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El Documentalista Enredado Entradas

De los soportes a la multiplataforma y a los monopolios

Hace unos días, escuchando un podcast sobre series, los tertulianos rememoraban con nostalgia sobre aquellos tiempos cuando se compraban packs enteros de temporadas en DVD. Esto me hizo rememorar cuánto tiempo había pasado desde que yo no había comprado una película en DVD (mucho) y cómo ha cambiado el consumo de la cultura en los últimos años. Es curioso como en estas fechas, en las que muchos andamos a la búsqueda de algún regalo, la opción del CD o del DVD hayan caído en el cuasi-olvido (por fortuna el formato libro aguanta estoicamente todavía). Netflix, la plataforma facilitadora de este gran cambio en el consumo audiovisual, no sólo ha cambiado el canal mediante el cual consumimos este tipo de contenidos, sino también el soporte sobre el cual lo hacemos. Me sorprende todavía que en la carrera de las pulgadas en los salones de la casa (de aquellos que dispongan alguno), finalmente acabemos en el metro consumiendo nuestras series preferidas a través de una pantalla de 5 pulgadas.

Respecto a la música, la melonamía ha quedado desbaratada. Ya no es necesaria la acumulación de nuestros discos favoritos. Sólo necesitas un pago mensual y tienes a tu alcance de casi todo lo que se ha distribuido comercialmente en la historia de la música. Spotify también ha establecido cómo debe ser la relación con la música y lo mejor de todo es que a final de año nos puede susurrar qué es lo que hemos escuchado durante el año. En mi caso, al consultar cuáles habían sido mis escuchas durante 2019, me llevé la sorpresa de que sólo había escuchado 150 canciones.

Precisamente, uno de los aspectos sobre lo que más se incide respecto a las plataformas de streaming de música es que nos gusta escuchar la música en modo bucle. Es decir, que realmente la mayoría de nosotros no necesita estar suscrito a una plataforma como Spotify puesto que tendemos a escuchar lo mismo todo el tiempo por lo que la adquisición más que la suscripción tiene más sentido. Podría decirse que en mi caso tienen toda la razón.

Y, ¿los libros? De momento, las ventas aguantan si bien es cierto que el consumo en libros no es comparable a la accesibilidad de la televisión o de la música. El lector de libros es alguien que gusta del soporte y si bien Amazon con sus Kindles ha tratado de romper el ecosistema editorial, el libro tradicional aguanta el envite bastante bien. Es cierto que el libro electrónico aporta nuevas herramientas que el libro tradicional no puede aportar, sin embargo la sorpresa proviene de un soporte que sabe aguantar el envite.

Internet, la movilidad, la miniaturización de los dispositivos y el aumento de sus capacidades ha transformado completamente el ecosistema de distribución de la cultura. En cualquier momento y en cualquier lugar, dispones de acceso a bibliotecas, mediatecas y fonotecas infinitas. Es cierto que la ha hecho mucho más accesible y más ubicua, pero concentrándola en muy pocos actores con el peligro que ello conlleva respecto a los propios requerimientos que podrían establecerse en un futuro respecto al acceso de los mismos. Además, al mismo tiempo, presenta una problemática relevante puesto que este acceso sólo podrá estar al alcance de aquellos que puedan pagarlo (dispositivo, conexión y distribución). Si bien es cierto que el acceso es relativamente barato puesto que las plataformas de distribución tienen como objetivo llegar a un público masivo, existe un peligro de exclusión y de acceso a esa cultura.

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Sobre el final del libro

Los gurús llevan tiempo intentando enterrar el libro. A principios del siglo XIX, la floreciente popularidad de los periódicos – sólo en Londres se editaban más de cien – llevó a muchos observadores a suponer que los librosestaban a punto de quedarse obsoletos. ¿Cómo iban. competir con la inmediatez de la hoja diaria? «Antes de que acabe el siglo, el periodismo será todo lo que se imprima, abarcará todo el conocimiento humano_ – proclamó el poeta y político francés Alphonse de Lamartine en 1831 -. El pensamiento se expandirá por el mundo a la velocidad de la luz, concebido al instante, instantáneamente escrito, entendido de inmediato. Cubrirá la Tierra de un polo a otro: súbito, instantáneo, inflamado del fervor del alma que lo alumbró. Será el reino de la palabra humana en toda su plenitud. El pensamiento no tendrá tiempo de madurar, acumularse en la forma, morosa y tardía, de un libro. Hoy el único libro posible será el periódico.»

[…] Hacia finales de aquel siglo los libros seguían ahí, conviviendo impávidos con los periódicos. […] Durante el siglo XX la lectura de libros soportaría un ataque frontal de enemigos aparentemente mortales: el cine, la radio, la televisión. Hoy los libros siguen siendo los objetos comunes de siempre, y no hay ningún motivo para suponer que las obras impresas vayan a dejar de producirse ni de leerse, en medida muy considerable, a medio plazo.

Superficiales de Nicholas Car, 2010

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Qué es el Google Dorking

Las técnicas de Google Dorking, también denominadas Google Hacking, consisten en utilizar comandos de búsqueda avanzados de Google para obtener información que no se obtienen mediante técnicas normales de búsqueda. Estos comandos de búsqueda van desde el conocido “site” o “title”, sin embargo pueden ser usados como técnicas de hackeo de páginas web o servidores.

El término de Google Hacking fue utilizado por primera vez en 2002 por Johnny Long. Long comenzó a recopilar comandos de búsqueda en Google que dejaban al descubierto sistemas vulnerables o información sensible (números de la seguridad social o incluso números de tarjetas de crédito) y comenzó a etiquetarlos como GoogleDorks. Finalmente, debido al interés por su iniciativa creó la Google Hacking Database donde se recopilan todas estas ecuaciones de búsqueda.

El objetivo de esta recopilación es que los responsables de los sitios web realicen las búsquedas por ellos mismos como método preventivo y que sean capaces de detectar esos errores y fugas de información.

Estas técnicas de hackeo hacia servidores y sitios web se han extendido tanto hacia otros buscadores como Bing y hacia otros dispositivos conectados en la Web como dispositivos IoT.

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Cuando el tagging se convierte en nocivo (en el MundoReal™)

Una de las cosas que la Web 2.0 trajo consigo es el etiquetado tanto de artículos, fotografías como de otro tipo de documentos. Estas etiquetas, asignadas en muchas ocasiones libremente por los usuarios de este tipo de servicios, son palabras clave cuyo fin es permitir a otros usuarios del mismo servicio localizar información y artículos relacionados.

Este sistema de clasificación de información de los que se sirve servicios bien conocidos como Twitter o Instagram es una buena idea en un principio. Por ejemplo, en el caso de Twitter sirve para la detección de las tendencias en distintos ámbitos de clasificación de la información, ya se geográficamente como temáticamente. Y a pesar de que esta acción parezca ser superflua en primera instancia, tiene un impacto en el MundoReal™.

Algo tan inocente como un turista o un vecino añadiendo una etiqueta a una fotografía que se acaba de hacer de un elemento natural que le resulta bonito o simplemente interesante puede llegar a convertirse en un problema precisamente para la conservación de aquello que acabamos de inmortalizar. De hecho, ya hay Parques Naturales como Keep Jackson Hole Wild que están pidiendo a sus visitantes que no Geo-localicen sus fotos en un intento de preservar los espacios naturales del parque.

Un ejemplo a pequeña escala es el Broccoli Tree que acabó siendo vandalizado y finalmente talado precisamente por su popularidad en Instagram. El árbol fue popularizado por Patrik Svedberg que realizó durante meses de un árbol situado en Suecia. Poco a poco, el árbol fue adquiriendo popularidad convirtiéndose en una pequeña atracción turística y ganándose un hueco como celebridad en Instagram con 30.000 seguidores. Sin embargo, en 2017, alguien cortó una de sus ramas y posteriormente alguna autoridad local decidió que había que cortar el árbol entero poniendo fin a este pequeño rincón natural.

De esta forma, un sistema que sirvió para destacar un elemento natural y que personas de todo el mundo lo conociesen y apreciasen, sirvió también para acabar con él. Algo que también se puede comprobar a mayor escala en espacios naturales como Maya Bay que tuvo que ser cerrada para tratar de recuperar su ecosistema ante la gran afluencia de turistas.

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Tú en tu burbuja (de información)

2018 fue el año que se le cayó la careta de Facebook definitivamente. Detrás de la imagen, un tanto amable de Mark Zuckerberg, ya puesta en duda en la película de David Fincher La Red Social, en la que se mostraba al CEO de Facebook como una persona ambiciosa y sin apenas escrúpulos (aunque se le trataba de edulcorar hacia el final de la cinta); descubrimos una realidad en la que lo sencillo es traficar con nuestros datos casi con total impunidad. Así, tras disculpa tras disculpa, Facebook ha ido escurriendo el bulto durante todo el año.

Sin embargo, hace ya bastante tiempo que se nos advirtió que cuando algo era gratis, el producto éramos nosotros. En definitiva, que alguien estaba explotando esa información que desinteresadamente, casi sin darnos cuenta, estábamos dándoles un pozo de información de la cual se podía extraer un beneficio económico.

No nos llevemos a engaño. Cada vez que conectamos un servicio adicional (Spotify, iVoox, etcétera) a Facebook o a Google, le estamos dando una llave a acceder a una gran cantidad de información a una y a otra empresa. Una información que nos descubre quiénes somos a terceros hasta extremos que como usuarios no podemos imaginar. Os invito a que os paseéis por la web de Google My Activity o vuestro historial de localizaciones para descubrir qué sabe Google de vosotros. Por supuesto que esto es sólo una pequeña parte de lo que la empresa de la gran G sabe de nosotros.

Esta información no sólo sirve para saber qué nos ha interesado, si no también qué nos puede llegar a interesar. En el caso de Google, en diciembre de 2009, implementó un algoritmo para ajustar los resultados al usuario. De esta manera, buscásemos lo que buscásemos, Google trataría de acomodar la información que nos proveyese atendiendo a nuestros gustos. Por ejemplo, dependiendo de la información que tuviese la empresa de Mountain View, cuando buscásemos “partido político” podría preponderar información sobre partidos de la izquierda o de la derecha partiendo de nuestras búsquedas previas y nuestras preferencias.

Este filtro burbuja ya establecido provoca que nos veamos limitados a la hora de obtener la información más relevante ante una búsqueda. Realmente Google nos ofrece lo que queremos leer, no la información más completa y mejor. Esto puede derivar hacia que la próxima batalla se va a establecer respecto a qué datos pueden ser usados y cómo en cuanto usamos la red. La privacidad se está convirtiendo en una característica de los productos de Apple sin ir más lejos.

En España, tenemos un ejemplo respecto a la ley que permite recopilar datos a los partidos políticos para definirnos ideológicamente. Este movimiento legislativo ya ha sido contestado por la Agencia de Protección de Datos española afirmando que es ilegal recopilar información sobre la ideología de las personas, aunque obviamente parezca que esa información ya se encuentra recopilada y disponible para quien quiera usar de ella.

Ya se ha demostrado que en Twitter (y por supuesto en cualquier red social) seguimos a personas que tienen nuestros mismos puntos de vista, que no seguimos a personas del signo contrario. El riesgo es que se nos intente manipular de cierta manera para que cambiemos nuestro punto de vista, que no alcancemos la información que nos daría un contrapunto y que nos hiciese cuestionar nuestras creencias previas. De esta manera, una fuente podría darnos una información falsa interesadamente, dándonos una confirmación de algo que tenemos nosotros prefijado previamente y que no necesariamente se acercase a la realidad.

En definitiva, el riesgo no es la información, sino la desinformación y la manipulación como se ha ido demostrando los últimos años. Una vez más, como consumidores de información debemos considerar qué fuentes de información consultamos, qué ética se persigue y si realmente esta fuente de información es real o de humor (¿cuántas personas de habla hispana y no hispana saben que El Mundo Today es un medio satírico?).

Actualmente, el acceso a la información es casi inmediato, pero sin filtro. El filtro lo establecemos cada uno de nosotros con nuestra experiencia, aunque gracias a los algoritmos serán otros los que decidan cómo y qué tipo de información consumiremos.

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La otra barra de internet: los comentarios

Alguien me comentó una vez divertido que cuando visitaba un medio de comunicación, tenía querencia por leerse el titular y pasar directamente a los comentarios mientras se reía. Me pareció un punto de vista interesante, ya que acababa de despreciar el contenido del medio de comunicación por la conversación que se generaba, y además marcaba otro lugar fuera de lo que actualmente se considera que el lugar donde deben realizarse las conversaciones de bar digitales: Twitter. Por supuesto que la red social no está marcada tan sólo por polémicas informativas, ya que se han llegado a diferenciar hasta seis tipos de conversaciones en Twitter, pero no me parecía sensato que se abonase el terreno dentro de una web para discutir casi de cualquier cosa porque, como es obvio, la conversación podría escalar hasta límites insospechados.

Tampoco debemos olvidar que no sólo los medios de comunicación generan polémicas alrededor de los comentarios ya que sitios de compra o de recomendación como Amazon o Tripadvisor también los poseen dentro de su ámbito. Por lo tanto, como podemos comprobar cómo gestionar la participación de los usuarios y los lectores dentro de las webs ha sido intenso y complejo. En el caso de los medios, ¿qué valor añadido pueden dar? ¿realmente fomentan el debate y la generación de argumentos, contraargumentos e ideas? ¿o simplemente se trata de armar una discusión abonada al insulto o a afirmar que el otro no tiene ni idea sin atender a nuestras propias argumentaciones?

Desde luego, que más allá de la problemática de gestión que generan los comentarios en un medio de comunicación, también hay que tener presente que los profesionales que firman un artículo también se pueden llegar a sentir afectados de cierta manera sobre el debate sin freno que pueden generar. Sin embargo, aunque el debate se ha extendido incluso teniendo que dar explicaciones en algunas ocasiones debido a la virulencia de los comentarios, que un medio renuncie a los comentarios es renegar de una parte del valor que generan los contenidos. Y aunque es cierto que ese debate se ha trasladado hacia otras fuentes de información y de difusión como son las redes sociales, esos comentarios permiten a los medios de comunicación construirse una identidad tanto dentro de internet como fuera de ella.

Por eso, en un primer momento, los medios de comunicación no percibieron la polémica con los comentarios como un problema, si no como algo positivo. Principalmente, porque la presencia de que algún usuario incitase a la polémica servía a la retención del resto de los usuarios, a registrarse en el medio y por supuesto a que permaneciesen más tiempo en la página. Claro que finalmente el contenido del artículo no era lo importante y se veía desplazado por las descalificaciones que se entrecruzaban unos y otros. Se alcanzaba un punto que los propios autores de las piezas informativas debían evitar la lectura de esos comentarios puesto que descubrían que lo importante no era lo que se relataba en ellos sino más bien la viralidad que se podía obtener de ellos.

Sin embargo, los medios de comunicación han tratado de cuidar los comentarios desde un primer momento tratando de controlar el ámbito y las buenas formas. Simplemente para dar un valor añadido a los artículos. Lamentablemente, en algunas ocasiones, las peores cosas de los propios medios de comunicación son los lectores y desde luego que tener la posibilidad de decir no implica tener algo que decir y es lo que siento cuando yo mismo leo los comentarios de algunas noticias.

Imagino que cuando ya se alcanzan las descalificaciones personales es cuando el asunto se descontrola. En el pasado, las cartas al director eran una vía de salida a aquellos lectores enfadados con el medio. Por supuesto que eran otros tiempos cuando todo se destilaba de una forma más tranquila y sin las premuras de esta sociedad líquida. En cualquier caso, los medios de comunicación todavía no han acabado con la posibilidad de que sus lectores aporten sus puntos de vista a través de los comentarios y desde luego no parece que sea una opción que vaya a cerrarse en el medio plazo.

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Dorothy Porter, la bibliotecaria que cambió la catalogación para hacerla menos racista

The only rewarding thing for me is to bring to light information that no one knows. What’s the point of rehashing the same old thing?

Dorothy Porter

Dorothy B. Porter (1905 – 1995) fue una bibliotecaria afroamericana que decidió catalogar durante la década de los años 30 del siglo XX los libros de los autores de color junto a sus colegas blancos retando un sesgo racial dentro del sistema de catalogación decimal de Dewey.

Porter tuvo una carrera destacada y reconocida muy pronto. Se convirtió en la primera mujer afroamericana que completó sus estudios en la Universidad de Columbia obteniendo en 1931 el Bachelors y el Masters (1932) of Science in Library Science. Durante los años que estuvo trabajando en el Moorland-Spingarn Research Center (1933-1973) de la Howard University (EEUU), la colección pasó de 3.000 a 180.000 libros convirtiéndose en un referente durante este tiempo como centro de información y conocimiento sobre la cultura afroamericana, así como por su labor de colección, mantenimiento y preservación de documentos y objetos relacionados con la historia Africana y afroamericana.

Entre otras publicaciones, Porter es autora de las obras de referencia dedicadas a la cultura afroamericana “North American Negro Poets: A Bibliographical Checklist” (1945), “Negro Protest Pamphlets” (1969), “The Negro in the United States, A Selected Bibliography” (1970) y “Afro-Braziliana: A Working Bibliography” (1978).

Según relataba ella misma, en el sistema de Dewey, existía una sección (326) para la esclavitud y otra sección, la 325, para la colonización. Hasta ese momento, se había utilizado el 325 para clasificar a todos los autores ya se tratase un libro de poemas o de cualquier otra naturaleza debajo de estas seccion, lo que para ella era completamente estúpido.

Por ello, Porter comenzó a clasificar las obras por género y por autor para resaltar el papel fundamental de los afroamericanos en todas las áreas temáticas, que ella identificó como arte, antropología, comunicaciones, demografía, economía, educación, geografía, historia, salud, relaciones internacionales, lingüística, literatura, medicina, música, ciencias políticas, sociología, deportes y religión.

La labor de Porter para tratar de ampliar la forma de entender el mundo más allá del punto de vista occidentalizado debería ser reconocida más a menudo. Esta bibliotecaria abordó la marginación de la escritura sobre y por las personas afroamericanas a través de su revisión del sistema de clasificación bibliotecario Dewey, sin embargo su trabajo trasciende este ámbito puesto que ella contribuyó de forma decisiva en la creación de uno de los fondos documentales más relevantes dentro de Estados Unidos dedicados a esta cultura.

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