El hombre es el único animal capaz de tropezar dos veces con la misma piedra. En este caso, son las tecnológicas. En 2014, la gran G lanzó las Google Glass (con un precio de $1500). Un dispositivo que afirmaba dar un paso más hacia la computación ubicua y que no se parecía a unas gafas al uso. A simple vista, se detectaba a sus usuarios puesto que se distinguía la cámara y una pequeña pantalla donde se mostraba información.

Estas primeras gafas inteligentes disponían de una interfaz de control mediante gestos, una cámara que era capaz de tomar fotografías y vídeos en alta resolución (720p) y una pantalla que mostraba información. Las gafas permitían consultar Gmail o Google Maps, pero se le fueron añadiendo otras capas como el reconocimiento facial, interacción con redes sociales, ejercicio o traducción.
El dispositivo prometía un nuevo segmento dentro de los wearables, pero pronto se acuñó un nuevo término para designar a sus usuarios «glassholes.» – derivación del inglés assholes.- La preocupación sobre la captura de imágenes o audios no consentidos fue en aumento, así como su utilización para el reconocimiento facial en la vía pública. Las administraciones públicas, cines o casinos comenzaron a restringir el acceso a sus instalaciones con usuarios con estos dispositivos, no sólo por la grabación no consentida sino también por amenazas de ciberseguridad y que fuesen utilizadas por terceros. Google decidió dejar de distribuirlas en 2015, un año después de su lanzamiento.
Una década después, Meta lanza una nueva versión de gafas con cámara. Esta iteración del producto viene potenciado por la IA y la miniaturización de los componentes las hace mucho más difíciles de detectar a simple vista. Sin embargo, la situación es similar a la de hace diez años o puede que incluso peor con una mayor capacidad de procesamiento y conectividad. Aunque hubieron lecciones aprendidas en el antecedente incorporando una luz LED cuando el dispositivo está grabando, Meta se enfrenta a un fracaso de sus políticas para tratar de evitar las violaciones de privacidad de los usuarios de sus gafas.

Las redes sociales y la búsqueda de la viralidad de algunas tipologías de vídeos agravan el problema ya que se difunden rápidamente justamente en Instagram, otra de las plataformas de Meta. En este caso, la definición de sus early adopters es mucho más grave y define un comportamiento mucho más preocupante. Meta prosigue en su exploración de los límites con su ambición de incorporar el reconocimiento facial en sus gafas como haría Google una década antes. Parece que en un futuro deberemos llevar un código QR en la cara para evitar ser grabados e identificados sin nuestro consentimiento por un producto comercial.
Este problema sobre el uso que dan los usuarios a las capacidades tecnológicas de las cámaras no sólo va a ser un reto para la compañía de Zuckerberg, ya que tanto Google como Apple consideran lanzar sus propias versiones de gafas inteligentes antes de que acabe este año.
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