de vista económico, los procesos de realización, publicación e, incluso, actualización de cualquier obra se agilizan, ya que podemos obviar los tiempos de impresión publicando directamente en formato digital.

Pero a pesar de la celeridad que aporta este nuevo sistema de publicación, aún así, el tiempo se nos echa encima y la elaboración de una entrada enciclopédica sobre un descubrimiento que se realiza hoy necesita un tiempo de reflexión, de consenso, que revele su importancia y valor para pasar a la posteridad recogido en una enciclopedia. Es decir, cualquier enciclopedia nace obsoleta.

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Hay, entre todas tus memorias, una que se ha perdido irreparablemente

Recuerdo perfectamente que, cuando era niño, a mis hermanas y a mí nos encantaba grabar nuestras voces a modo de juego para inmediatamente después oírnos y echar unas risas. Como sabéis, los juegos de niños no están planificados, son espontáneos y caóticos por lo que aquella cinta, curiosamente sólo jugábamos con una y sólo con esa, disponía de distintos cortes apilados uno tras otro que nunca llegaban a estar completos, pero que escuchados ahora los consideraría maravillosos.

Aquellas vocecitas, que no reconoceríamos como propias, se han perdido irreparablemente; primero porque no sé dónde se halla la cinta y segundo porque no sabría cómo volcar aquella información a un formato más manejable en el siglo XXI. Es obvio que la digitalización del audio sería una de las principales opciones, aunque debo de aclararos que primero debería hallar el documento original, la cinta de cassette.

Es cierto, es una torpeza mía, sí, pero a veces los documentos antiguos se dejan en un cajón a esperar mejores tiempos y de tanto esperar se acaban extraviando. Me sucedió a mí, un documentalista despistado, y le sucedió de una forma más pecaminosa a la NASA cuando admitió que las cintas del primer alunizaje se habían perdido, aunque ante tal revuelo finalmente algunas se encontraron. En cualquier caso, tampoco deberían sorprendernos estos desaguisados de la NASA, si son capaces de enviar a sus astronautas al espacio con tecnología de los años 80, mientras se vuelven locos para localizar esa tecnología obsoleta para poder seguir haciéndolo.

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Las cosas han cambiado

People are crazy and times are strange
I’m locked in tight, I’m out of range
I used to care, but things have changed

Things have changed de Bob Dylan

 Creo que tengo la constatación de que me hago viejo poco a poco. Para demostrarlo, sólo tengo que ofreceros una idea: Si el lanzamiento del nuevo Windows Vista, que se supone que se realizará a finales de año, se hubiese producido hace dos años automáticamente me hubiese puesto a salivar cual perro de Pavlov. O puede que mucho peor, tal y como cuentan en Informática para no especialistas, me hubiese bajado la versión beta, y además de instalado, hubiese estropeado el ordenador como en los mejores tiempos. Pero, hoy por hoy, ante el nuevo Windows tan sólo siento cierta indiferencia.

No voy a negar que, por supuesto, el que tuvo retuvo y no huyo de los pantallazos que se van publicando en distintos blogs y los adelantos que realizan los medios de comunicación que tratan de mostrar una idea de lo que nos deparará el nuevo sistema operativo. Sin embargo, mi interés es casi nulo y aunque podría aducir que tal vez se deba a que soy consciente de que no podría instalar ese sistema en mi ordenador sin la necesidad de tener que comprarme uno nuevo, lo curioso es que en otro tiempo, hubiese pensado: Si hay que comprarlo se compra. En fin, creo que le he cogido cariño al que tengo (A pesar de que la letra A amenaza con borrarse completamente) y no pienso abandonarlo hasta que no se caiga a trozos (Él nunca lo haría).

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Sobre la obsolescencia de los formatos

Antonio y Julia grabaron las travesuras de su bebé, hace dos décadas, con una Betamax. Hace años que este tipo de vídeos no está en el mercado y el suyo acabó muriéndose. Fueron a un establecimiento especializado para que les copiasen aquellas escenas hogareñas en un DVD. En Videoinstan, en Barcelona, lo hacen, como en tantos otros lugares. Trasladar dos horas de cinta a un soporte digital vigente que los rescate de su sepultura tecnológica cuesta 18 euros. Aurora Depares, responsable del local, recuerda que en 2001 apenas había tres estanterías con DVD. Hoy, cerca del 80% de la oferta está sobre DVD. "Los cambios de formatos son un engorro para el consumidor, pero mejoran la calidad de la imagen y permiten a la industria abrir otro mercado sobre los mismos títulos".

Éste es un ejemplo doméstico de obsolescencia tecnológica. Un fenómeno maliciosamente programado por la industria, dicen unos. Una consecuencia de la marcha de los tiempos, argumentan otros.

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