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Mes: septiembre 2005

El futuro era esto

Entrevista a D.W. Griffith aparecida en The New York Times en 1915 sobre el futuro del cine:

Llegará un momento, y en menos de 10 años, en el que a los niños de las escuelas públicas se les enseñará prácticamente todo mediante imágenes en movimiento. Sin duda, nunca se verán obligados a volver a leer historia.

Por ejemplo, imaginen una biblioteca pública de un futuro cercano. Habrá largas filas de cajones, apropiadamente clasificados y catalogados, por supuesto. En cada cajón habrá un botón y, delante de todos ellos, un asiento. Supongamos que desean leer sobre cierto episodio de la vida de Napoleón. En lugar de consultar todas las fuentes, leer laboriosamente gran cantidad de libros y acabar apabullados, sin una idea clara de qué ocurrióexactamente y permanentemente confundidos por opiniones encontradas sobre lo acaecido, tan sólo se sentarán frente a una ventana debidamente ajustada, en una sala científicamente preparada, presionarán un botón y verán lo que pasó.

Extraído de: EDIDIN, Peter. Confundiendo a la Máquina Mágica: cómo se veía el futuro. En: Diario El País, selección de textos de ‘The New York Times’. Jueves, 22 de septiembre de 2005. Pág. 9, Madrid

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«El orden ideal» de Juan José Millás

Hubo una época en que fichaba todos los libros que entraban en casa hasta que un día, en plena catalogación de uno de Kafka, mientras recorría con el dedo las páginas de cortesía en busca del nombre del traductor, tuve el sentimiento de que estaba haciéndole a la novela uno de esos reconocimientos físicos que se les hace a los presos antes de meterlos en la celda. Me quedé espantado, así que dejé la ficha a medias y abandoné el libro en cualquier parte, aunque nunca tuve dificultad para encontrarlo. Llegaba a mi habitación, olía un poco el aire y el afecto me conducía a él con la misma eficacia que el orden alfabético. Desde entonces, he intentado ordenar mi biblioteca, y quizás mi vida, de algún modo que no exija la confección de una ficha policial, pero he fracasado sucesivamente.

Veamos: intenté hacer una clasificación temática, dividiendo la librería en grandes áreas: novela, ensayo, poesía… Hasta aquí la cosa es fácil; lo malo es cuando intentas clasificar a su vez cada uno de estos géneros y te pones a separa la novela histórica de la psicológica y esta de la policíaca; o el ensayo científico del literario, e incluso la poesía buena de la mala. Me di cuenta entonces de que me gustaban sobre todo los libros fronterizos, de manera que la línea divisoria entre unos y otros géneros era más ancha que los géneros en sí y la confusión de mi biblioteca y de mi vida volvería a ser la de antes. Me enseñaron entonces un programa de ordenador en el que, una vez introducidos los datos, encontrabas el libro dándole a cuatro teclas. Funcionaba bien, pero lo deseché porque cada vez que le pedía al programa un libro tenía de nuevo la impresión de ir a visitar a un preso.

Finalmente, los fui dejando donde me daba la gana, como había hecho antes de que tuviera aquel ataque de profesionalización. Pese a ello, los encuentro con facilidad, igual que la novela ya citada de Kafka. Alguno, es cierto, se me resiste o se pierde, pero no porque esté mal colocado, sino porque no me interesa. De manera que las fichas sirven, fundamentalmente, para encontrar lo que uno no quiere, lo que, bien mirado, resulta completamente absurdo. Y para poner orden, lo que resulta peligroso.

Extraído de: MILLÁS, Juan José. Cuerpo y prótesis. Madrid: Suma de letras, 2001. Pág 285 – 286

Ver también:

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La Biblioteca Imposible

Uno de mis trabajos consiste simplemente en navegar por la Red a ver con qué me sorprenden. En general, podría considerarse un trabajo un tanto tedioso, que no diré que no lo es, por la mayoría de las personas, pero de vez en cuando encuentro algunos tesoros que me gusta compartir, en general en forma de correo.

El que os dejo hoy es algo muy curioso y al que os invito a que perdáis un rato con él. Se trata de una exposición artística denominada La Biblioteca Imposible que se pudo ver en Art Futura en Barcelona durante octubre de 2001. También disponemos de una versión online para comprobar cuál hubiese sido el resultado si hubiésemos estado allí.

Su autora, María Laura Piaggio, define esta obra en su página web:

Esta instalación es mi exploración del territorio poético del espacio. Cada libro explora un posible repertorio de imágenes e interacciones entre un texto «virtual» y una estructura física que actúa como interfase y espacio de proyección.

Desarrollé mi exploración en dos niveles:

  1. La «materialización» de libros imposibles (estructuras digitales) sobre la estructura física de un libro. Un objeto-fetiche: un libro en blanco deviene interfaz.
  2. El resultado plástico originado en el «desfasaje» entre una materialidad (papel/libro), sobre el que la tipografía ya no está adherida, sino sólo proyectada.

Un resultado en el que interviene también el movimiento de las páginas y la sucesión de las proyecciones provocadas por la acción del usuario, las transparencias del material y las sombras.

Para mí, el resultado es impresionante, además de bastante curioso.

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Ramón Fita, director del Archivo del Arzobispado de Valencia

– ¿Qué hace el director del Archivo del arzobispado?

– Tratar de mantener la documentación generada por la curia de la diócesis y las instituciones eclesiásticas. Es un esclavo de los papeles, porque cualquiera de ellos, por insignificante que parezca, es importante. Este archivo tiene material fechado sobre todo a partir de 1939, porque lo anterior desapareció en 1936, cuando se lo llevaron a las fábricas de Buñol para convertirlo en pasta de papel. Aquí había 13.000 fardos con documentación a partir de 1238 y lo que queda es lo traspapelado y una serie bastante completa de ordenaciones a partir del siglo XIX.

– Es una situación paradójica, porque tras las revueltas de 1936 es el propio servicio de archivos de la República el que intenta salvar lo que puede, ¿no cree?

-No, no. Es el cuerpo de archiveros, que en 1937 viene con el Gobierno a Valencia, el que salvó esto. Eran profesionales, no políticos. Y el archivero tiene una vocación especial por respetar los documentos. No todo el mundo vale, sabe, porque es apasionante ayudar al investigador, pero es estar en un zulo. Una de esas personas que vino de Madrid era un valenciano, Mateu i Llopis, que había investigado en este archivo. Él salvó un buen número de archivos que se habían llevado ya a Buñol. Lo que hacía era cambiar los legajos por papel moderno, así que tuvo que eliminar la mayor parte de hemerotecas. En definitiva, los hechos de 1936 fueron una tragedia insuperable para este archivo. Sólo se salvó una pequeña parte (600 cajas de un total de 13.000 fardos).

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Sobre la desaparición de la biblioteca de Alejandría

[…] Un ejemplo es la biblioteca de Alejandría. Fundada alrededor del año 300 a.C., se convirtió, bajo el gobierno de los primeros ptolemaicos de Egipto, en un imperecedero símbolo de cultura y sabiduría antes de desaparecer en la arena y el mar menos de 1.000 años después. “Era la biblioteca por antonomasia” afirma Roger Bagnall, historiador de la Universidad de Columbia en Nueva York. “Ha influido a cualquiera que se haya planteado construir una biblioteca». Nadie, se queja Bagnall, sabe cuáles eran sus dimensiones o qué contenía en realidad.

La desaparición de la biblioteca también está rodeada de mitos. Una leyenda cuenta que los libros ardieron cuando César conquistó Alejandría en el año 47 a.C., pero la biblioteca seguía en pie en el siglo IV, según informes históricos. Bagnall cree que el abandono fue lo que mató a la biblioteca. “Los libros se pudren», incluso los papiros libres de ácidos, y señala que no existen datos de ninguna inversión para mantener la biblioteca después de los primeros ptolemaicos.

Para cuando las bandas cristianas saquearon la biblioteca a finales del siglo, por tratarse de una institución pagana, probablemente quedara poco que destruir. “La residencia palaciega ya estaba bastante ruinosa por aquel entonces. Nada de lo que había sobrevivido a la putrefacción superó aquello” afirma Magnall. Más tarde, en el año 642, los árabes trasladaron la capital de Egipto a la región de El Cairo, y Alejandría se sumió en la oscuridad. […]

Extraído de: OVERBYE, Dennis. Nueva Orleáns trae a la memoria la Atlántida. En: Diario El País, selección de textos de ‘The New York Times’. Jueves, 15 de septiembre de 2005. Págs 1 y 4, Madrid

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El síndrome del blogger quemado

Cayendo reiteradamente en mis contradicciones, hace una semana escribía un texto un tanto pesimista sobre mi situación como biblioblogger, que no como blogger, considerando que tal vez no volvería a escribir en esta bitácora. Es curioso que ahora me vea delante del editor de textos escribiendo de nuevo para un sitio sobre el que dije que me tomaría un tiempo antes de volver a publicar. Puede mi caso sea el de un blogoadicto, pero dejaré esa sintomatología para otro texto, si alguien no se aventura antes, centrándome en este caso en otro de los síndromes de la blogosfera: El blogger quemado.

Concretamente en aquel artículo aciago de resignación y renuncia, opinaba que no me veía con la capacidad de escribir nada más para este blog. Las razones aducidas eran diversas, pero básicamente me encontraba un tanto cansado, o más bien saturado, del esfuerzo que había realizado durante el año largo de existencia de esta bitácora. Es probable que entonces pareciese que la condenase a su desaparición, y por ende mía, de la blogosfera; sin embargo, hoy heme aquí, delante de un ordenador, tratando de imponer el orden a las ideas, escribiendo un nuevo texto que no he podido evitar redactar, como si a la cabeza aún dispusiese de carburante. Al menos para uno más.

Sí, el motor se enciende, pero lo hace de la forma más egocentrista posible, considerando mi problema como algo global al que muchos bloggers se enfrentan cada día. Es curioso que entre tantas personas no nos hayamos percatado que algo parece fallar en un momento determinado en el mantenimiento de un blog. Así que me veo con las fuerzas para tratar de reflejarlo, a pesar de que habrá quien creerá que este punto está fuera de lugar, que mis opiniones son completamente erróneas. Probablemente, pero personalmente considero que muchos de nosotros llegamos a un punto en que un post más es una tortura, un comentario de recriminación es un paso hacia atrás, una pequeña penalización hacia lo que se convertirá en nuestro abandono (temporal o total) de la blogosfera.

Pero dejadme que me explique antes de que se os encienda el alma, permitidme una vez más desarrollar mis consideraciones y después podréis hablar, aquí mismo o en otro lugar, sobre la existencia, o no, del síndrome del blogger quemado.

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«Asesinos de Libros» de A. Pérez-Reverte

Ver matar a un hombre, escucharlos gritos de una mujer violada o ver cómo arde una biblioteca son tres experiencias dudosamente recomendables. De todas ellas ostento el dudoso honor de haber sido testigo. Mencionadas aquí, en frío, tan bárbaras actividades parecen propias, en exclusiva de escenarios brutales y distantes. Ya saben, tipos barbudos y sanguinarios. Y, sin embargo, todas pertenecen a la historia de la Humanidad hasta el punto de que a menudo se dan juntas en el mismo tiempo y lugar, a modo de manifestaciones de un horror idéntico y común: el que late en la condición humana.

Dejaré el tiro de la nuca y las mujeres que gritan para otra ocasión. A fin de cuentas, los libros que arden son síntoma de lo mismo, y arrancan del impulso infame que pinta la angustia indeleble en los ojos de una mujer o siembra los maizales de hombres con la garganta abierta y las manos atadas a la espalda. Todo es el mismo horro. Todo es la misma guerra.

Hace unos meses vi arder una biblioteca. Ardió durante toda una noche y una mañana, con los papeles y libros como pavesas, volando entre las paredes en llamas en todas direcciones, cayendo sobre la ciudad convertidos en cenizas. La ciudad se llama – todavía – Sarajevo.

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