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Categoría: Tecnología

Y si Facebook llegase a tener demasiado poder

Facebooks rules the world

No nos hemos dado cuenta, pero poco a poco hemos ido abandonando la web. Fue poco a poco, sin pretenderlo, pero nuestra web se hizo más pequeña. Pasamos de los monitores de 17 pulgadas a los monitores de cinco pulgadas y si en aquel momento nos costaba leer un texto largo, es comprensible que actualmente ante una letra de siete puntos nuestros ojos nos pidan un descanso.

Pero fue Facebook, a pesar de que comience a sentir en sus carnes el relevo generacional y que nos hayamos cansado de publicar lo que hacemos en nuestro muro, fue el primero en percatarse de que el futuro pasaría por el móvil, que todos los contenidos se consumirían mediante este dispositivo y que los portátiles pasarían a mejor vida. Que era vital posicionar la icónica F blanca en nuestras pantallas.

Atrás van quedando las polémicas de si Facebook es realmente una red social como se entendía en sus principios. Una red social entendida como un lugar donde conectarse con las amistades que realmente conocíamos y que se encontraban sujetas más o menos al número de Dunbar. No, desde luego que ya no lo es en muchos de los casos. Pero hay que tener presente que Facebook siempre ha sido temerosa de su propia obsolescencia -consciente diría yo- afanándose en adquirir o tratar de hacerlo las nuevas tecnologías que le salían al paso, que podrían hacerle sombra: Whatsapp, Instagram, Oculus… Porque sí, a pesar de que conecte a más de mil millones de personas en el planeta, Facebook tiene miedo. Miedo a su propia irrelevancia a que sus usuarios la abandonen como hicieron con otras plataformas como el MSN Messenger.

Para ello, se ha dispuesto a comerse Internet. Desplazarse a los nichos donde otras plataformas se sitúan con el único objetivo de servir información mientras la recopila silenciosamente, sin que nos percatemos de ello.

Facebook es actualmente una de las principales empresas publicitarias de Estados Unidos. Junto a Google, Microsoft, Yahoo y AOL, la empresa de Mark Zuckerberg factura anualmente 5 billones de dólares (10% del total). Sin embargo, el dinero publicitario todavía no ha sabido posicionarse en el móvil, mientras que se enfrenta a retos evidentes como los bloqueadores de publicidad en los navegadores móviles. En cualquier caso, Facebook parece querer convertirse en el portal mediante el cual los usuarios se conecten como si se tratase de la fiebre de los portales de la burbuja.com. Pero, debemos reconocer que el atractivo de esta red social es muy relevante como demuestra el hecho de que el usuario medio estadounidense pasa 42 minutos diarios en la web.

A Facebook se le ha considerado como el nuevo editor de noticias, capaz de no generar ningún tipo de contenido pero ser el vehículo mediante el cual los productores de noticias conectan con su público. Esto genera una especial relación amor-odio ya que muchas de estas empresas dependen de la red social para monetizarse. El último movimiento de Facebook es Instant Articles, una plataforma mediante la cual redistribuye contenidos de los principales editores de la web. Los editores pueden utilizar su plataforma incluyendo sus propios anuncios, obteniendo el 100% de esos ingresos, aunque también pueden echar mano de Facebook Audience Network en la que la red social se reservaría el 30% de los ingresos.

Desde luego que va a ser interesante comprobar hacia dónde se encaminan todas estas iniciativas si tenemos presentes que cada vez que la red social ha realizado un cambio en su Newsfeed o en sus políticas han provocado enfados en sus clientes. Incluso ha llegado a expulsar a alguno de ellos con el impacto que puede tener en su cuenta de resultados lo que ha llevado a empezar a cuestionarse si Facebook realmente tiene actualmente demasiado poder en la Red.

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¿Pagar por tener amigos?

En la película Familia de Fernando León de Aranoa, Santiago, el principal personaje de mediana edad, contrata a un elenco de actores para que se hagan pasar por su familia para evitarse el trago celebrar el día de su cumpleaños en la más absoluta soledad. Esta trama de una persona solitaria que parece despertar de un letargo en el que no acepta su aislamiento social podría parecernos chocante o absurda cuanto menos, aunque como suele suceder la ficción planteada por este largometraje siempre puede ser superada por la realidad.

La tendencia Friendship as a service ha sido considerada por la empresa Frogdesign como una de las tendencias de 2016. Así, una persona podría pagar a otra persona que no conoce absolutamente de nada para que sea o se comporte como su amigo para compartir alguna cerveza o café, le acompañe a algún concierto o a la visita a alguna exposición. Este planteamiento no es algo completamente nuevo, ya en 2010 los medios de comunicación se hacían eco de la web Rentafriend, aunque puede llegar a sorprendernos, ya que pagar a alguien para ser nuestro amigo no entraría dentro de la definición de “amistad.” Sin embargo, la utilización de este tipo de servicios parece que no es algo que sea residual ya que en Reino Unido 80.000 personas los utilizan.

Esta tendencia nacida en Japón, parece haber llamado la atención de algunas aplicaciones de mensajería de teléfonos móviles como WeChat. Estas aplicaciones estarían interesadas en el desarrollo de esta idea dentro de sus ecosistemas dando un paso más en la uberización de nuestra estructura socioeconómica.

Desde luego que la amistad puede parecernos algo que es imposible mercantilizar, aunque sí puede serlo la compañía de otra persona a pesar de que sea algo completamente extraño. Un actor puede plantarnos una sonrisa durante unas horas (las que nos podamos permitir claro está), aunque por supuesto que la necesidad de una retroalimentación dentro de ese aspecto de la sociabilización humana es insustituible de momento.

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Cuando el smartphone casi me lastima el pulgar

thumb_hurt

La culpa puede que fuese mía por viajar. Mientras esperaba en el aeropuerto de Roma la salida de mi vuelo, me percaté que no tenía nada en el móvil para matar las cuatro horas que me esperaban para tomar el avión. No tenía WiFi, ni obviamente datos, y tras comprobarlo, ni un mísero juego con el que matar el tiempo. Sí, llevaba un Kindle pero la espera era demasiado larga para que mi cabeza aguantase cuatro horas seguidas de espera. Así que a mi vuelta, para tratar de evitar el aburrimiento de las esperas de nuevo, me dispuse a instalar algún juego en el teléfono móvil.

Parecía sencillo, buscar un juego, descargarlo y olvidarlo. Sin embargo, al final, acabé medio enganchando a un juego de estrategia que se denomina “Toy Defense.” El juego no es ninguna maravilla gráfica y es bastante sencillo. La mecánica es simple, colocas una suerte de soldados de plástico en modo emboscado, mientras pasan los enemigos. La dificultad estriba en saber colocar tus tropas y su potencia de fuego respectiva.

Lo tuve instalado durante una semana. El lunes pasado, en el autobús, mientras me llevaba al trabajo, me empezaron a dar pequeños espasmos en el pulgar derecho cuando estaba consultando un programa de gestión de RSS. Los tics en el dedo se prolongaron durante todo el día, afectando ocasionalmente algún mensaje de texto que enviaba por Whatsapp (nunca me sentí más torpe a la hora de escribir en un teclado) o incluso en el uso del ratón del ordenador ya que el dedo me movía ocasionalmente el puntero. Me parecía increíble que estuviese aquejado de algún tipo de síntoma relacionado con el uso intensivo de las nuevas tecnologías, pero todo parecía señalarlo.

El síndrome del túnel carpiano me parecía uno de los mayores peligros que como “oficinista”, si se me permite, podía sufrir. La perspectiva de sufrir una lesión en la mano que me incapacitase trabajar me parecía terrible y más teniendo presente que una compañera del periódico en el que trabajé hace unos años lo había sufrió. Afortunadamente, los espasmos se fueron mitigando a lo largo de la jornada y no pude evitar googlear si había algo parecido al episodio que había experimentado.

Por fortuna para mí, la tenosinovitis de estiloides radial o como les gusta llamar a los anglosajones “thumb smartphoneno fue a más (ojo que no soy médico y obviamente los síntomas desaparecieron al día siguiente por lo que esto es simplemente una presunción) y lo solucioné desinstalando y olvidando el jueguecito de marras. Mi pulgar dejó de quejarse a pesar de seguir usando el Whatsapp, Twitter, Facebook, etc. en el teléfono móvil y de forma habitual. Aunque esto me recordó que los hábitos tecnológicos a veces obligan nuestro cuerpo a esforzarse en situaciones para las que no fue necesariamente diseñado. Además de que uno ya va teniendo cierta edad para ocuparse y preocuparse en batir al enemigo virtual de plástico a través de un objeto de metal de cuatro pulgadas y media.

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La gamificación no os hará libres

Gamificación

“Technology is neither good nor bad; nor is it neutral.”

Melvin Kranzberg

La revolución que se aproxima respecto a la optimización continua de máquinas mediante la sensorización y la explotación de esos datos mediante el Big Data, no se limita tan sólo, y muy a nuestro pesar, a los artefactos inertes destinados a realizar tareas repetitivas; sino que también se extiende a otros ámbitos como las propias personas. El artículo del New York Times Inside Amazon: Wrestling Big Ideas in a Bruising Workplace publicado el pasado mes de agosto denunciaba la política empresarial desarrollada por Amazon respecto a la productividad de sus trabajadores. El artículo era tan crítico con la empresa que el CEO de Amazon, Jeff Bezos, no tardó en asegurar que no reconocía a su empresa en el texto del Times. Sin embargo, ha servido para iniciar una reflexión sobre la profundidad de los cambios que se nos avecinan y que puede llevarnos a una especie de nuevo taylorismo.

De hecho, Bezos se mostró horrorizado respecto a la descripción de las condiciones laborales descritas en el medio de comunicación de los “amazonians” que es como se define a los trabajadores del gigante americano de la distribución y llegó a asegurar que nadie querría trabajar en una empresa de esas características. En el texto de Jodi Kantor y David Streitfeld se afirma que el nivel de experimentación bajo el que están sujetos los trabajadores llega hasta límites insospechados. Según los periodistas, desde la empresa se incentivaba a que los compañeros fuesen muy críticos y destrozasen las ideas de sus compañeros durante las reuniones, se empujaba a que se trabajasen horas extras, se animaba a enviar correos relacionados con el trabajo por la noche teniendo la certeza de que sería respondido inmediatamente e incluso boicotear el trabajo de los compañeros. La presión dentro de Amazon era tan grande que según el relato de Bo Olson, que trabajó en el departamento de Marketing y libros, no era infrecuente ver a gente llorando por los pasillos o sobre su mesa.

Y es que la gestión de Amazon está totalmente gobernada por los datos y se dedica a recopilarlos constantemente. No sólo de sus clientes, donde se detallan los usos y costumbres de los mismos, sino también sobre sus propios empleados. Así, en los almacenes, los trabajadores son monitorizados constantemente para asegurarse de que realizan suficientes pedidos a la hora, mientras que en las oficinas la empresa está desarrollando un algoritmo propio de mejora del desempeño. De hecho, también se invita a enviar feedbacks secretos al jefe de un compañero de otra división a través de la herramienta “Anytime feedback tool.” De este modo, los equipos son ordenados y clasificados. Aquellos miembros que obtienen los peores resultados son despedidos cada año, mientras que los más eficientes puede llegar a ser considerados como promocionales. Lo normal es que todo el mundo compita con todo el mundo para tratar de mantener su puesto de trabajo.

Desde luego que los intentos para cuantificar el trabajo no son nuevos. Las empresas trataron de seguir y cuantificar el trabajo de los sastres a principios del siglo pasado, mientras que actualmente los call-centers siguen el trabajo de sus empleados teniendo en cuenta el uso de la web y del correo electrónico. Pero no ha sido hasta ahora cuando ha llegado la monitorización de los oficinistas y es una tendencia que se ha ido extendiendo los últimos cinco años.

El nuevo taylorismo digital descrito por el New York Times y que también se ha aplicado y abandonado en Microsoft, General Electric o Accenture puede llegar a ser tan contraproducente como el antiguo que inspiró las obras “Un mundo feliz” de Aldous Huxley (1932) y “Tiempos modernos” de Charles Chaplin (1936). Sin embargo, esta práctica del “rank and yank” puede limitar la creatividad en el puesto del trabajo y el rendimiento a largo plazo debido a la falta de compañerismo en los equipos y acabar laminando y quemando a equipos y trabajadores.

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¿Es la Gig Economy realmente una revolución?

Gig Economy

ACLARACIÓN: El término anglosajón Gig corresponde al castellano a concierto o actuación y proviene de la música Jazz. Posiblemente, la palabra más adecuada en España sería bolo que tiene una connotación de una actuación breve y única, que seguramente no tendrá una continuidad larga.

Por lo tanto, el término Gig Economy se refiere, en contraposición a la Sharing Economy, a algo que se hace o se presta con el objetivo de obtener un rédito evaluando a los trabajadores dependiendo de lo que saben, han hecho previamente o poseen.

En la economía, siempre han habido trabajos regulares e irregulares, entendiendo en este caso por irregulares como “esporádicos.” La necesidad de ganarse un dinero extra para compensar o completar un trabajo más extenso ha sido una constante en diversas situaciones. Sin embargo, la posibilidad de conectar la oferta (trabajadores) con la demanda (empleadores) nunca había sido tan sencilla gracias a la tecnología. Además, ya no es necesario negociar el precio a la hora de obtener un trabajo si no se desea, simplemente se ajusta la transacción económica publicándola y basándose la reputación la ponen tus anteriores clientes. Un libre mercado perfecto si se quiere. Es ahí donde se encuentran los intermediarios (empresas basadas en la web o en aplicaciones móviles) que son las grandes impulsoras de lo que se ha venido a llamar la Gig Economy.

Por supuesto que hay distintos trabajos que pueden ser más fácilmente asimilados por estas nuevas empresas nacidas en base a la movilidad. Por ejemplo, trabajos de alta cualificación (programadores, ingenieros, consultores, periodistas, diseñadores, maquetadores, etc.) que siempre se han movido en base a encargos junto a otros de menor cualificación (conductores, limpiadores, cuidadores, etc.). En el primer grupo, se ha encuadrado a los nómadas digitales, aquellos que aparentemente no desean trabajar en sólo un trabajo para una sola empresa, mientras que en el otro simplemente son personas que desean rellenar otros trabajos con ello.

En un principio, la Gig Economy podría sonar bien. Un trabajador es más libre, no está atado a un solo empleador y es el trabajo perfecto para aquellos trabajadores de mejores perfiles y mejor preparados. Mientras, el resto de trabajadores deberían decidirse por incorporarse a alguna plantilla de una empresa. Además, los riesgos para aquellos que deciden ir por su cuenta están ahí por lo que debería remunerarseles mejor.

Desde luego que ser empleado te aporta ciertas ventajas como unas vacaciones pagadas, seguridad social, protección frente al desempleo, además de que es más difícil que seas despedido. Pero, como contrapartida, aquellos que trabajan como autoempleados tienen menos seguridades, pero son más independientes y tienen la posibilidad de ganar más dinero (a pesar de que la probabilidad de que sufras un impago sea más alta). Por otro lado, en un mundo tecnificado dispones la oportunidad de ser más adaptable, de poder tratar con distinta gente y tener relaciones laborales con distintos empleadores. Por lo que al fin y al cabo es una experiencia más rica.

Las expectativas respecto a este nuevo modelo económico son muy altas. Una de las empresas más famosas de esa nueva economía es Uber que con 160.000 socios-conductores, que es como los denomina, y sin apenas infraestructura tiene una capitalización bursátil de 40 millardos de dólares. Comparativamente, en el otro extremo podríamos situar a General Motors, con una capacidad productiva de 2,5 millones de automóviles al trimestre y con 216000 trabajadores directos con una capitalización bursátil de 50 millardos de dólares.

Pero, ¿deberían ser los conductores de Uber ser considerados como autoempleados o como trabajadores? Desde luego que hay una larga tradición de empresas que han intentado hacer pasar a trabajadores regulares como contratistas o autoempleados – En España, de todos es bien conocida la figura del falso autónomo -. Sin embargo, una serie de denuncias ha puesto en la picota la definición y la consideración que tiene Uber de sus socios-conductores de si realmente son empleados suyos o no lo son. De momento, la empresa californiana ha sufrido un revés al dictar un juez que realmente lo son, por lo que Uber debería hacerse cargo de sus derechos laborales.

Sin embargo, este tipo de compañías aducen que su modelo de negocio es demasiado nuevo y que sus conductores no quieren ser tratados como trabajadores. Sin embargo, este argumento no es la primera vez que se acude a él, ya que Google declaró lo mismo cuando se le acusó de tratar información de sus usuarios para sus propios fines o cuando Napster afirmó que no podía responsabilizarse de los contenidos que subían sus usuarios. Desde luego que las leyes deberían adaptarse a estos modelos de negocios pero no a costa de dejar sin protección ni a sus trabajadores ni a los usuarios de su servicio, ni mucho menos queriendo competir en desigualdad de condiciones con otras empresas ya establecidas saltándose reglamentaciones de seguridad básicas. Esto sin entrar en la consideración si realmente la remuneración de un trabajador llega para mantener su nivel de ingresos, porque Uber ya ha sufrido sus primeras manifestaciones laborales por cambiar su política de precios sin previo aviso.

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La batalla contra la publicidad se convierte en una guerra entre distintos keyplayers

Ad-blocker

La batalla contra la publicidad que podría considerarse intrusiva y que arruinaba la experiencia de navegación por Internet empezó pronto. En 2003, Google alivió a muchos internautas cuando lanzó su Toolbar con la capacidad de bloquear los molestos Pop-Ups publicitarios. Esta característica de bloqueo fue integrada y adoptada por muchos navegadores como una opción por defecto. Sin embargo, la publicidad encontró otras vías para continuar expandiéndose y con ello degradando la navegación en Internet.

Al contrario que los medios tradicionales, que tenían distintas maneras de financiarse (publicidad, espacios por palabras, suscripciones y subvenciones), en la Web las vías de financiación se reducen (publicidad o suscripción) lo que no deja muchas alternativas a los medios que generan contenidos. Debemos de considerar que Google es una agencia de publicidad gigante y fue su manera de monetizar su buscador y poder sobrevivir desarrollando un modelo de negocio viable.

En 2007, la batalla contra la publicidad dio su siguiente paso. Mozilla Firefox ya permitía la inclusión de addons a su navegador y uno de los que comenzaba a despuntar entre los usuarios más avanzados era Adblock Plus. La polémica estuvo servida con el bloqueo en algunas de las webs de aquellos usuarios que usasen ese navegador específicamente porque no había manera de discernir quiénes usaban el bloqueador de anuncios y quiénes no. Desde entonces, el uso de este addon, que ya puede instalarse en otros navegadores como Chrome, no ha tenido mucha repercusión. En primer lugar, porque era un producto que usaban tan sólo usuarios con un perfil más técnico y tecnológico y, en segundo, porque comenzaba a surgir un mercado mucho más importante que el navegador del ordenador: el móvil.

Actualmente, navegar por Internet a través del móvil puede convertirse en un verdadero un suplicio. Primero porque muchas páginas web no están optimizadas para dar una experiencia acorde a nuestras pequeñas pantallas y, segundo, la cantidad de publicidad se mantiene, con lo que el usuario debe estar intentado pelearse con las pequeñas aspas de cierre publicitario que con un puntero de ratón sería fácilmente conseguible, pero no así cuando tenemos que usar nuestros dedos. Por otro lado, existe una publicidad totalmente engorrosa que en cuanto se carga la página te redirige a otra en la que te dice que “su móvil es inseguro descárguese este programa”, “su Whatsapp está desaprovechado, descárguese este complemento”. En ocasiones, es imposible salir de estas promociones publicitarias y acabas odiando al responsable de publicidad de ciertos medios de comunicación. ¿Solución? Uso de navegadores alternativos como, de nuevo, Mozilla Firefox que puede aliviar este conjunto de prácticas y favorecer mucho la navegación.

¿Qué está sucediendo? Se está incrementando el uso de estos bloqueadores publicitarios de forma exponencial alcanzando ya los 200 millones de usuarios suponiendo ya hasta un quinto de los posibles ingresos publicitarios. La reacción ante los usuarios que usan los bloqueadores pasa desde la hostil, bloqueando a los usuarios que los tienen instalado, hasta la educativa pidiéndoles que los desactiven en su dominio. Hasta ahora, los dos mercados, el de escritorio y el de móvil, se diferenciaban y el que realmente crecía era el móvil alcanzando actualmente los 69 billones de dólares. Donde se perdían el grueso de los ingresos por bloqueadores no importaba en exceso, ya que donde se crecía y mucho era en el mercado móvil, sin embargo distintas tendencias están poniendo en riesgo ese crecimiento.

En primer lugar, tal y como ya se ha señalado, el uso de los bloqueadores está creciendo. Personalmente, los uso aunque permite que se me provea de publicidad “respetuosa”. Esta opción tiene un debate interesante soterrado. Adblock Plus te permite o bloquear toda la publicidad o mostrarte sólo publicidad respetuosa. ¿Quién decide qué es publicidad respetuosa? Adblock Plus y su empresa desarrolladora Eyeo que están encantados que se les pague por ello. Esto ha sido denunciado como una especie de chantaje hacia los anunciantes y llevado a los tribunales alemanes que han dictaminado que el modelo de negocio de Eyeo es legal.

En segundo lugar, los propios navegadores comienzan a implementar esta característica. Por ejemplo, Apple ya ha integrado la posibilidad de bloquear la publicidad en su navegador Safari. Es decir, todo el ecosistema iOS y MacOS podrán bloquear la publicidad, aunque donde más duele es el segmento de los dispositivos móviles de Apple. Algunos han señalado que Apple está preparándose para tratar de rentabilizar su plataforma de noticias Apple News, casi toda la publicidad en el ecosistema de Apple pasaría por, sí, Apple.

En tercer lugar, algunas operadoras móviles ya tienen implementada en sus servidores la posibilidad de bloquear la publicidad apuntando directamente a Google, AOL o Yahoo. Esto puede interpretarse como una forma de presionar a Google para que reparta sus ingresos publicitarios, lo que denominan como “la bomba”, ya que no interfiere en los anuncios “in the feed” de empresas como Twitter o Facebook. Las operadoras consideran injusto tener que realizar inversiones en sus redes para que el dinero publicitario se lo lleve otro. Aunque Google aduce que desarrollar servicios de mensajería, correo electrónico, apps y streaming también requiere de grandes inversiones monetarias. Además, activando la bomba, los operadores móviles podrían ofrecer como un producto premium el servicio móvil sin publicidad (actualmente la publicidad puede consumir entre el 10-50% de los planes de datos de los clientes de telefonía móvil) como actualmente está realizando Amazon con sus Kindles.

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Encadenados a la distracción

Distracciones

Hace unos meses ya describí mi ataque nomofóbico cuando acabé sin teléfono móvil durante unos días tras un accidente. Los anglosajones parecen encantados a la hora de acuñar nuevos términos y hace unas semanas resurgía en los medios de comunicación españoles el término phubbing. Este término se refiere al hecho de ignorar el entorno al prestar más atención a lo que está pasando en el móvil, smartphone u ordenador. El término fue acuñado en 2007 por Alex Heigh y en aquel momento no había tantos smartphones como hoy en día, pero no era infrecuente darse un paseo por las cafeterías universitarias y descubrir que la combinación del ordenador portátil junto al WiFi había destrozado muchas de las charlas alrededor de un café o una cerveza. Ahora, me pregunto si mi ataque nomofóbico de hace un año se debía al miedo a ser ignorado por mis semejantes o por mi imposibilidad de poderles devolver la jugada o por mi incapacidad de poder reclamar su atención.

Más allá de la preocupación de que todos acabemos con dolor de cuello o con una luxación por esa mala costumbre que tenemos de inclinar un poco la cabeza a la hora de consultar nuestros terminales móviles – creo que cuando los metros eran las mayores bibliotecas del mundo no corría esa preocupación -, no es excesivamente difícil situarse en un andén y comprobar que buena parte de los viajeros están consultando sus terminales mientras esperan al tren o cuando ya se encuentran confortablemente sentados en un vagón. Aunque el uso del teléfono móvil durante los tiempos muertos en los viajes no debería ser excesivamente grave, salvo por el hecho de que los viajes en tren nunca fueron tan silenciosos como hoy en día, la táctica de que rellenar los tiempos muertos pueda acabar trasladándose a otros ámbitos puede llegar a ser más preocupante si se da en las reuniones sociales. De hecho, no es difícil encontrarse parejas en cafeterías, mientras se ignoran el uno al otro, embebidos en el mundo que se desarrolla dentro de sus dispositivos móviles.

Parecemos prisioneros de nuestras distracciones, como si hubiésemos perdido nuestra capacidad de concentrarnos en lo que nos rodea. Procastrinamos nuestra realidad del día al día, procastrinamos nuestras relaciones sociales. Parece que es mucho mejor escribir un mensaje y un emoticono que mirarse a los ojos. Los teléfonos móviles nos permiten llevar Internet en nuestros bolsillos y nos encontramos permanentemente conectados con el mundo virtual, pero cada vez más desconectados del real.

Pero no es que nos evadamos de nuestras responsabilidades sociales, nuestro cerebro nos engaña permanentemente en su búsqueda de estímulos y recompensas. Al contrario de lo que podamos creer y desgraciadamente, no somos realmente seres multitarea. La calidad de lo que estamos haciendo desciende según intentamos ocuparnos de dos frentes (una conversación o enviar un mensaje de texto simultáneamente sin ir más lejos) y nos causa más agotamiento que otra cosa. Sí, desde luego que el cerebro es rápido a la hora de cambiar de tarea, pero no es capaz de hacer dos cosas a la vez. Al final, elegimos una tarea placentera a corto plazo por encima de lo que nos dará satisfacción a largo plazo. Sin embargo, parece que estemos encaminados a utilizar la técnica Pomodoro incluso en nuestras relaciones sociales, como si debiésemos educarnos y aprender a concentrarnos con otro tipo de estímulos y tener una recompensa por ello. Nos convertiremos en perros de Pavlov encadenados a los estímulos de la tecnología.

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