El Documentalista Enredado

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Se abre la veda contra Google

Escribíamos hace unos días sobre los distintos frentes que a la compañía de Mountain View tenía abiertos en sus diversas áreas de su negocio. La semana pasada, el diario El País en su suplemento dominical Negocios dedicaba una serie de reportajes a estos mismos problemas que nosotros citábamos. Por su mayor profundidad, os recomiendo que les echéis un vistazo, aunque no citan la famosa Tasa Google que quiere implementar Francia y que, en España, parece despejarse hacia la neutralidad red.

Usos y abusos de las Creative Commons

Oratio publicata, res libera est (Lo publicado pertenece a todos), una certeza y la firma que suelo usar cada vez que envío un correo electrónico. Sin embargo, puede que no sea del todo correcto.

Hace ya un tiempo, recogimos aquí que algunos de nuestros contenidos estaban siendo volcados en un portal sobre e-learning, esto nos pareció curioso – ¿realmente lo merecían? -, aunque es cierto que un poco escandaloso debido al volumen de los textos que estaban siendo depositados allí, así como por su cantidad.

Antes que nada, debemos señalar que gracias a la licencia de uso que utilizamos en este sitio web, permitimos:

  • Copiar, distribuir y comunicar públicamente la obra.

  • Hacer obras derivadas.

Aunque también ponemos una serie de restricciones como:

  • Reconocimiento. Debe reconocer los créditos de la obra de la manera especificada por el autor o el licenciador. 

  • No comercial. No puede utilizar esta obra para fines comerciales. 

  • Compartir bajo la misma licencia. Si altera o transforma esta obra, o genera una obra derivada, sólo puede distribuir la obra generada bajo una licencia idéntica a ésta.

  • Al reutilizar o distribuir la obra, tiene que dejar bien claro los términos de la licencia de esta obra.

Sobre nuestro caso, poco más podemos añadir salvo lo dicho en su momento, sin embargo otros bloguers que han sufrido en sus carnes lo que nosotros, nos propusieron batallar contra el portal como ellos hicieron previamente por sentirse agraviados por el uso que se estaba haciendo de sus contenidos desde ese sitio web. Finalmente, por nuestra parte, consideramos no actuar porque nunca se sabe cuándo esta bitácora va a ser engullida por el tiempo, además de que no nos parecía pertinente en ese momento.

Desde el convenio de Berna, de 9 de septiembre de 1886,  para la protección de las obras literarias y artísticas, en el que se detentaba todo el derecho de explotación de una obra al autor, mucho ha llovido. Los editores han ido ganando terreno sobre la ostentación de derechos de autor sobre las posibilidades de creación y distribución de una obra hasta llegar al momento actual en el que casi pueden diseccionarla en pedacitos. Pero la contrapartida es que hoy en día, gracias a las nuevas tecnologías, los creadores se convierten también en editores, pudiendo distribuir sus obras a coste cero y en ocasiones sin ser ellos mismos los que costeen el gasto que esto siempre supone.

Pero la superabundancia de contenidos en la Red, además de hacer tambalear antiguas industrias culturales como la discográfica, también está suponiendo verdaderos quebraderos de cabeza a los autores. Las Creative Commons son unas licencias que los internautas pueden utilizar para la distribución de contenidos fijando una serie de condiciones sencillas de entender, pero no siempre son fáciles de seguir.

Así tenemos medios de comunicación que no tienen reparos a la hora de publicar fotografías que han encontrado en la Red, pero tampoco los tienen otras compañías con modelos de negocio completamente distintos con fines publicitarios. Por supuesto, que en otras partes del globo también utilizan fotos sacadas de Flickr, y no nos cansaríamos de poner ejemplos.

Pero a la controversia generada, debemos añadir un escalafón más. Actualmente, en la Red se está debatiendo sobre el derecho de la imagen y de autoría de las fotografías. Que a alguien le hagan una foto, la publiquen en Flickr, que el autor permita su uso comercial, y que posteriormente sea utilizada en una campaña puede llegar a no ser correcto. ¿Podría la persona retratada denunciar al autor de la instantánea y la empresa anunciante/anunciada por violar su privacidad? El hecho es que se está generando todo un debate sobre el uso de las licencias Creative Commons, sobre el derecho de imagen y de autoría y que, desde luego, es apasionante.

Las patentes submarinas

Una patente submarina es una patente que permanece escondida durante años en la oficina de patentes y sale a la luz después de que una técnica determinada se ha convertido en práctica común. Esto puede reportar un gran beneficio económico para el propietario de la patente, haciendo que a menudo sea deseable demorar el trámite de la solicitud de patente en la oficina de patentes.

Via: Institute for Prospective Technological Studies (IPTS)

El artículo Overcoming net disease: The risks in depending solely on the internet for competitive intelligence research intenta ilustrar de la necesidad de acudir a otras fuentes que no sean Internet y, por ende, Google o más recientemente la Wikipedia como fuente única de información. Aunque el texto está enfocado hacia la Inteligencia Competitiva, un término que debería a estas alturas ser familiar a todos los documentalistas, es una ilustración perfecta de que todo ni tiene que ser gratuito ni necesariamente encontrarse disponible en Internet. De hecho, la Red, a pesar de ser una fuente inagotable de la información, jamás contendrá toda la información relevante que podríamos llegar a necesitar, ni la que pudiésemos considerar.

Otro de los problemas que nos plantea la Red, es la fiabilidad de la información publicada. La consideración de una fuente de información en Internet como verídica, no es tarea sencilla y en muchas ocasiones tomada a la ligera por la mayoría de los internautas. El ciberplagio, la toma de informaciones como propias de fuentes extraídas de la Red sin cita, es algo que ya sobrepasa los niveles académicos universitarios, qué decir de niveles inferiores, y/o de la investigación. Los profesores podrán hacer la vista gorda ante sus intrépidos alumnos que les tratan de colar un trabajo extraído de, por ejemplo, El Rincón del Vago, pero es un aviso para navegantes el indicar que las habilidades tecnológicas y de recuperación de la información de los maestros en la Red es superior a la que tenían hace tan sólo cinco años.

Más fácil -en lo de nos ser descubiertos- lo tienen aquellos que dispongan y entreguen sus trabajos de investigación por encargo, como si el conocimiento se pudiese comprar y no fuese fruto del trabajo constante y la ilusión e interés por una materia, aunque errarán el tiro. Acabarán engañados en su propia inopia al tratar de obtener cierto título para descubrir posteriormente que, esta vez, lo comprado en Internet no les es útil en determinados ámbitos ni ante determinadas situaciones. Como se anuncia actualmente en España, hoy en día, a la vida no se viene con un traductor [de inglés] bajo el brazo.

La información y el conocimiento se han convertido en algo que es accesible y sencillo de utilizar, cualquiera puede consumirlos y disponer de ellos. Sin embargo, la información de calidad se sigue publicando principalmente en papel de acuerdo con ciertos criterios editoriales. La información que realmente necesitamos para la toma de decisiones a veces no se encuentra ni impresa ni en prensa, debemos buscarla y generarla. Se halla en la revista que no se vuelca en la Red, en libros colocados en estanterías esperando que alguien los desempolve, en mentes que trabajosamente estudian a lo largo de los años para desembocar un trabajo final en una tesis o un artículo científico o incluso en las empresas.

La enfermedad Red es un defecto de la sociedad tecnológica actual saltando desde lo analógico sin tener en cuenta la disrupción y el error que esto provoca. El conocimiento acumulado anterior no puede ser trasladado inmediatamente a una caja de texto en la pantalla de bienvenida de un buscador. Mientras que la conjugación masiva Ctrl+C-Ctrl+V con lo hallado en la Red debería ser lo último que tendríamos que realizar como estudiantes, profesionales o investigadores. A pesar de que, por supuesto, no negaré la mayor de que la tentación siempre estará ahí. Por los siglos de los siglos.

Leí hace tiempo el libro  Freakonomics y lo cierto es que no me pareció que hubiese gran cosa que reseñar de él. Es cierto que era curioso cómo las pequeñas cosas se entrelazan para derivar en otras, cómo se instauran sistemas ecológicos de distribución de riqueza y otros asuntos, pero definitivamente el libro no me convenció como tal y lamenté su compra. Siendo un poco más específico sobre su temática, en él se trataba de dar una vuelta de tuerca a asuntos mundanos para comprobar cómo habían evolucionado hacia una situación de equilibrio, a veces injusta, como por ejemplo la estructura económica del mercadeo de droga, y hoy me llega una noticia que me retrotrae a aquella lectura.

Vía Menéame, descubrimos que en el blog de Freakonomics publican un texto interesante para los profesionales de la información: If Public Libraries Didn’t Exist, Could You Start One Today? El asunto tiene miga puesto que trata de contraponer los beneficios editoriales frente a los beneficios sociales y culturales que desarrollan las bibliotecas. Algo que en la Unión Europea, gracias a la última Ley de Lectura, Libro y Bibliotecas que estableció el canon por préstamo de las bibliotecas, tienen bastante claro:

El Canon por préstamo bibliotecario se fija en 0,20 euros por libro y se introduce en la Ley en aplicación de una sentencia del Tribunal de Justicia Europeo que obliga a España a cumplir la directiva europea correspondiente. En caso de incumplimiento, la sanción sería de 300.000 euros diarios. La regulación del canon, cuyos detalles se especificarán en un real decreto posterior, afectará a todas las bibliotecas públicas de municipios de más de cinco mil habitantes y será asumido por el Ministerio de Cultura y las Comunidades Autónomas, en un porcentaje a convenir.

Es curioso cómo los autores norteamericanos de la bitácora de Freakonomics reflexionan sobre la afección que podría tener la implantación de un impuesto en el préstamo de los libros en las bibliotecas de Estados Unidos (Que levante la mano quien odie las bibliotecas). Desarrollan su argumentación, a través del momento de firma de libros por parte de un autor en el que un lector le comenta que leyó su libro a través de una biblioteca. De este modo, el autor del libro prestado llega a la conclusión que si un ejemplar de un libro es leído por 50 personas, se tratará de 50 documentos que no son vendidos por el canal tradicional comercial, por lo que las bibliotecas son un impedimento para el comercio editorial y, por lo tanto, para su beneficio personal como creador.

Sin embargo, Stephen J. Dubner considera que esto es un pensamiento erróneo puesto que estos centros de información son beneficiosos:

  1. Las bibliotecas ayudan a los jóvenes en los hábitos de lectura, cuando esos lectores crezcan comprarán libros.

  2. Las bibliotecas son escaparates de trabajos que no podrían ser leídos de otra forma, los lectores podrían entonces comprar otros libros del mismo autor o incluso adquirir el mismo libro para incluirlo dentro de su colección.

  3. Las bibliotecas ayudan en el fomento de la cultura de la lectura, sin ellas, habría menos debate, hábitos hacia la reflexión y la crítica; y cobertura de libros en general que desembocaría en la disminución en las ventas.

La reflexión posterior es curiosa. Si no existiesen las bibliotecas públicas y alguien decidiese hoy abrir una, ¿qué es lo que sucedería? El autor imagina que, con la legislación de los derechos de autor actuales tan restrictivas, ningún autor ni editor desearía que su libro fuese prestado a cientos de extraños. Obviamente, se establecería un coste por préstamo, el autor propone a continuación que si un libro cuesta 20$, el coste por préstamo sería fijado en 2$ por copia y año  – Por supuesto que se empezaría a pagar el coste de préstamo en el año posterior a su adquisición – . Lo cual significaría una completa evolución del sistema bibliotecario tal y como hoy lo conocemos en cuanto a dinámica y economía.

En Europa, y concretamente en España, esa evolución ni va a tardar tanto ni es tan difícil de imaginar, desgraciadamente.

Una aplicación de la licencia Creative Commons

La idea subyacente de las licencias Creative Commons (CC) consiste en ofrecer la posibilidad de establecer un modelo para facilitar la distribución y el uso de contenidos para el dominio público ofreciendo un forma más laxa en los derechos de los autores sin necesariamente restringirlos y acudir al Copyright. Cada una de las distintas licencias CC posee diferentes configuraciones, o principios, como el derecho del autor original a dar libertad para citar su obra, reproducirla, crear obras derivadas, ofrecerlo públicamente y / o con diferentes restricciones como no permitir el uso comercial o respetar la autoría original. Algunos podrían opinar que las CC no llegarán a funcionar, pero la realidad es otra ya que se están comenzando a tener en cuenta.

Por ejemplo, aquí en El Documentalista Enredado disponemos una licencia Creative Commons según la cual permitimos:

  • Copiar, distribuir y comunicar públicamente la obra.
  • Hacer obras derivadas.

Aunque también ponemos una serie de restricciones como:

  • Reconocimiento. Debe reconocer los créditos de la obra de la manera especificada por el autor o el licenciador. 
  • No comercial. No puede utilizar esta obra para fines comerciales. 
  • Compartir bajo la misma licencia. Si altera o transforma esta obra, o genera una obra derivada, sólo puede distribuir la obra generada bajo una licencia idéntica a ésta.
  • Al reutilizar o distribuir la obra, tiene que dejar bien claro los términos de la licencia de esta obra.
  • Alguna de estas condiciones puede no aplicarse si se obtiene el permiso del titular de los derechos de autor.

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Aprovechando el poco tiempo libre de que dispongo, he tomado la firme determinación de ponerme al día en mis lecturas “documentaloides”. Y como es normal en mí, en vez de atacar los temas candentes que se discuten en la actualidad (folksonomías, gestión del conocimiento, usabilidad, búsquedas en Internet, Google…), he decidido empezar por el principio, por una obra clásica de la cibercultura: “El futuro del libro: ¿esto matará eso?” (compilado por Geoffrey Nunberg).

La introducción de las nuevas tecnologías en el mundo del libro, como ocurre siempre con todo lo nuevo, ha desatado un sin número de predicciones fatalistas sobre la desaparición de los libros impresos, de las bibliotecas y las librerías tradicionales y, por supuesto, del mundo de la edición tal y como lo conocemos, como vaticinaba McLuhan en su obra “La Galaxia Gutenberg” (otro libro que tengo pendiente). Siguiendo esa corriente fatalista, el subtítulo de la obra compilada por Nunberg utiliza la vieja máxima “esto matará eso”, o dicho de otra forma, “el ordenador matará al libro”. Pero, en contra de lo que pudiera parecer, cuando leemos los diversos ensayos que componen esta obra descubrimos una visión mucho más positiva de la simbiosis que se está produciendo entre las tecnologías y el mundo del libro. Esta incursión tecnológica se presenta como un paso más (al que ya no podemos escapar) en el proceso evolutivo del mundo librario en particular, y de la cultura y la sociedad en general.

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