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Mes: diciembre 2019

Editores para abordar la pantalla en blanco

Hace unos años, escribir para la web era más difícil que hoy en día. Necesitabas entender qué era un lenguaje de marcado, las etiquetas que lo componían y cómo funcionaban. La edición se hacía sobre un texto plano y, obviamente, lo más difícil era no despistarte a la hora de cerrarlas, puesto que su filosofía era muy sencilla de entender.

Era toda una experiencia que imagino los informáticos expertos en código encontrarían simple en comparación a su trabajo diario. Pero la Web tenía una filosofía abierta y lo interesante era que cualquier persona pudiese publicar contenidos de la forma más sencilla posible. Incluso algún navegador, como Netscape, perseguía facilitar esa edición incorporando un pequeño editor WYSIWYG denominado Composer.

En aquellos primeros pasos, para añadir complejidad, tenías que publicar las páginas HTML una a una, subiéndolas tú a tu servidor mediante FTP, preocupándote que estuviesen enlazadas las unas con las otras para que tu humilde sitio web tuviese cierta integración y coherencia entre sí. Por supuesto que la evolución fue rápida y empezaron a surgir los sistemas de gestión de contenidos que funcionaban con sus propias bases de datos que facilitaban esa subida de información.

Sin embargo, la edición de textos todavía se realizaba en ocasiones sobre texto plano, aunque la aparición de los sistemas WYSIWYG sobre estos sistemas de gestión de contenidos no tardarían en aparecer. La integración de TinyMCE en WordPress (nuestro gestor de contenidos para este blog) y en otros muchos sistemas CMS supuso un salto adelante sobre la edición de textos que facilitaba la publicación, la expansión y popularización de la publicación de contenidos propios en lo que denominó Web 2.0.

A nivel personal, nunca me gustó trabajar sobre el servidor. Siempre he tratado de escribir en alguna aplicación de escritorio para luego copiar y pegar el texto cuando estuviese más o menos listo. Para ello, casi siempre he utilizado LibreOffice que dispone de un editor de texto web que facilitaba esa traslación desde mi ordenador al servidor. He de reconocer que intenté utilizar Microsoft Word (se descarta rápido por el galimatías de código que genera cuando copias y pegas) e incluso el editor de textos Google Docs creyendo que obtendría un HTML limpio. Sin embargo, siempre acababa volviendo a LibreOffice ya que me era más cómodo y sencillo de utilizar.

Hoy en día, os invito a que probéis a utilizar cualquier editor de Markdown, un lenguaje de marcado ligero realmente sencillo de utilizar y que en el caso de composición para la web es más que suficiente. Existen infinidad de editores y sólo tenéis que encontrar aquel con el que estéis más cómodos a la hora de trabajar. En mi caso particular, utilizo Typora disponible en distintas plataformas y con distintos temas para que escribáis sobre la tipografía y el fondo sobre el que más os guste. Un editor claro, sencillo y limpio para escribir sin distracciones como muchos de los actualmente disponibles.

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Memex, una propuesta de proto-hipertexto

Si lo hubiésemos leído en cualquier relato de algún autor clásico de ciencia-ficción, no hubiese pasado de una anécdota literaria; pero Vannebar Bush se tomó muy en serio la descripción de su máquina Memory – Extender (MEMEX). En la descripción de esta máquina, se aportaba una primera idea de cómo un documento podría ser unido con otro para su recuperación mecánica. La idea fue difundida en un artículo en The Atlantic Monthly en 1945 bajo el título As We May Think, aunque el autor comenzó a trabajar en el texto seis años antes, en 1939. En el documento, Bush se planteaba cómo se estaba gestionando la información en aquella época y cómo se podría hacer más accesible.

Inspirado por Paul Otlet, Bush consideraba que los métodos utilizados para transmitir y revisar los resultados de la investigación no eran los más adecuados. De hecho, consideraba que la cantidad y el volumen de la información que se generaba en aquel momento era tal que no se podía gestionar adecuadamente. Por ello, proponía un dispositivo que permitiese gestionar la información y que evitase en buena medida la sobrecarga de información (infoxicación). Con su Memex, las personas podrían comprimir y almacenar todos sus libros, registros y comunicaciones, además de gestionarlos.

A memex is a device in which an individual stores all his books, records, and communications, and which is mechanized so that it may be consulted with exceeding speed and flexibility. It is an enlarged intimate supplement to his memory.

It consists of a desk, and while it can presumably be operated from a distance, it is primarily the piece of furniture at which he works. On the top are slanting translucent screens, on which material can be projected for convenient reading. There is a keyboard, and sets of buttons and levers. Otherwise it looks like an ordinary desk.

Esquema del MEMEX de Bush

Bush consideraba que su aparato podría extender la memoria de las personas – de ahí su nombre -, podría ser consultado con velocidad y flexibilidad. El soporte elegido por el investigador era el microfilm. De este modo, creía que todos los registros debían ser almacenados en ese soporte, ya se tratase de materiales adquiridos o materiales introducidos por el autor. El Memex permitía al usuario «fotocopiar» aquellos contenidos que desease e integrarlos dentro del sistema.

Tal vez, lo más interesante conceptualmente era que sugería un sistema de clasificación que podría ser considerado como un sistema proto-hipertextual. El aparato facilitaba un tipo de indexacion asociativa a través del que cualquier elemento podría llevar a otro mediante la voluntad del usuario y los senderos (trails) que defina. Según Bush, el usuario tiene que indexar un documento o imagen mediante un código que se registrará en un libro de forma independiente y que facilitará la recuperación de información. El autor no describe en ningún momento un sistema de recuperación automática, ni esquemas de metadatos universales como una clasificación bibliotecaria.

The essential feature of the memex [is] the process of tying two items together… When the user is building a trail, he names it in his code book, and taps it out on his keyboard. Before him are the two items to be joined, projected onto adjacent viewing positions. At the bottom of each there are a number of blank code spaces, and a pointer is set to indicate one of these on each item. The user taps a single key, and the items are permanently joined… Thereafter, at any time, when one of these items is in view, the other can be instantly recalled merely by tapping a button below the corresponding code space.

El concepto del Memex se considera como una de las ideas semilla de lo que vendría a posterior cuando se empezó a diseñar Internet en primera instancia y la Web en segunda, evolucionando esa concepción de trail el hiperenlace y el hipertexto que verían la luz varias décadas después.

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Tu vida pasa en un scroll infinito

Somos unos yonkis de la información y nos hemos convertido en ello sin darnos cuenta. No, en este caso, no me refiero a la infoxicación, si no más bien a nuestra dependencia a las notificaciones de los teléfonos móviles y el cómo consumimos la información en nuestros dispositivos móviles. Todo podría enmarcarse dentro de lo que se ha denominado la economía de la atención que se basaba en que, puesto que mucho del consumo dentro de una plataforma de los usuarios sería prácticamente gratuito, lo único que sería diferencial -desde un punto de vista publicitario y por tanto de ingresos para estas plataformas- es el tiempo que un usuario pasa consumiendo contenidos en esa web/plataforma.

Hay un ejército de expertos cuya función es hacernos caer en esta misma trampa, por lo que tenemos la batalla perdida de antemano. Una de las formas más sencillas de tratar de captar la atención del usuario es mediante la explotación de la vulnerabilidad de la psicología humana. En este ámbito, la dopamina tiene un papel relevante puesto que es una hormona que segrega nuestro cerebro para recompensarnos. Segregamos dopamina en cuanto recibimos un like o un comentario que recibimos en cualquier red social, puesto que esta hormona es una de las encargadas en recompensarnos cuando estamos satisfechos.

Aza Raskin fue el inventor del scroll infinito, una característica muy práctica dentro de las redes sociales a distintos niveles y que han sabido explotar sobremanera. El scroll infinito permite cargar contenidos de manera secuencial una vez has acabados los previos sin una acción necesaria por parte del usuario. Sin embargo, su aplicación tuvo un efecto nocivo y tal como él mismo declara al cerebro de los usuarios no les da tiempo a ponerse al día con sus impulsos así que sólo puedes seguir haciendo scroll. Obviamente, esto hace que el usuario se encuentre constantemente consumiendo contenidos en un bucle infinito y mientras trata de centrarse en lo que está haciendo, se queda atrapado en las redes sociales.

Por si fuese poco, estas plataformas están diseñadas para que volvamos una y otra vez a las mismas para ver qué ha estado sucediendo dentro de ellas. A esto se le denomina FOMO (miedo a perderse algo, del inglés, fear of missing out) y entran en juego las notificaciones que deliberadamente permitimos que nos alcancen hora tras hora. Sencillamente, somos seres sociales y nos gusta estar conectados de forma permanente con las personas que nos rodean. Para bien o para mal.

Al final, se ha hecho tan bien el trabajo de tenernos enganchados que los propios desarrolladores de sistemas operativos para teléfonos móviles se han preocupado por nuestro bienestar digital. De esta manera, podremos saber para nuestro sonrojo o sorpresa, cuánto tiempo al día destinamos a nuestros terminales y si así lo deseamos apartar nuestra vista de nuestro terminal… Hasta la próxima notificación, claro.

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De los soportes a la multiplataforma y a los monopolios

Hace unos días, escuchando un podcast sobre series, los tertulianos rememoraban con nostalgia sobre aquellos tiempos cuando se compraban packs enteros de temporadas en DVD. Esto me hizo rememorar cuánto tiempo había pasado desde que yo no había comprado una película en DVD (mucho) y cómo ha cambiado el consumo de la cultura en los últimos años. Es curioso como en estas fechas, en las que muchos andamos a la búsqueda de algún regalo, la opción del CD o del DVD hayan caído en el cuasi-olvido (por fortuna el formato libro aguanta estoicamente todavía). Netflix, la plataforma facilitadora de este gran cambio en el consumo audiovisual, no sólo ha cambiado el canal mediante el cual consumimos este tipo de contenidos, sino también el soporte sobre el cual lo hacemos. Me sorprende todavía que en la carrera de las pulgadas en los salones de la casa (de aquellos que dispongan alguno), finalmente acabemos en el metro consumiendo nuestras series preferidas a través de una pantalla de 5 pulgadas.

Respecto a la música, la melonamía ha quedado desbaratada. Ya no es necesaria la acumulación de nuestros discos favoritos. Sólo necesitas un pago mensual y tienes a tu alcance de casi todo lo que se ha distribuido comercialmente en la historia de la música. Spotify también ha establecido cómo debe ser la relación con la música y lo mejor de todo es que a final de año nos puede susurrar qué es lo que hemos escuchado durante el año. En mi caso, al consultar cuáles habían sido mis escuchas durante 2019, me llevé la sorpresa de que sólo había escuchado 150 canciones.

Precisamente, uno de los aspectos sobre lo que más se incide respecto a las plataformas de streaming de música es que nos gusta escuchar la música en modo bucle. Es decir, que realmente la mayoría de nosotros no necesita estar suscrito a una plataforma como Spotify puesto que tendemos a escuchar lo mismo todo el tiempo por lo que la adquisición más que la suscripción tiene más sentido. Podría decirse que en mi caso tienen toda la razón.

Y, ¿los libros? De momento, las ventas aguantan si bien es cierto que el consumo en libros no es comparable a la accesibilidad de la televisión o de la música. El lector de libros es alguien que gusta del soporte y si bien Amazon con sus Kindles ha tratado de romper el ecosistema editorial, el libro tradicional aguanta el envite bastante bien. Es cierto que el libro electrónico aporta nuevas herramientas que el libro tradicional no puede aportar, sin embargo la sorpresa proviene de un soporte que sabe aguantar el envite.

Internet, la movilidad, la miniaturización de los dispositivos y el aumento de sus capacidades ha transformado completamente el ecosistema de distribución de la cultura. En cualquier momento y en cualquier lugar, dispones de acceso a bibliotecas, mediatecas y fonotecas infinitas. Es cierto que la ha hecho mucho más accesible y más ubicua, pero concentrándola en muy pocos actores con el peligro que ello conlleva respecto a los propios requerimientos que podrían establecerse en un futuro respecto al acceso de los mismos. Además, al mismo tiempo, presenta una problemática relevante puesto que este acceso sólo podrá estar al alcance de aquellos que puedan pagarlo (dispositivo, conexión y distribución). Si bien es cierto que el acceso es relativamente barato puesto que las plataformas de distribución tienen como objetivo llegar a un público masivo, existe un peligro de exclusión y de acceso a esa cultura.

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Sobre el final del libro

Los gurús llevan tiempo intentando enterrar el libro. A principios del siglo XIX, la floreciente popularidad de los periódicos – sólo en Londres se editaban más de cien – llevó a muchos observadores a suponer que los librosestaban a punto de quedarse obsoletos. ¿Cómo iban. competir con la inmediatez de la hoja diaria? «Antes de que acabe el siglo, el periodismo será todo lo que se imprima, abarcará todo el conocimiento humano_ – proclamó el poeta y político francés Alphonse de Lamartine en 1831 -. El pensamiento se expandirá por el mundo a la velocidad de la luz, concebido al instante, instantáneamente escrito, entendido de inmediato. Cubrirá la Tierra de un polo a otro: súbito, instantáneo, inflamado del fervor del alma que lo alumbró. Será el reino de la palabra humana en toda su plenitud. El pensamiento no tendrá tiempo de madurar, acumularse en la forma, morosa y tardía, de un libro. Hoy el único libro posible será el periódico.»

[…] Hacia finales de aquel siglo los libros seguían ahí, conviviendo impávidos con los periódicos. […] Durante el siglo XX la lectura de libros soportaría un ataque frontal de enemigos aparentemente mortales: el cine, la radio, la televisión. Hoy los libros siguen siendo los objetos comunes de siempre, y no hay ningún motivo para suponer que las obras impresas vayan a dejar de producirse ni de leerse, en medida muy considerable, a medio plazo.

Superficiales de Nicholas Car, 2010

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