El Documentalista Enredado

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Este pequeño gran mundo

Little_World..jpgLa leyenda urbana según la cual el Documento Nacional de Identidad (DNI) señala cuántas personas se llaman exactamente de la misma manera que su propietario podría señalarnos esa necesidad que tenemos de encontrarnos con nuestras antítesis, en la comparación de otros “yoes” en un tour de force en el que el otro sería mejor o peor que nosotros mismos. Tenemos la necesidad de compararnos, para acabar mejor o peor parados, aunque por supuesto y simplemente por esa necesidad innata de comunicarnos.

Ya conté mi experiencia y mi sorpresa con mi “hermano “, Miguel Ros Martín, que curiosamente se puso en contacto conmigo y que descubro con alegría a la hora de redactar este texto que se encuentra trabajando en Tuenti. También me he cruzado con algunos “Marcos Ros” en mi vida (a uno de ellos incluso le adjudicaron una publicación mía) ya se trate de forma virtual como real y siempre he sentido cierta simpatía hacia ellos. Desde el concejal que lucha conmigo por posicionarse en Google hasta aquel que su vida social se cruza conmigo en Twitter o en Facebook, todos ellos son completamente desconocidos para mí, aunque tal vez en algún futuro no lo lleguen a ser tanto.

Miguel Ros contactó conmigo, pero no fue el único “Ros” que lo hizo. Hace ya un tiempo, recibí una carta bastante simpática de un emigrado que aseveraba que “Ros” éramos pocos. ¡Ojalá fuésemos los menos! El último contacto con un “familiar” se produjo hace unos meses y además de casi describirme su genealogía – No llegué a ninguna conclusión con ello -, reclamó para sí algunas características del trabajo y personalidad de los “Ros”.

Más allá de estas simpáticas anécdotas de las que obviamente hice partícipes a mi familia, con cierta sorpresa para alguno de ellos, me llevan a reflexionar la horizontalización que produce Internet, o Google como deseeis, en nuestra sociedad. Ya no existen barreras, cualquier persona podría reencontrarse con su familia tirando un poco del hilo que Arachné tejió lentamente para él. Sólo hay que rascar un poquito.

Me imagino como tertuliano un tanto desconcertado frente al movimiento social que se está produciendo actualmente en las principales plazas de las ciudades españolas, o del 15M. De hecho, lo soy un poco. He acudido a la Plaza del Ayuntamiento de Valencia dos veces y he animado a todos mis conocidos a acudir. Para todos es algo nuevo, los más mayores (aunque yo ya no soy tan joven) tuvieron su movimiento de inconformismo frente a una Dictadura, pero frente a la Transición o el siempre accesible Mayo del 68 no se percatan que algo se perdió en el camino y eso es lo que aparentemente se reclama. Recuerdan a ese Mayo del 68, a su representante Daniel Cohn-Bendit, ya integrado en el sistema y con cargo en el Parlamento Europeo, y consideran que este movimiento se diluirá como un terrón de azúcar en el paso del tiempo. Habrá que verlo.

Es curioso que no hace tanto, nos sugerían que nos indignásemos, que nos lanzásemos a la calle. Pero cuando lo hacemos, justo en un momento electoral, nos dicen que así no, que no es nuestro momento, que el momento es suyo, el momento de los partidos, para sugerirnos sus ideas, que su mensaje nos empape, que nos sentemos frente a la tele, que nos olvidemos del frío adoquín y las noches al raso, que no pensemos que nos ofrecieron ideas, pero nos dieron gato por liebre. Nos mintieron. El domingo lo llamarán la “fiesta de la democracia”, pero el fin de semana se comprobará, tal vez, si la democracia se convirtió sin querer en represora de sí misma.

Lo reconozco. He vagado por medios de comunicación, he escuchado tertulias, he leído análisis políticos intentando diseccionar un movimiento que no tiene líder, que se demuestra cívico y sensato, y que actualmente trata de definirse en sus reivindicaciones. He estado a su lado, codo con codo, escuchándoles, es gente indignada, pero no cabreada. La violencia es inexistente. Como los tertulianos, no sé qué es esto, es un movimiento que está por definir, pero gana adeptos día a día. La sociedad está cansada de la impostura. Tienen razón los tertulianos, no vivimos en los países árabes del Mediterráneo inmersos en dictaduras, pero la sociedad se siente estafada, sin un futuro y cansados de mantener un sistema que no sabe sostenerse a sí mismo.

He tuiteado, retuiteado, compartido fotos, pero curiosamente me he mantenido fuera de los blogs. No he leído blogs para entender esto. He acudido a los medios de comunicación, los he seguido, los he censurado y he compartido su incertidumbre y sorpresa. La revolución será tuiteada, es cierto, pero no nos explicará porqué. Twitter se presenta como centro neurálgico de qué está pasando pero no el porqué. Nadie convoca a nadie, pero siguen acudiendo unidos por un hilo digital que es casi imposible de seguir. Las multitudes se muestran inteligentes y se autoorganizan.

Actualmente, asistimos al mayor experimento social digital, lo estamos viviendo y somos partícipes de él. En una sociedad moderna y occidental, las movilizaciones en Twitter asustaron a los políticos a la hora de aprobar la famosa Ley Sinde, sin embargo en aquel momento, del salón, el internauta no se movió. No se prendió la mecha, pero hoy lo hace y se multiplica exponencialmente. Algunos creen que 60,000 personas manifestándose no son suficientes para promover un cambio, que no alcanzarían para un diputado en el Congreso de Diputados, por lo tanto no hay que escucharles. Sin embargo, la Democracia muta hacia espacios más abiertos, donde las ideas no tardan semanas en propagarse, si no horas. La clase política tardará en hacer la digestión de lo que estamos asistiendo, pero reconocerán que aquellos que los eligen, pueden mostrar su disconformidad de las formas más variadas. En los 60 o en los 70, no existía Twitter, ni teléfonos móviles, las protestas fueron buscando la arena de playa bajo el asfalto y los adoquines. Hoy, la tecnología abre puertas a una economía globalizada e interconectada, pero también hacia una sociedad más participativa y abierta, ¿debemos aprobar una y censurar la otra?

El email pierde su sitio

Recientemente recibí una consulta desde Argentina mediante de forma simultánea y, pretendidamente, dos vías. Una de ellas era bastante tradicional, mediante correo electrónico, dirección virtual que se puede hallar fácilmente en este sitio web; mientras que la otra era mediante un mensaje en Facebook (Mensaje que también se recibe en la dirección de correo definida por el usuario cuando se da de alta). Al igual que Facebook, Twitter también dispone de su propio sistema de mensajería privada denominado Direct Messages que además de enviar un mensaje de forma privada, hace llegar un correo electrónico de un usuario a otro, y que dentro de los distintos interfaces de uso de esta herramienta -Ya se trate a través de la Web o mediante una de sus múltiples herramientas- inciden en este sistema de mensajería dual.

A pesar de ser configurable, si alguien escribe en el “Muro” de tu perfil de Facebook -digamos que este “Muro” es una especie de tablón de anuncios personal- el usuario también recibe un correo electrónico a la dirección que utilizó al darse de alta en el servicio y si alguien comenta un estado de un amigo que te gustó o que comentaste, también se recibe un correo electrónico abarrotando lentamente los buzones de los usuarios, por lo que en unas horas puedes tener de 20 correos electrónicos sin revisar y que solicitan tu atención. Sin embargo, en este caso, hay un “pero” y es que se pierde el contexto de los mensajes por lo que el hecho de recibir ese email te obliga a visitar la página web de la Red Social para poder contestar en condiciones.

Pero, de hecho, me he percatado que tengo personas agregadas, antiguos compañeros de estudios, gente que conozco -“amigos de amigos” podría considerarse- de los que desconozco una dirección de email y si tuviese que ponerme en contacto con ellos, el sistema que utilizaría sería uno de los dos descritos anteriormente. O bien Twitter (porque sé que son ellos) o bien Facebook, a pesar de que esta segunda opción sería la más confiable puesto que la gente es más proclive a ser identificada sin lugar a dudas dentro de la Red Social ya que es, en apariencia, un entorno más cerrada y privado.

Lo que no me cabe duda es que, lentamente, mientras nuestros hábitos comunicativos cambian, estas nuevas plataformas de la Web Social se posicionan para quedarse; poco a poco, utilizamos cada vez menos el correo electrónico para mantenernos en contacto con nuestros conocidos. Nuestras cuentas de email personal se van convirtiendo en simples vertederos donde recibimos las típicas cartas cadena, las presentaciones ruidosas que a duras penas se nos ocurre abrirlas en el trabajo, boletines que apenas abrimos por ser prácticamente imposible consultarlo todo o las actualizaciones de estado de Facebook, comentarios que recibimos en nuestros blogs, nuevos followers en Twitter… Cuentas de correo que no llegarán a desaparecer, siempre existirá la necesidad de enviar Currículums Vitae, documentos escaneados a cualquier administración, alguna carta desesperada para tratar de arreglar una situación incierta, pero que lentamente se irán perdiendo como un mero cajón de sastre a los que ya no extraeremos todo su anterior potencial.

Gestionando la muerte en la Web

Reloj en la arena

Pese a quien pese, lentamente, la Web se está convirtiendo en una extensión de nuestra cultura, nuestras relaciones sociales, necesidades y anhelos personales. Por supuesto que todavía nos encontramos con personas que tratan de realizar una distinción entre vida real y vida virtual, sin embargo esto se da de forma mayoritaria en las generaciones que crecieron o, al menos, vivieron en un mundo desconectado, sin Internet; mientras que los jóvenes de hoy en día (y que tienen acceso a la red de redes no lo olvidemos) esculpen su día a día con una herramienta que consideran una extensión más de su vida propia.

Recientemente, Internet cumplió 40 años y uno de sus creadores aseguraba que la Red se encuentra en su adolescencia, con las hormonas a flor de piel, mientras trata de crearse una identidad. Sin embargo, 40 años es una generación en términos vitales de un ser humano, por lo que mientras Internet da sus pasos cada vez más aceleradamente, joven y brillante, aquellos que fueron poniendo piedra sobre piedra en su construcción para convertirla en lo que es (Ya se trate en términos de tecnología o de contenidos) envejecen y desgraciadamente mueren.

La muerte es la última barrera del ser humano, un elemento que nos cuesta de entender e incluso creer, pero como parte de nuestra vida, dependiendo de la cultura que hayamos recibido y donde hayamos crecido, la celebramos o la odiamos aunque sea una parte inseparable de nuestro ser. No hace falta que me vaya muy lejos ni en el tiempo ni en el ámbito de esta página web para recordar el debate que propuso Tomàs Baiget en la lista de distribución Iwetel sobre el directorio Exit. Este directorio era una iniciativa propia de Baiget en el que quería recoger a la mayor parte de los expertos en el tratamiento de información. Cargado de paciencia y una cámara digital, fue retratando y agregando a los profesionales que conoció en cursos, jornadas y congresos. Sin embargo, llegado a cierto punto, algunos de estos profesionales fallecieron y la duda que surgió fue: “Ante esto, ¿qué hacer?”

La muerte parece que se está convirtiendo dentro de esta sociedad de consumo en una de las partes más feas, algo a evitar y obviar en la medida de lo posible. En el mundo real, su gestión está completamente protocolarizada, llevamos miles de años tratando de aceptar y tratar la muerte en nuestras vidas y nuestro entorno social, sin embargo ¿qué hacer en el mundo digital?

No es una decisión sencilla, a pesar de que cada vez más se trata con total normalidad (De hecho, desde la aparición de la Web también lo hicieron los denominados Cementerios Virtuales). Los blogs, esos elementos tan participativos, fueron los primeros que abrieron una brecha para contemplar el fallecimiento de una persona con normalidad. Incluso el suicidio, una de las decisiones vitales más censuradas por nuestra sociedad, ha sido descrito y retratado en algunos blogs. Pero a los administradores de sitios web, la duda sobre el respeto hacia las personas les asalta. ¿Qué hacer con los perfiles de las personas ya fallecidas? ¿Los retiramos por respeto? ¿Los mantenemos como homenaje?

Llegado el momento, la red social Facebook también ha tenido que tomar una posición y ha considerado que lo mejor que se podía realizar es mantener el perfil del difunto como un memorial, un lugar donde sus conocidos pudiesen dejar sus condolencias a su amigo sin que nadie pudiese violentar su memoria. En algunos foros, esta decisión se ha contemplado con cierta guasa como algo ridículo o innecesario, pero no hay nada más lejos de la realidad. Al igual que debemos gestionar lo que publicamos como parte de nuestra vida en la Web, también deberemos acostumbrarnos a aceptar y enfrentarnos a la muerte dentro de ella, siempre que dispongamos distintas opciones sobre cómo queremos tratar ese hecho de una forma personal e íntima, por supuesto.

El mundo ha cambiado. Lo siento en el agua, lo siento en la tierra, lo huelo en el aire…
Mucho de lo que era, se ha perdido… Pero nadie vive que lo recuerde.

De estas frases, ninguna de ellas, son mías. El titular lo he extraído del último artículo de opinión del director de El Boletín, un semanario económico regional de la Comunidad Valenciana, Cruz Sierra; mientras que las otras frases citadas más de uno podrá recordarlas.

El mundo de la información está cambiando de forma completamente dramática, el modo en el cual la consumimos también y los profesionales de la información nos enfrentamos a la encrucijada de si realmente estamos preparados para los cambios que se avecinan. En España, el colectivo de los profesionales de la información lo constituyen dos grupos diferentes pero que no se han puesto de acuerdo a la hora de apropiarse de cierto término, pero que contemplan cómo el mundo se les está transformando.

Si bien los documentalistas, han tratado de adaptarse a los nuevos tiempos mediante las fórmulas de denominación como infonomistas o vigilantes tecnológicos; lo cierto es que estas fórmulas han resultado, más que integradoras, excluyentes; distanciando colectivos que bien podrían haberse dado la mano. Por su lado, los periodistas han tratado de encontrar sus sinónimos en los profesionales de la comunicación, primero, mientras que posteriormente han tratado de englobar todo el hecho comunicativo mediante la fórmula profesionales de la información. Además, el término Ciencias de la Información se consideran en España patrimonio de los periodistas (Algunas facultades universitarias se acogen a esta denominación), mientras que los documentalistas consideran su disciplina, la Documentación, como la Ciencia de las Ciencias, es decir, la Ciencia de la Información Científica.

Este aparente choque entre disciplinas tan radicalmente distintas no es sorprendente. El proceso de la información puede ser reducido ha tres conceptos básicos, a saber, Información – Comunicación – Documentación, una tríada que puede ser ampliada agregando todos los elementos que se deseen pero que puede ser perfectamente entendida con estos componentes. Sin embargo, documentalistas y periodistas se enfrentan a un nuevo mundo dominado por la Web en el que el soporte es fagocitado por los bits y el distribuidor principal de usuarios casi se centra en un único actor.

Del lado de los periodistas, David Simon lo resumía estupendamente en el reportaje que le dedicaba El País a su estupenda serie The Wire en el que atacaba a la blogosfera. De esta manera, el periodista acusaba a los bloggers de dedicarse en la mayoría de los casos “a amontonar informaciones que encuentran en otros lugares sin hacer ellos mismos ningún ejercicio de periodismo. Y acuso a los bloggers de escribir mucho sobre corrupciones sin haberse dedicado nunca a conocer por dentro las instituciones que critican”. Simon no cree en el periodismo ciudadano ni en su viabilidad dentro de una sociedad que necesita del tutelaje del cuarto poder y críticas no le han faltado.

Los periodistas han descubierto cómo las fuentes primarias vuelcan sus informaciones en la Red reclamando el protagonismo que sólo ellos deberían otorgarles después de un trabajo de filtrado, contextualización y análisis. Sin embargo, los blogs – y el Social Media resultante de su evolución – se saltan ese proceso. En muchos casos, la falta de contextualización sólo sirven para que los blogs, muchos de ellos comerciales, se centren en la réplica de las notas de prensa de empresas e instituciones sin querer entrar en la validez de esas informaciones. Ése es el principal error y lo que la sociedad está perdiendo lentamente. Puede que el producto final de la Web Social no sea de calidad, pero dentro de Internet es popular y por ello rentable y, como bien sabemos de otros medios de comunicación, lo popular se enfrenta con la calidad del producto final, aunque interesadamente nos gusta obviarlo.

Por su parte, los documentalistas han intentado realizar un proceso de reflexión propio. De este modo, José López Yepes presentaba al Homo Documentalis (un ciudadano intelectual capaz de crear y consumir responsablemente ciencia y cultura) y el Homo Documentator (un nuevo perfil de documentalista a la altura de la sociedad de la información). Sin embargo, las nuevas competencias del documentalista propuestas por el catedrático parecen ser fagocitadas por el Homo Documentalis, que se conforma con los instrumentos que la Web le pone a su alcance.

Los documentalistas más veteranos, a los que hacíamos referencia en un texto anterior, contemplan cómo los flujos de información dentro de la sociedad están cambiando de forma acelerada, mientras aquellos encargados de analizarlos parecen estancados en un pasado mejor. El Homo Documentator debe de dar un paso más hacia la comprensión de la información como un bien económico, entender sus características y su ecología. Debemos comenzar a abandonar los libros como elementos principales del transmisión del conocimiento y comenzar a detenernos a comprender e integrar el proceso informativo como un todo que debemos estudiar, hasta los editores comienzan a considerar a Google como lo peor que les ha sucedido, y los libros electrónicos como el futuro inevitable.

El futuro es completamente apasionante y debemos comenzar a incorporarnos a él. Los flujos de información, lo que verdaderamente nos debería preocupar, todavía se encuentran ahí, no han sido destruidos; debemos de localizarlos, estudiarlos y sacarles partido en la medida que sea posible para nuestras organizaciones.

Aquel que se aproxime a Multitudes Inteligentes va encontrarse durante su lectura con cierto regusto a algo que ya sabe, pero que actualmente se denomina de otra manera. Es decir, en este libro nos encontramos con un autor que  propone hechos, actitudes y tecnologías que actualmente se encuentran muy difundidos y establecidos dentro de la Web, así como nuestra actual estrecha relación con las nuevas tecnologías aplicadas en el día a día. Puede que dé la impresión de que Reinhgold se hubiese equivocado a la hora de utilizar los términos que utilizamos actualmente para designar ciertas actitudes o tecnologías, pero somos nosotros los que erramos, porque ni el autor está desencaminado en su exposición de los hechos ni en su definición, ni el lector se encuentra ante un intento de cambiar lo ya establecido.

Más bien al contrario, nos encontramos frente un libro de prospectiva, un texto editado en 2004 que recopila las tendencias de ese año y nos invita a adentrarnos en aquello que va a ser de hecho común en los próximos meses. Sí, el gato al agua puede que se lo llevase O’Reilly fijando el término Web 2.0 en 2005, pero lo descrito por Rheingold, aunque también la señala, va más allá de la web colaborativa y de las herramientas que se derivarían de ella. De este modo, el autor abre su texto contándonos su fascinación al descubrir un cruce muy específico de Tokio (Shibuya), sorprendido por la actividad frenética de los adolescentes aporreando con los pulgares las teclas de sus móviles, así como las nuevas relaciones sociales que son capaces de establecer utilizando esta herramienta. Por supuesto que no se queda ahí, ya que lentamente se desplaza hacia otra tipología de colaboraciones tanto en el mundo físico como en el virtual, deteniéndose incluso en las Redes Sociales tan populares en los últimos dos años.

El título original del libro Smart Mobs, multitudes inteligentes, hace referencia específicamente a las potencialidades que nos brindan las nuevas tecnologías a la hora de expandir nuestra capacidad de análisis de un problema y aportar una solución. Así, por ejemplo, nos comenta el movimiento de ofrecer conexión a internet gratuita a través de WiFi en las principales ciudades norteamericanas, algo que sería tratado de llevar en España por la inicativa FON, y de forma concreta el hecho que durante los días posteriores al 11-S un movimiento colaborativo permitió que en la isla de Manhattan empresas y particulares pudiesen disponer de una conexión a Internet a pesar de las dificultades técnicas que se estaban encontrando tras el caos producido tras los ataques.

Por supuesto que la mirada hacia el futuro no se queda ahí. Rheihgold también nos hace visitar distintos centros tecnológicos donde se estudian las ropas inteligentes, así como la aplicación e integración de las nuevas tecnologías dentro de nuestras vidas diarias más allá de nuestros comportamientos sociales. Obviamente, esto queda un tanto lejano para su aplicación práctica más inmediata, pero teniendo presente el acierto de lo obvio -la red ubicua, la creación de herramientas colaborativas en la Web- el texto Multitudes Inteligentes puede estar preconizando un futuro no tal lejano.

La pasada semana, leyendo a un columnista tecnológico bastante popular, me sorprendía cuando utilizaba Nube refiriéndose indudablemente a la Internet de forma genérica. Este comunicador señalaba que una aplicación del iPhone se conectaba a El País para descargarse la información, pero en vez de denominar esta acción como conexión a la Web, lo definía como conexión a la Nube. Ya hemos reflexionado aquí mucho sobre los continuos cambios a la hora de designar las cosas, la creación de nuevos términos y mucho más si se trata en el sector tecnológico. El término Web 2.0 está tan manido que ya se huye de él y precisamente el de Web Social, buscando sustituirlo, tiene una serie de connotaciones que no se ajustan al anterior y algunos sugieren que en realidad el primero engloba al último. De forma bastante similar ha sucedido con los términos multitudes inteligentes o inteligencia colectiva que reinventados como inteligencia de enjambre que no acabó de cuajar, aunque desde luego este último dispone de mi simpatía.

Puede ser que Internet sea uno de los entornos más sujetos a los cambios de tendencias y a la reinvención de las ruedas, como alguien me señaló en cierta ocasión, aunque, todo hay que decirlo, es precisamente uno de los lugares donde la información se mueve a mayor velocidad y donde su intercambio se produce de forma más acelerada. Tal vez por ello, la Web deba estar redenominándose tratando de adaptarse a las nuevas tendencias, al mismo tiempo que urge a la rápida adopción de las mismas para que la máquina no deje de funcionar nunca.

Sin embargo, es justo decir que los nuevos bautizos surgen gracias a los nuevos conceptos y puede que ante el éxito de uno, los nichos de mercado similares lo adopten rápidamente y de forma no distintiva, provocando confusiones y el cruce de fronteras que provocan la confusión más allá de la aclaración de los términos.

Porque, volviendo a mi columnista, en esta ocasión el iPhone se descarga información a través de la Web sin pasar por un navegador, que siempre ha sido la forma más tradicional de conseguirla. No se trata de un RSS, ni de un correo electrónico sino de un software finalista para las alertas informativas, aunque esta idea también la habíamos visto en este mismo sitio web en forma de aplicaciones de escritorio. Por lo tanto, en este caso, la Nube describe un ente abstracto que no hace referencia a los mecanismos tradicionales a la hora de obtener información de la Web, aunque obviamente el proceso es bastante similar.

Es posible que el concepto Nube esté desplazando a la Web (Telaraña en inglés) debido a la rápida penetración de la ubicuidad (se encuentra en todas partes gracias a las conexiones inalámbricas) dentro de nuestra sociedad. Si hace unos años, la Web en el móvil, sí hablo del WAP, parecía una broma comparada con lo que se veía a través de un ordenador y un navegador de escritorio, el iPhone y el desarrollo de navegadores específicos para móviles, por ejemplo el Opera Mini, junto con el desarrollo de redes WiFi están trasladando el concepto de Internet ligado a un ordenador, una mesa y una silla, a casi estar disponible en cualquier dispositivo imaginable.

Pero esta Nube no es más que una reinvención de otro término, el Grid Computing o computación distribuida mediante el cual una serie de ordenadores se conectaban simultáneamente para la realización de cálculos, almacenamiento y procesos de forma coordinada y más barata que si de grandes supercomputadores se tratase. De Grid Computing, pasamos a Cloud Computing, aunque esta vez la necesidad de darle una capa de barniz era más comercial y centralizada y de ahí lo de Nube, mediante el cual una serie de empresas contrataban la capacidad de cálculo de servidores de tercero para el alojamiento o procesamiento de información de tal manera que el coste fuese inferior que disponer de un servidor dedicado propio.

Sin embargo, la metáfora de Cloud o Nube es demasiado romántica para dejarla escapar, así que aprovechando todo el marasmo de aplicaciones destinadas a la Web 2.0, donde el trabajo ya no se realiza en el escritorio de uno sino en la Web y en servidores ajenos, los difusores de los beneficios de la Web 2.0 decidieron quedarse con este término convirtiendo casi todo el trabajo que se realiza en la Web en trabajo que se realiza en la Nube.

Nube porque nuestros documentos (Google Docs o Zoho), correo electrónico (Gmail o Hotmail), fotografías (Flickr o Microsoft Live), vídeos (YouTube o Dalealplay) e incluso marcadores se quedaban en sitios webs, en ordenadores y servidores ajenos a los usuarios, cambiando nuestra forma de trabajar y permitiendo que nuestros trabajos y datos personales los gestionasen otros.

En fin que si la Web es sólo una parte de Internet, aunque utilicemos estos términos casi de forma indistinta, es posible que la Nube pase a ser un sinónimo de la Web a pesar de que sólo se trate de un subconjunto de ella, subconjunto al mismo tiempo de la Web 2.0; pero en realidad no importará en exceso porque la máquina deberá seguir funcionando.

¿Para cuándo la Nube 2.0?

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