La ciencia ficción nos habló de ella, imaginó múltiples mundos, aunque no nos preparó del todo para lo que realmente llegaría hasta nosotros y sus grandes implicaciones. Como las grandes revoluciones, su impacto se comportó como un tsunami. El agua se retira de forma calmada, generando estupefacción y sorpresa al espectador que la observa con incredulidad. No hace ruido, no hay señales de alarma en un inicio. Todo sucede en aparente silencio, sin grandes estruendos hasta que de súbito una marea parece inundarlo todo.
La inteligencia Artificial para funcionar necesita una cantidad ingente de datos para entrenar sus modelos. Sus necesidades son tan altas que no es suficiente todo el conocimiento generado por la Humanidad a lo largo de su historia para alimentarla y entrenarla, para mejorarla. Hoy, ha llegado al punto en el que necesita que el ser humano le comparta los documentos y las acciones intermedias. Aquellas que sirven para llegar a cierto destino ya sea intelectual como de proceso. Su apetito es tal que es irrefrenable, las expectativas de beneficio son altas que sobre la nueva big-next thing de Silicon Valley se vierten millones, aunque con un coste directo e indirecto que nadie podrá pagar la factura.
Todo empieza con coger lo que queda a mano (move fast, break things). Descargan información de repositorios como LibGen (más de 7 millones de documentos descargados) y páginas web. Cuando aumenta el cierto runrún de lo deshonesto de su acción, ya que es una empresa cuyo fin es el beneficio económico, deciden pagar y adquirir libros – preferiblemente anteriores a 2020 preferiblemente para que no estén contaminados por la IA – para escanearlos masivamente. La utilidad de estos libros finaliza en el momento que se digitalizan y después son destruidos. El libro de segunda mano se beneficia de este pico de demanda, pero estos documentos son sacadas del mercado para no volver. Libros descatalogados reconvertidos en pulpa de papel mientras el conocimiento depositado se pierde irremediablemente entre algoritmos.
Por ese uso no reglado, ni imaginado hace menos de una década, se les piden compensaciones económicas millonarias por su piratería o con acuerdos con medios de comunicación. Ese patrimonio cultural escaneado desaparece de una forma consciente obviando el impacto, mientras que inconscientemente lo hace todo el ecosistema informativo creado en la Web desde los años 90. El tráfico de los sitios web se desploma entre un 15-35% debido a la IA y la transformación del gran distribuidor de clics hasta el momento (Google) en un momento de cambio de la atención y de consumo de información. Pero, al mismo tiempo, la IA necesita de esa información para seguir siendo útil al tiempo que destruye los cimientos sobre los que se ha construido y sobre la que se mantiene útil y relevante. ¿Podrán mantenerse este gigante siendo viable sin los que alimentan sus modelos de negocio?
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