El Documentalista Enredado

Infonomía, Innovación, Análisis y Nuevas Tecnologías

En realidad, me encontré este relato, o puede que novela corta, de casualidad; rebuscando mis libros en busca de otra historia de similares características que se desarrollaba dentro de una biblioteca. Claro que no siempre se encuentra lo que uno busca, pero siempre se pueden hallar cosas interesantes sin que uno se lo llegue a plantear. Así pues, me encontré de sopetón con una historia que a buen seguro interesará a mis compañeros de profesión. Ahora podemos añadir un elemento más a nuestra mala fama, y es que si no devuelves los materiales que te llevaste prestados de la biblioteca alguien irá a buscarlos por las buenas o por las malas. En este caso por las malas me temo.

Lo que os adjunto es uno de los comentarios que Stephen King da en su libro Después de medianoche, de donde está extractado este texto. Se trata de un pequeño prólogo que muestra de dónde le surgen las ideas para ponerse a escribir, concretamente, este relato. No creo que sea una historia recomendable, desde un punto de vista literario, puesto que yo ni lo recordaba; sin embargo, como anécdota, puede pasar.

La mañana que se inició esta historia, yo estaba sentando a la mesa desayunando con mi hijo Owen. Mi esposa había subido a darse y una ducha y vestirse. Ya se habían hecho aquellos dos repartos vitales de las siete de la mañana: el de los huevos revueltos y el del periódico. Willard Scout, que visita nuestra casa cinco de cada siete días, estaba hablándonos de una señora de Nebraska que acababa de cumplir ciento cuatro años, y creo que tanto Owen como yo mostrábamos un par de ojos bien abiertos. En otras palabras, era una típica mañana laborable chez King.

Owen se apartó de la sección de deportes lo suficiente como para preguntarme si ese día iría al centro. Necesitaba un libro par un trabajo escolar y quería que yo lo recogiera. No recuerdo cuál era – tal vez Johnny Tremain o Mañana de abril, la novela de Howard Fast sobre la Revolución Americana -, pero era uno de esos libros que nunca se consiguen en las librerías, bien porque acaban de agotarse, bien porque están a untos de reeditarse, o una cosa por el estilo.

Le sugerí a Owen que lo buscara en la Biblioteca local, que es muy buena. Estaba seguro que lo tendrían. Murmuró algo. Sólo capté dos palabras, pero dados mis intereses fueron más que suficientes para despertar mi curiosidad. Las palabras eran “policía de biblioteca”.

Dejé de un lado mi mitad del periódico, utilicé el botón del volumen del mando a distancia para estrangular la voz de Willard en medio de su extático informe sobre el Festival del Melocotón de Georgia, y le pedí amablemente a Owen que repitiendo lo que había dicho.

Se mostró reacio a hacerlo, pero insistí. Al final me dijo que no le gustaba ir a la Biblioteca a causa de la Policía de Bibliotecas. Se apresuró a añadir que sabía que no existía tal cosa, pero que era una de esas historias que se metían en el inconsciente y se quedaban allí, latentes. La había oído de labios de su tía Stephanie cuando tenía siete y ocho años y era mucho más crédulo, y le inquietaba desde entonces.

Naturalmente, yo estaba encantado, porque cuando era niño también había tenido miedo a la Policía de Bibliotecas, ese cuerpo de agentes sin cara que irían a tu casa sin devolvías los libros cuyo plazo había vencido. Eso ya era bastante malo por sí solo, pero ¿qué sucedería si no encontrabas los libros en cuestión cuando aparecían aquellos extraños representantes de la ley? ¿Qué te harían? ¿Qué se llevarían para compensar los libros perdidos? Hacía años que no pensaba en la Policía de Bibliotecas (aunque sí lo había hecho después de la infancias, pues recuerdo claramente haber hablado de ello con Peter Straub y su hijo Ben hace seis u ocho años), pero ahora esas preguntas, espantosas y en cierta forma atractivas, se plantearon de nuevo.

Durante los tres o cuatro días siguientes me sorprendí pensando en la Policía de Bibliotecas, y mientras lo hacía empecé a vislumbrar el bosquejo de mi próximo relato. Así es como se me suelen ocurrir los relatos, aunque por lo general el período de reflexión es más largo que en este caso. Cuando empecé, el relato se titulaba La policía de las Bibliotecas, y no tenía una idea clara de cómo se desarrollaría la historia. Pensé que probablemente sería un cuento cómo, algo así como las pesadillas suburbanas del extinto Max Shulman. Al fin y al cabo, la idea era divertida, ¿no? ¡La policía de las bibliotecas! ¡Qué absurdo!

Sin embargo, comprendí algo que ya sabía: los miedos de la infancia son terriblemente persistentes. La escritura es un acto de autohipnosis, y en esta situación se produce un estado de total memoria emocional, en el cual los terrores que deberían haber muerto hace tiempo empiezan a funcionar y a hablar otra vez.

Es lo que empezó a sucederme mientras trabajaba con este relato. Al comenzar sabía que cuando era niño me gustaba la Biblioteca. ¿Por qué no? Era el único lugar donde un chico relativamente pobre podía conseguir todos los libros que deseaba. Sin embargo, al continuar escribiendo descubrí una verdad más profunda: también me daba miedo. Temía perderme entre las estanterías oscuras, temía ser olvidado en un rincón oscuro de la sala de lectura y quedarme encerrado toda la noche, temía a la vieja bibliotecaria de pelo azulado, gafas en forma de ojos de gato y boca casi sin labios que te pellizcaba el dorso de la mano con sus de dos pálidos mientras siseaba chiist si olvidabas dónde estabas y empezabas a hablar demasiado alto. Y efectivamente, temía a la Policía de Bibliotecas.

Lo que sucedió con un trabajo de más envergadura, una novela titulada Christine, empezó a suceder aquí. Al cabo de treinta páginas, el humor empezó a desvanecerse de la situación. Y la llegara las cincuentena, todo el relato dio un brusco viraje hacia los lugares oscuros que he recorrido a menudo y de los cuales todavía sé tan poco. Finalmente, encontré al tipo al que andaba buscando y me las arreglé para levantar la cabeza lo suficiente como para mirar sus despiadados ojos plateados. He intentado trazar un esbozo de él, Lector Constante, pero tal vez no sea muy bueno.

Verás, cuando lo hice me temblaban mucho las manos.

King, Stephen. Después de medianoche. Barcelona: Ediciones B, 1992

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    Lunes, 15 de noviembre de 2004 at 11:39 |

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    Lunes, 15 de noviembre de 2004 at 11:40 |

    […] ponsable del hundimiento del sector del libro”El policía de la Biblioteca”, extractoPolicia biblioteca

  • Yavannna

    Martes, 26 de octubre de 2004 at 18:26 |

    Interesante, muy interesante… que unos señores se dediquen a ir a buscarte a tu casa si devuelves tarde los libros… aplicación efectiva en más de una ocasión XD

    “temía ser olvidado en un rincón oscuro de la sala de lectura y quedarme encerrado toda la noche, temía a la vieja bibliotecaria de pelo azulado, gafas en forma de ojos de gato y boca casi sin labios que te pellizcaba el dorso de la mano con sus de dos pálidos mientras siseaba chiist si olvidabas dónde estabas y empezabas a hablar demasiado alto. Y efectivamente, temía a la Policía de Bibliotecas”

    Me encanta esta bibliotecaria… pelo azul y gafas de ojos de gato… no está mal 😀

    Realmente interesante el relato

  • Coxon

    Martes, 26 de octubre de 2004 at 18:56 |

    Menuda leyenda urbana tienen montada los americanos…

  • maria-elena

    Martes, 26 de octubre de 2004 at 22:27 |

    Debe tratarse de eso, de una leyenda urbana de ellos, porque en España los bibliotecarios nunca han tenido tanta presencia en la “sociedad” como para que se les tenga en cuenta en ninguna.

  • Catuxa

    Martes, 2 de noviembre de 2004 at 11:48 |

    Genial, no tenía ni idea del cuento, bueno la verdad es que el señor King es uno de mis autores pendientes… y ésto me ha abierto el apetito.

    P.D. J… si que era bonita la bibliotecaria!

  • Gran_zerdo

    Miércoles, 18 de mayo de 2005 at 13:55 |

    Este tio escribe los libros como churros … y asi la verdad no salen libros bien trabajados

  • Marcos Ros

    Miércoles, 18 de mayo de 2005 at 18:57 |

    Sí, hace mucho tiempo que dejé de leer sus libros. Se encuentra en franca decadencia.

  • El Documentalista Enredado » “El policía de la Biblioteca”, extracto

    Jueves, 2 de febrero de 2006 at 16:48 |

    […] Si alguien quiere más… — No Tags […]

  • El Documentalista Enredado » All I wanna do is blog!!!

    Jueves, 2 de febrero de 2006 at 16:52 |

    […] Literatura. […]

  • Este bibliotecario es un monstruo » El Documentalista Enredado

    Jueves, 20 de abril de 2006 at 18:07 |

    […] Como conclusión sorprendida, puesto que he llegado a este cuento buscando otra cosa en Internet, diré que las cosas que leen los niños de hoy en día son mucho más crueles de las que yo leía. Yo, a los catorce años, pasé directamente a Stephen King y creo que era menos cruel que esta historia. No hay peor manera de descubrir la naturaleza de uno mismo que la manera que aquí se relata. — literatura, bibliotecarios […]

  • anais

    Viernes, 7 de diciembre de 2007 at 19:37 |

    usted stephen-king es una persoa invcreivle nose si cre en esto pero los espiritus duendes etc existen teboy a esxplicar una istoria qe le paso a mi madre.Tenemos mi familia y yo un don el sexto sentido estaba en mi casa de campo mi amiga su madre y mi madre durmiendo en la casa solas i my madre sentio muchos ruidos en el piso de abajo como si ubieran muchas personas mobiendo cosas y ablando flojo entonces my madre abiszo a mi amiga y separo todo el ruido.ala noche siguiente paso lo mismo y mi amiga lo oio un poco al final entonces bajaron a bajo las dos y mi madre bio todo de luces de colores flotando mi amiga dijo un poema para qe se fueran al cielo y mi madre bio como flotaban asia el techo .puedo esplicarte muchas cosas y si tu mismo ves esto me vustaria qe lo publicaras en un libro dedicado a mi y le llamaras de algun nombre de los tuyos tengo 11 añyos pero soy diferente alos demas mi telefono es 6676487 si lo publicas me lo dices anais martinez garcia

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