El Documentalista Enredado

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La biblioteca de los Moradores y los libros vivientes

Nada podría ser más distinto al mundo que conocemos, que lo que encontró el protagonista de El mundo subterráneo, un hombre del siglo XX en una misión de rescate en el futuro de la Tierra, dentro de 500.000 años: un futuro en el que los descendientes de los humanos, los Anfibios y los Moradores, luchan por su supervivencia.

En esta novela de ciencia-ficción de 1949, el escritor S. Fowler Wright (1874-1965) desarrolló una emocionante novela de aventuras en un mundo fantástico, en el que su desbordante imaginación describe paisajes y seres sorprendentes. Pero, a pesar de que somos incapaces de reconocer apenas nada que nos recuerde nuestro mundo, Wright no pudo dejar de introducir en ese futuro tan lejano y extraño algo que no nos es ajeno: libros, bibliotecas… y bibliotecarios.


Cuando El hombre del siglo XX, buscando a los que le precedieron en ese viaje al futuro, se adentra con un Anfibio en los subterráneos donde habitan los Moradores, encuentra la ayuda que necesitaba en los libros: libros vivos, en forma de esfera, que una vez maduros y completos mueren al no poder asimilar más información.

Estos libros que se encuentran en la biblioteca de los Moradores están custodiados, como no, por una bibliotecaria, una mujer “de incalculable antigüedad” y en cuyos ojos puede advertirse “una expresión de pesada fatiga”. Ella es también la encargada de transmitir a los libros la información que cada uno de ellos debe contener; y su ayudante, “muy joven, y aún no desarrollado”, es el encargado de devolver a sus estanterías los libros que se sacan de la biblioteca.

Sin duda, éste sí que es un mundo que todos conocemos.

[El libro viviente]

Era del color de la langosta hervida, con muchos apéndices de un azul blanquecino, de una pulgada de longitud, y forma de orejas de perro. Cuando la esfera [el libro] rodó por el brazo, los apéndices se extendieron balanceando y gobernando sus movimientos, y luego, ya en la mesa, los que estaban debajo la sostuvieron en equilibro, era evidentemente una esfera viva, y no parecía incomodarle ninguna posición.

[…]

– No es mucho lo que pude averiguar –me transmitió [El Anfibio]–, pues no entiendo sus pensamientos, pero parece tratarse de algo similar a aquel dispositivo de que hablaste. Sé que registráis ideas y hechos mediante marcas en sustancias retentivas, para guardar así los conocimientos, aunque el autor no viva. De este modo habéis eliminado una desventaja de la mortalidad. Me parece, sin embargo, que este método debe de tener grandes defectos, pues podéis dejar marcas falsas, o registrar hechos imaginarios, antes que ateneros a la verdad o hacer sabias deducciones. La confusión es así tan grande que nunca continuáis durante mucho tiempo por un solo camino.

>> No obstante, los Moradores han desarrollado un procedimiento similar, auque adecuado a su mayor longevidad y superior inteligencia. Eso que ves ahí es uno de sus libros: una especie de criatura viviente, que almacena pensamientos y los expone más tarde ante una mente inquisitiva. Esa mujer custodia y compila los volúmenes, y sospecho que registra ahora los hechos en que hemos intervenido.

[…]

Impulsados por una común curiosidad nos acercamos ante todo al libro viviente, que descansaba en un círculo de metal. No había en su superficie órganos visibles, y no sé cómo advirtió nuestra presencia. Rechazó todo intento de que le explicásemos quiénes éramos, pues no podía por propia naturaleza o alguna prohibición de sus señores aceptar información de otra fuente que no fuese la oficial. Pero más nos importaba preguntar que responder, y no opusimos ninguna objeción.

Nos pareció que si preguntábamos juntos podíamos confundirlo, y mi compañera dejó gentilmente que yo hiciese las preguntas, preparándose a recibir las respuestas. Supimos en seguida que éste era el último volumen de la historia oficial de los Moradores, y que abarcaba unos doscientos años. Estaba dispuesto a comenzar por el capítulo primero, y hablarnos durante una semana, si así lo deseábamos. Cuando entendió que buscábamos información específica asintió, aunque de mala gana. Sus funciones, comprendí muy pronto, se limitaban a proporcionar la información que poseía. Era incapaz de explicar o comentar cualquier otra cosa. Ante preguntas que excedían sus límites o no se relacionasen con la historia, guardaba absoluto silencio. Nada sabía, por ejemplo, de la biblioteca, aunque deseaba volver a su estante.

[…]

Ante este dilema, decidimos buscar el libro que ya conocíamos, y enterarnos de las últimas noticias.

Lo encontramos sin dificultad, a unos cuarenta metros de la entrada, a la izquierda, en el séptimo estante. Aunque a gran altura, ambos lo reconocimos en seguida, pues los libros no eran iguales. Tenían un mismo color, rojo langosta, pero con distintos matices. En todos asomaban aquellas manitas inquietas que los mantenían en equilibrio; pero algo diferenciaba a los volúmenes. Era una diferencia de personalidad. Parecía como si la clase de conocimientos los individualizase sutilmente.

[…]

Encontramos la sección de los libros muertos en el extremo de la sala. Estos volúmenes eran de un lívido blanco, y, en su mayor parte, las manitas se habían secado y caído. Parecían envueltos en un polvo seco, o colgaban arrugados de otros libros, muertos recientemente.

Encontramos el volumen sin dificultad, y aunque no respondió con la urgente impaciencia de los vivos, sus informes fueron de una rapidez y exactitud mecánicas.

[La biblioteca]

Miramos hacia adentro. En los bastidores que cubrían las paredes descansaban perfectamente alineados unos globos similares al que ya conocíamos. Eran de distintos tamaños, dos veces más grandes en algunos casos que una cabeza humana; pero en las manos de sus propietarios no parecían mayores que las canicas con que juegan los niños.

El espacio entre los estantes era bastante ancho como para que los dos Moradores se movieran fácilmente entre ellos, y suficientemente algo; pero a causa de su longitud la sala daba una impresión de estrechez.

El que llevaba la historia viviente se adelantó unos pasos, seguido por su compañero, para devolver el volumen a su bastidor.

[…]

Era una sensación extraña. Aun en una biblioteca de libros muertos se respira una atmósfera de sabiduría, y se siente la presencia de numerosas mentes olvidadas y fantasmales. Cada sala tiene su propio aroma. Uno puede entrar con los ojos cerrados en la sección de libros religiosos reconociendo inmediatamente que no se está en la sección de biografías o novelas. La atmósfera de una sala dedicada a las obras de deportes no se parece a la de los libros de medicina. Así ocurre con los libros muertos, pero éstos estaban vivos. Libros vivientes, a un lado y a otro, que reclamaban que se les leyera, y que no podíamos leer. Su deseo era el nuestro, mas nos faltaba la llave del tesoro. Todos eran capaces de responder a alguna pregunta; pero, ignorando el contenido, les pedimos a algunos lo que no podían darnos, siendo rechazados por un involuntario silencio.

[…]

Nuestra búsqueda habría sido sin duda larga y dificultosa sin la ayuda de un índice que hallamos en la entrada, punto por donde iniciamos la búsqueda.

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  • Iulius

    Viernes, 21 de octubre de 2005 at 10:42 |

    qué hermosura, libros vivos que mueren cuando ya no pueden asimilar más información :O)
    gracias

  • Marcos Ros

    Viernes, 21 de octubre de 2005 at 12:16 |

    Maldita sea, ahora me tocará leerme ese libro que me compré hace tiempo y tenía abandonado en la estantería…

    Es que no puede ser.

  • Maria Elena Mateo

    Viernes, 21 de octubre de 2005 at 15:43 |

    ¡Eeeh! No os vayais a creer que esta novela trata de libros y bibliotecas. Lo que comento es sólo una pequeña parte del relato.

    Pero de todas formas, este libro es altamente recomendado porque está reconocido como “el más sobresaliente de los libros de ciencia-ficción escritos entre las primeras novelas imaginativas de H.G. Wells y las historias del futuro de Olaf Sapledon”.

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