El Documentalista Enredado

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Un mundo feliz: Ni libros, ni rosas

Una de las tradiciones relacionadas con los libros que más me gusta es la que se celebra en Cataluña con motivo de la festividad de Sant Jordi. Esta celebración, que coincide con el Día Internacional del Libro (23 de abril), consiste en regalar una rosa y un libro a las personas queridas. Al principio, se trataba de una fiesta de enamorados, en la que estos regalaban a su amada una rosa; y con el tiempo, ellas correspondieron regalándole a ellos un libro. Yo me quedo con la versión moderna, en la que las mujeres además de rosas recibimos libros.

Seguramente para algunos, regalar y recibir libros por Sant Jordi tiene sólo el valor de la tradición. Estos libros simplemente pasarán a ampliar una librería formada exclusivamente por los regalados en esta festividad y otros compromisos, y jamás serán leídos.

Desde luego, no a todo el mundo le gusta leer o siempre encuentra buenas excusas para no hacerlo, pero dudo mucho que el rechazo a los libros y a la lectura les haya sido condicionado desde la infancia, como a los personajes que Aldous Huxley describe en Un mundo feliz.

En esta gran novela escrita en 1932, Huxley imagina una sociedad futura, en el año 632 después de Ford, en la que los individuos son engendrados de manera clónica y modificados genéticamente para que se adapten física y mentalmente a los trabajos para los que han sido creados, dando lugar a castas claramente diferenciadas. La “creación” y manipulación de los individuos, llega hasta el punto de condicionarlos desde la infancia para que acepten sus limitaciones y sean “felices” ejerciendo las labores a las que están destinados.

Evidentemente, las castas más bajas sólo deben desarrollarse adaptadas a los trabajos puramente físicos que deben realizar. Por ello: no necesitan inteligencia humana; no necesitan apreciar la belleza de las flores y la naturaleza, porque son placeres gratuitos que no generan trabajo a las fábricas; y desde luego, no puede permitírseles perder el tiempo de la comunidad en libros, existiendo siempre el riesgo de que leyeran algo que pudiera destruir uno de sus reflejos condicionados.

“Guardería infantil. Sala de condicionamiento Neopavloviano”, anunciaba el rotulo de la entrada.

El director abrió una puerta y entraron en una amplia estancia vacía, muy brillante y soleada porque la pared orientada hacia el sur era un cristal de punta a punta. Media docena de enfermeras, con pantalones y chaqueta de uniforme, de viscosilla blanca, los cabellos asépticamente ocultos bajo cofias también blancas, disponían jarrones con rosas en una larga hilera, en el suelo. Grandes jarrones llenos de flores. Millares de pétalos, suaves y sedosos como las mejillas de innumerables querubines, pero no exclusivamente rosados y arios bajo aquella luz brillante, sino también luminosamente chinos y mexicanos y hasta apopléjicos a fuerza de soplar en celestiales trompetas, o pálidos como la muerte, con la póstuma blancura del mármol.

Cuando el DIC entró, las enfermeras se cuadraron rápidamente.

-Coloque los libros –ordenó el director.

En silencio, las enfermeras obedecieron la orden. Entre los jarrones de rosas, los libros fueron debidamente dispuestos: en una fila los libros infantiles se abrieron y mostraron de forma llamativa alguna imagen alegremente coloreada de animales, peces o pájaros.

-Y ahora traigan a los niños.

Las enfermeras se apresuraron a salir de la sala y volvieron al cabo de uno o dos minutos; cada una de ellas empujaba una especie de carrito de té muy alto, con cuatro estantes de tela metálica y un crío de ocho meses en cada uno. Todos eran exactamente iguales, como correspondía a un grupo Bokanovsky, y todos vestían de color caqui porque pertenecía a la casta Delta.

-Póngalos en el suelo.

Los carritos fueron descargados.

-Y ahora sitúenlos de modo que puedan ver las flores y los libros.

Los chiquillos inmediatamente guardaron silencio y empezaron a arrastrarse hacia aquellas masas de colores vivos, aquellas formas alegres y brillantes que aparecían en las páginas blancas. Cuando ya se acercaban, el sol palideció un momento, eclipsándose tras una nube. Las rosas llamearon, como a impulsos de una pasión interior; un nuevo y profundo significado pareció brotar de las brillantes páginas de los libros. De las filas de los críos que gateaban llegaron pequeños grititos de excitación, gorjeos y ronroneos de placer.

El director se frotó las manos.

-¡Estupendo! –exclamó-. Ni hecho a propósito.

Los más rápidos ya habían alcanzado su meta. Sus manitas se tendían, inseguras, palpaban, agarraban, deshojaban las rosas transfiguradas, arrugaban las páginas ilustradas de los libros. El director esperó hasta verlos a todos alegremente atareados. Entonces dijo:

-Fíjense bien.

La enfermera jefe, que estaba de pie junto a un cuadro de mandos al otro extremo de la sala, bajó una pequeña palanca.

Se produjo una violenta explosión. Cada vez más aguda, empezó a sonar una sirena. Los timbres de una alarma se dispararon ruidosamente.

Los chiquillos se sobresaltaron y rompieron a gritar; sus rostros estaban convulsos de terror.

-Y ahora –gritó el director porque el estruendo era ensordecedor-, pasaremos a reforzar la lección con un pequeño electroshock.

Volvió a hace una señal con la mano y la enfermera jefe pulsó otra palanca. Los chillidos de los pequeños cambiaron súbitamente de tono. Había algo casi demencial en los gritos agudos, espasmódicos, que brotaban de sus labios. Sus cuerpecitos se retorcían y cobraban rigidez; sus miembros se agitaban bruscamente, como obedeciendo a un calambre.

-Podemos electrificar toda esta zona del suelo –gritó el director, como explicación-. Pero ya basta.

Las explosiones cesaron, los timbres enmudecieron y el zumbido de la sirena disminuyó de tono hasta reducirse al silencio. Los cuerpecillos rígidos y retorcidos se relajaron, y lo que había sido el sollozo y el aullido de unos niños desatinados volvió a convertirse en un llanto normal inspirado por el miedo.

-Vuelvan a ofrecerles las flores y los libros.

Las enfermeras obedecieron, pero ante la proximidad de las rosas, nada más ver las alegres y coloreadas imágenes de los gatitos, los gallos y las ovejas, los niños se apartaron con horror, y el volumen de su llanto aumentó de repente.

-Observen –dijo el director, en tono triunfal-, observen con atención.

Libros y ruidos fuertes, flores y descargas eléctricas; en la mente de aquellos niños ambas cosas se hallaban ya fuertemente relacionadas entre sí, y al cabo de doscientas repeticiones de la misma o parecida lección formarían ya una unión indisoluble. Lo que el hombre ha unido, la naturaleza no puede separarlo.

-Crecerán con lo que los psicólogos llaman un odio “instintivo” hacia los libros y las flores. Reflejos condicionados definitivamente. Estarán a salvo de los libros y de la botánica para toda su vida. –El director se volvió hacia las enfermeras-. Llévenselos.

Llorando todavía, los niños vestidos de caqui fueron cargados de nuevo en los carritos y retirados de la sala, dejando tras de sí un olor a leche agria y un agradable silencio.

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